—De mi madre —respondió.
Aceleró la turbina y salieron hacia el frente con una sacudida.
—Yo nunca conocí a mi madre —dijo ella, y Turner recordó que su padre estaba muerto, y que ella aún no lo sabía. Empujó el acelerador y arrancaron por la pista de gravilla; poco faltó para que atropellasen a uno de los galgos de Rudy.
Sally tenía razón acerca de cómo andaba el aparato: la turbina producía una vibración constante. A noventa kilómetros por hora, sobre el resquebrajado asfalto de la vieja autopista, les hacía entrechocar los dientes. La bolsa neumática recorría con esfuerzo las superficies rotas; el efecto rasante de un modelo deportivo civil sólo sería posible en una superficie perfectamente lisa.
Sin embargo, Turner descubrió que le gustaba. Apuntabas, tirabas del acelerador y allí ibas. Alguien había colgado un par de dados de gomaespuma rosada desteñida por el sol sobre la ranura de visión delantera, y el quejido de la turbina era una cosa sólida a sus espaldas. La chica parecía relajarse, contemplando el paisaje con expresión ausente, casi satisfecha; y Turner agradecía no tener que dar conversación. Eres una bomba, pensó mirándola de soslayo, tal vez hoy seas la bomba de tiempo más buscada en toda la faz del planeta, y aquí estoy yo, remolcándote al Sprawl en el juguete de guerra de Rudy; ni puta idea de lo que voy a hacer contigo ahora... Ni de quién fue el que arrasó la pista...
Repásalo, se dijo cuando entraban en el valle, repásalo otra vez desde el principio; tarde o temprano algo encajará. Mitchell se había puesto en contacto con la Hosaka, dijo que se iba con ellos. La Hosaka contrató a Conroy y reunió un equipo médico que chequeara a Mitchell para detectar posibles trampas. Conroy había organizado a los equipos, trabajando con el agente de Turner. El agente de Turner era una voz en Ginebra, un número de teléfono. La Hosaka había enviado a Allison a México para examinarlo, y luego Conroy lo sacó de allí. Webber, justo antes de que todo se fuese a la mierda, había dicho que era el espía de Conroy en el campo de operaciones... Entonces alguien entró de golpe, cuando la chica estaba llegando; fogonazos y armas automáticas. Aquello le olía a la Maas: era el tipo de reacción que imaginaba, el tipo de cosa a la que su fuerza alquilada tenía que enfrentarse. Y luego el cielo blanco... Pensó en lo que Rudy dijera acerca de un railgun... ¿Quién? Y el caos en la cabeza de la chica, las cosas que Rudy había descubierto con la tomografía y el visualizador NMR. Ella dijo que su padre nunca había pensado en salir él mismo.
—Sin compañía —dijo la chica a la ventana.
—¿Cómo?
—Tú no tienes una compañía, ¿no? Quiero decir, trabajas para quien te contrate.
—Así es.
—¿No te da miedo?
—Claro que sí, pero no por eso...
—Nosotros siempre hemos tenido la compañía. Mi padre dijo que yo estaría bien, que sólo iba a ir a otra compañía...
—Estarás bien. Él tiene razón. Sólo tengo que averiguar qué es lo que está pasando. Entonces te llevaré a donde tengas que ir.
—¿A Japón?
—A donde sea.
—¿Has estado allí?
—Sí, claro.
— ¿Crees que me gustaría?
—¿Por qué no?
Entonces ella volvió a callar, y Turner a concentrarse en la carretera.
—Me hace soñar —dijo, cuando él se inclinaba hacia adelante para encender las luces altas; su voz era apenas audible sobre el ruido de la turbina.
—¿Qué? —Fingió estar absorto en el manejo, cuidándose de no mirar en su dirección.
—Lo que tengo en la cabeza. Por lo general solamente cuando estoy dormida.
— ¿Sí? —Recordando el blanco de sus ojos en la habitación de Rudy, los temblores, el torrente de palabras en un idioma que él no conocía.
—A veces cuando estoy despierta. Es como si estuviese conectada en una consola, sólo que libre de la retícula, volando, y allí no estoy sola. La otra noche soñé con un chico que había salido a la matriz, y se había metido con algo que le estaba haciendo daño, y no podía ver que estaba libre, que no tenía más que soltar. Así que se lo dije. Y por un segundo pude ver dónde estaba, y aquello no era nada parecido a un sueño; era sólo un cuarto pequeño y feo con una alfombra manchada, y vi que a él le hacía falta una ducha, y sentí cómo estaba de pegajoso el interior de sus zapatos, porque no llevaba calcetines... Los sueños no son así...
—¿No?
—No. Los sueños son todos grandes, cosas grandes, y yo también soy grande, moviéndome, con los otros...
Turner dejó escapar el aliento cuando el deslizador subía con un quejido la rampa de acceso a la interestatal, repentinamente consciente de lo que había estado conteniendo. —¿Qué otros?
—Los brillantes. —Otro silencio.— No son personas...
—¿Pasas mucho tiempo en el ciberespacio, Angie? Quiero decir, ¿conectada a una consola?
—No. Sólo en cosas del colegio. Mi padre dijo que no me hacía bien.
—¿Dijo algo acerca de esos sueños?
— Sólo que se estaban haciendo más reales. Pero nunca le hablé de los otros...
—¿No lo quieres hablar conmigo? Tal vez me sirva para entender, para saber cómo deberíamos actuar...
—Algunos me dicen cosas. Cuentos. Antes no había nada, nada que se moviera por sí mismo, sólo información, y gente que la manipulaba. Entonces sucedió algo, y.—— se conoció a sí misma. Hay toda una historia sobre eso, otra historia, acerca de una chica con espejos sobre los ojos y un hombre que tenía miedo de interesarse por nada. Ese hombre hizo algo que contribuyó a que la cosa tomara conciencia de sí misma..., después de lo cual la cosa fue como si se fragmentara en diferentes partes, y yo creo que esas partes son los otros, los brillantes. Pero no estoy segura, porque ellos no lo dicen exactamente con palabras...
Turner sintió que se le erizaba la piel de la nuca. Algo regresaba a él, emergía de la ahogada corriente de fondo del dossier de Mitchell. Una vergüenza abrasadora en un pasillo, desprendimiento de sucias capas de pintura color crema, Cambridge, la residencia universitaria... — ¿Dónde naciste, Angie?
—En Inglaterra. Luego mi padre entró en la Maas, y nos mudamos. A Ginebra.
En alguna parte de Virginia hizo trepar el deslizador sobre el hombrillo de grava y salió de allí a un pastizal invadido por la maleza donde el polvo del árido verano volaba en remolinos detrás de ellos; Turner dobló a la izquierda para llegar hasta un seto de pinos. La turbina fue apagándose mientras se asentaban sobre la bolsa neumática.
—Nos hará bien comer algo —dijo él, buscando el bolso de lona de Sally.
Angie se desató el arnés y abrió la cremallera del jersey negro. Debajo llevaba algo ceñido y blanco; un espacio de piel de niña, lisa y bronceada, se asomaba al nacimiento de su cuello por encima de unos senos jóvenes. Tomó el bolso que él le daba y se puso a desenvolver los bocadillos que Sally había hecho para él. —¿Qué le pasa a tu hermano? —preguntó mientras le pasaba medio bocadillo.
— ¿Aqué te refieres?
—Bueno, tiene algo... Sally dijo que bebe todo el tiempo. ¿No es feliz?
—No lo sé —dijo Turner encorvándose para aliviar el dolor de su nuca y su espalda—. Quiero decir, no debe de serlo, pero no sé exactamente por qué. La gente se bloquea, a veces.
— ¿Quieres decir cuando no tienen compañías que se ocupen de ellos? —Dio un mordisco a su bocadillo.
Él la miró. —¿Es una broma?
Angie asintió con la boca llena. Tragó. —Un poco. Sé que hay mucha gente que no trabaja para la Maas. Que nunca lo ha hecho y nunca lo hará. Pero fue una pregunta en serio. Rudy me cayó bien, ¿sabes? Pero parecía tan...
—Jodido —terminó él con el bocadillo todavía en la mano—. Bloqueado. El problema, creo, es que hay un salto que algunas personas tienen que dar, a veces, y que si no lo hacen, entonces quedan bloqueadas del todo... Y Rudy nunca dio ese salto.
—¿Como mi padre al querer sacarme de la Maas? ¿Eso es un salto?
—No. Hay saltos que uno tiene que decidir por sí mismo. Es como si uno tuviese algo mejor esperándolo en otro lugar... —Hizo una pausa, sintiéndose de pronto ridículo, y dio un bocado.
—¿Así te sentías tú?
Él asintió, preguntándose si sería verdad.
—Así que tú te fuiste, y Rudy se quedó.
—Él era listo. Aún lo es, y había acumulado un montón de títulos; lo hizo todo por cable. A los veinte años ya había obtenido un doctorado en biotecnología en Tulane, y un montón de cosas más. Nunca envió ningún currículo, ni nada. Aparecían cazatalentos de todas partes, y él los mandaba a la mierda, se peleaba con ellos... Tal vez pensó que podría hacer algo por cuenta propia. Como esas capuchas de perros. Creo que ahí tiene un par de patentes originales, pero... En cualquier caso, no fue más allá. Se metió a negociar y a fabricar hardware para otros, y era alguien muy importante en el condado. Y nuestra madre se enfermó, estuvo enferma mucho tiempo, y yo estaba fuera...
—¿Dónde estabas? —Abrió el termo y el olor a café llenó la cabina.
—Lo más lejos posible —dijo, sorprendido por la rabia de su voz.
Angie le pasó la taza de plástico llena hasta el borde de café negro caliente.
—¿Y tú? Dices que nunca conociste a tu madre.
—No. Se separaron cuando yo era pequeña. Ella no quería cumplir de nuevo con el contrato a menos que él aceptara que ella tuviese algún tipo de participación en las condiciones. En todo caso, eso fue lo que él dijo.
—¿Y cómo es él? —Bebió un sorbo de café y le devolvió la taza.
Ella lo miró por encima del borde del recipiente de plástico rojo; los ojos delineados con el maquillaje de Sally. —Qué sé yo —dijo—. Pregúntamelo dentro de veinte años. Tengo diecisiete, ¿cómo diablos quieres que lo sepa?
Turner rió. —¿Estás empezando a sentirte mejor ahora?
—Supongo. Dadas las circunstancias.
Y de pronto tomó conciencia de ella, de una forma en que no lo había hecho antes, y llevó sus manos ansiosamente a los controles. —Bien. Todavía nos queda mucho camino.