Él la miró. —¿Es una broma?
Angie asintió con la boca llena. Tragó. —Un poco. Sé que hay mucha gente que no trabaja para la Maas. Que nunca lo ha hecho y nunca lo hará. Pero fue una pregunta en serio. Rudy me cayó bien, ¿sabes? Pero parecía tan...
—Jodido —terminó él con el bocadillo todavía en la mano—. Bloqueado. El problema, creo, es que hay un salto que algunas personas tienen que dar, a veces, y que si no lo hacen, entonces quedan bloqueadas del todo... Y Rudy nunca dio ese salto.
—¿Como mi padre al querer sacarme de la Maas? ¿Eso es un salto?
—No. Hay saltos que uno tiene que decidir por sí mismo. Es como si uno tuviese algo mejor esperándolo en otro lugar... —Hizo una pausa, sintiéndose de pronto ridículo, y dio un bocado.
—¿Así te sentías tú?
Él asintió, preguntándose si sería verdad.
—Así que tú te fuiste, y Rudy se quedó.
—Él era listo. Aún lo es, y había acumulado un montón de títulos; lo hizo todo por cable. A los veinte años ya había obtenido un doctorado en biotecnología en Tulane, y un montón de cosas más. Nunca envió ningún currículo, ni nada. Aparecían cazatalentos de todas partes, y él los mandaba a la mierda, se peleaba con ellos... Tal vez pensó que podría hacer algo por cuenta propia. Como esas capuchas de perros. Creo que ahí tiene un par de patentes originales, pero... En cualquier caso, no fue más allá. Se metió a negociar y a fabricar hardware para otros, y era alguien muy importante en el condado. Y nuestra madre se enfermó, estuvo enferma mucho tiempo, y yo estaba fuera...
—¿Dónde estabas? —Abrió el termo y el olor a café llenó la cabina.
—Lo más lejos posible —dijo, sorprendido por la rabia de su voz.
Angie le pasó la taza de plástico llena hasta el borde de café negro caliente.
—¿Y tú? Dices que nunca conociste a tu madre.
—No. Se separaron cuando yo era pequeña. Ella no quería cumplir de nuevo con el contrato a menos que él aceptara que ella tuviese algún tipo de participación en las condiciones. En todo caso, eso fue lo que él dijo.
—¿Y cómo es él? —Bebió un sorbo de café y le devolvió la taza.
Ella lo miró por encima del borde del recipiente de plástico rojo; los ojos delineados con el maquillaje de Sally. —Qué sé yo —dijo—. Pregúntamelo dentro de veinte años. Tengo diecisiete, ¿cómo diablos quieres que lo sepa?
Turner rió. —¿Estás empezando a sentirte mejor ahora?
—Supongo. Dadas las circunstancias.
Y de pronto tomó conciencia de ella, de una forma en que no lo había hecho antes, y llevó sus manos ansiosamente a los controles. —Bien. Todavía nos queda mucho camino.
Esa noche durmieron en el aerodeslizador, estacionado detrás de la oxidada rejilla de acero que alguna vez había sostenido la pantalla de un cine al aire libre en el sur de Pensilvania, el anorak de Turner extendido sobre el suelo de chapa blindada, sobre la larga protuberancia de la turbina. Ella se había bebido lo que quedaba del café, ya frío, sentada en la abertura de la escotilla que había encima del asiento del copiloto, contemplando el titilar de las luciérnagas sobre un campo de hierba amarillenta.
En algún rincón de los sueños de Turner —aún coloreados por destellos al azar del dossier del padre de la chica— ella se apretó contra él, los senos suaves y tibios contra su espalda desnuda a través de la delgada tela de la camiseta, y luego lo rodeó con el brazo para acariciarle los lisos músculos del estómago, pero él permaneció inmóvil, fingiendo que dormía profundamente y pronto llegó a los más oscuros pasajes del biosoft de Mitchell, donde cosas extrañas venían a confundirse con sus más antiguos temores y heridas. Y despertó al amanecer y la oyó cantar en voz muy baja desde su posición en la escotilla del techo.
Mi papá es un verdadero seductor
tiene una cadena como de nueve millas
y de cada eslabón
un corazón cuelga
de otra mujer
a la que ha amado y engañado.
Capítulo 22
El Jammer’s
Para llegar al Jammer's había que subir doce pisos más de la escalera mecánica muerta. El local ocupaba el tercio posterior de la planta más alta. Aparte del Leon's, Bobby nunca había visto un club nocturno y encontró que el Jammer's era a la vez impresionante y aterrador. Impresionante por la escala y por la calidad de las instalaciones, que le pareció excepcional, y aterrador porque de día un club nocturno es de algún modo absurdamente irreal. Mágico. Miró a su alrededor, con los pulgares metidos en los bolsillos traseros de sus nuevos téjanos, mientras Jackie mantenía una conversación susurrada con un hombre blanco de cara larga y arrugado delantal azul. El lugar estaba equipado con banquetas de ultragamuza oscura, mesas redondas negras y docenas de barrocas mamparas de madera troquelada. El cielo raso estaba pintado de negro y cada mesa tenuemente iluminada por un pequeño foco empotrado en la penumbra. Había un escenario central sobre el que unos focos de trabajo colgados de un cable amarillo proyectaban gruesos haces de luz y, en el medio del escenario, un equipo de tambores acústicos color rojo cereza. No estaba seguro del motivo, pero había algo que lo inquietaba; una especie de solapada sensación de vida a medias, como si algo estuviese a punto de cambiar, justo en el límite de su campo visual...
—Bobby —dijo Jackie —, ven aquí y te presentaré a Jammer.
Atravesó la superficie de alfombra oscura y lisa con toda la tranquilidad que pudo reunir y se detuvo frente al hombre de cara larga, ralo y oscuro cabello negro y una camisa de vestir blanca bajo el delantal. Los ojos del hombre eran estrechos, y las cavidades bajo los pómulos estaban ensombrecidas por la barba de un día.
—Bueno —dijo el hombre—, ¿tú quieres ser vaquero? —Estaba mirando la camiseta de Bobby, y Bobby experimentó la incómoda sensación de que podía estar a punto de reír.
—Jammer era vaquero —explicó Jackie —. De los grandes. ¿Verdad, Jammer?
—Eso dicen —dijo Jammer, mirando aún a Bobby—. Hace ya mucho tiempo, Jackie . ¿Cuántas horas has estado conectado corriendo un programa? —preguntó a Bobby.
Bobby se ruborizó. —Bueno, una, supongo.
Jammer alzó sus enmarañadas cejas. —Con algo se empieza. —Sonrió; sus dientes eran pequeños, artificialmente parejos y, pensó Bobby, demasiado numerosos.
—Bobby —dijo Jackie —, ¿por qué no preguntas a Jammer acerca de ese famoso Wig que mencionó el Finlandés?
Jammer le dirigió una mirada antes de volver los ojos hacia Bobby. —¿Conoces al Finlandés? Para ser un salchichero estás bastante metido en el asunto, ¿ver dad? —Sacó del bolsillo un inhalador de plástico azul y lo colocó en la fosa nasal izquierda, esnifó, y volvió a guardarlo. — Ludgate. El Wig. ¿El Finlandés estuvo ha blando del Wig? Debe de estar senil.
Bobby no sabía lo que eso significaba, pero no creyó que fuese el momento oportuno para preguntarlo. —Bueno —se atrevió a decir—, este tipo, el Wig, está en órbita, en algún sitio, y a veces le vende cosas al Finlandés...
—¿De veras? Bueno, para mí es una sorpresa. Yo te hubiera dicho que el Wig estaba muerto, o tal vez gaga. Era más loco que los vaqueros normales, ¿me entiendes? Loco como una cabra. Ido. Hace años que no oigo hablar de él.
—Jammer —intervino Jackie —, lo mejor será que Bobby te cuente la historia tal como la sabe. Beauvoir vendrá hoy por la tarde, y tendrá algunas preguntas para hacerte, de modo que más vale que sepas cómo están las cosas...
Jammer la miró. —Bien. Entiendo. El señor Beauvoir me reclama aquel favor, ¿no es así?