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—No sabría decírtelo —dijo ella—, pero supongo que sí. Necesitamos un sitio seguro para guardar al Conde.

—¿Qué Conde?

—Yo —respondió Bobby—. Ése soy yo.

—Estupendo —dijo Jammer con una absoluta falta de entusiasmo—. Entonces regresemos al despacho.

Bobby no podía mantener su vista apartada de la consola de ciberespacio que ocupaba un tercio de la superficie del antiguo escritorio de caoba de Jammer. La consola era negro mate, un producto hecho por encargo, sin marcas en ninguna parte. No dejaba de inclinarse hacia adelante, mientras contaba a Jammer acerca de Dos-por-Día y del programa que intentara Correr, del asunto de la sensación de la chica, y de la explosión que había matado a su madre. Era la consola más impresionante que había visto jamás, y recordó a Jackie diciendo que Jammer había sido uno de los vaqueros más espectaculares de su época.

Jammer se recostó en la silla cuando Bobby terminó su historia. —¿Quieres probarla? —preguntó. Parecía cansado.

—¿Probarla?

—La consola. Creo que tienes ganas de probarla. Tiene que ver con la forma en que tu culo se mueve permanentemente sobre la silla. O quieres probarla, o tienes muchas ganas de mear.

—Mierda, sí. Quiero decir, sí, gracias, sí, me...

—¿Por qué no? No hay forma de que alguien pueda saber que se trata de ti y no de mí, ¿verdad? ¿Por qué no conectas con él, Jackie ? Digamos, para seguirle la pista. —Abrió un cajón del escritorio y sacó dos juegos de trodos.— Pero no hagas nada, ¿entiendes? Quiero decir, sólo sal a la matriz y muévete un poco. No intentes hacer ningún truco. Les debo un favor a Beauvoir y a Lucas, y según parece se los devuelvo cuidando que tú permanezcas intacto. —Dio uno de los juegos de trodos a Jackie y el otro a Bobby. Se puso de pie, tomó unos mangos que había en la parte posterior de la consola negra y la giró de tal forma que quedó frente a Bobby.— Adelante. Te correrás en los téjanos. Este aparato tiene diez años pero todavía es capaz de dejar atrás a casi todas las demás. La construyó un tipo llamado Automatic Jack. En una época fue el artista de hardware de Bobby Quine. Ellos dos quemaron juntos las Luces Azules, pero es probable que eso haya sucedido antes de que tú nacieras.

Bobby ya tenía conectados sus trodos. Miró a Jackie —¿Alguna vez has conectado en tándem?

El sacudió la cabeza.

—Bueno. Conectaremos, pero yo estaré a tu lado, a la izquierda. Si yo digo desconecta, desconecta. Si ves algo raro, será porque yo estoy conectada contigo, ¿entiendes?

Él asintió con la cabeza.

Ella sacó un par de largos alfileres de plata de la parte posterior de su sombrero y los dejó sobre el escritorio junto a la consola de Jammer. Se puso los trodos por encima del pañuelo anaranjado y aplanó los contactos contra su frente.

—Vamos —dijo.

Y ahora, y siempre, a alta velocidad, la consola de Jammer conectada allá arriba, por encima de los núcleos de neón, una topografía informática que él no conocía. Cosas de las grandes, como montañas, definidas y empresariales en el no-lugar que era el ciberespacio. —No tan rápido, Bobby. —La voz de Jackie , suave y dulce, junto a él, en el vacío.

—Cristo Jesús, este aparato se desliza como él solo...

—Sí, pero no te entusiasmes demasiado, esta velocidad no es buena para ninguno de los dos. Sólo queremos pasear un poco. Mantenemos aquí arriba y bajar la velocidad...

Bobby redujo la presión sobre el control de velocidad hasta que parecía que estaban planeando. Se volvió hacia la izquierda, esperando verla allí, pero no había nada.

—Estoy aquí —dijo ella—, no te preocupes...

—¿Quién era Quine?

—¿Quine? Un vaquero que Jammer conocía. En su época él los conocía a todos.

Bobby giró en ángulo recto, al azar, pivotando con calma en la intersección de la retícula, verificando la respuesta de la consola. Era increíble, totalmente distinto a nada que hubiera sentido antes en el ciberespacio. —Santa mierda. Al lado de esta cosa una Ono Senday parece un juguete...

—Probablemente los circuitos sean de la O-S. Eso es lo que solían utilizar, según Jammer. Subamos un poco más...

Se elevaron sin esfuerzo a través de la retícula, dejando atrás la información. —Aquí arriba no hay demasiado para ver —se quejó Bobby.

—Te equivocas. Si quieres ver cosas interesantes, lo que tienes que hacer es esperar el tiempo suficiente en los sectores que están vacíos...

La trama de la matriz pareció estremecerse justo frente a ellos.

—Eh, Jackie ...

—Detente. Mantenlo así. Está bien. Confía en mí.

En algún sitio, muy lejos, las manos se le movieron por la configuración del tablero, a la que no estaba acostumbrado. Esperó un rato sin mover las manos mientras una sección del ciberespacio se hacía borrosa. —¿Qué es...?

—Dambala ap monte 1 —resonó una voz en la cabeza de Bobby, y en su boca una sensación como de sangre—. Dambala cabalga sobre ella. —Supo, de algún modo, lo que las palabras significaban, pero la voz era hierro en su cerebro. La trama borrosa se abrió, pareció burbujear, se transformó en dos manchas de gris inestable.

—Legba —dijo ella—. Legba y Ougou Feray, dios de la guerra. ¡Papá Ougou! ¡Saint Jacques Majeur! ¡Viv la Vyéj!

Una risa de metal llenó la matriz, resonando en el cráneo de Bobby.

—Map kitte tout mizé ak toutgiyon —dijo otra voz, fluido y mercurio y frió—. ¡Mira papá, ella ha venido para des hacerse de su mala suerte! —Y entonces ésa rió también, y Bobby batalló contra una ola de pura histeria mientras la risa crecía dentro de él como si fuese una corriente de burbujas.

—¿Ella, la montura de Dambala, ha tenido mala suerte? —tronó la voz de hierro de Ougou Feray, y por un instante fugaz Bobby creyó ver una figura en la niebla gris. La voz ululó su risa terrible—. ¡Así es! ¡Así es! ¡Pero ella no lo sabe! ¡Ella no es mi caballo, no, porque si así fuera yo curaría su suerte! —Bobby quería llorar, morir, cualquier cosa con tal de escapar de las voces, del viento absolutamente imposible que se había levantado y que venía de las deformaciones grises, un viento caliente y húmedo que olía a cosas que no era capaz de identificar—. ¡Y ella canta loas a la virgen! ¡Óyeme, hermanita! \La Vyéj se acerca mucho!

—Sí —dijo la otra voz—, ahora transita por mi provincia, yo, el que gobierno los caminos, las carreteras.

—¡Pero yo, Ougou Feray, te digo que tus enemigos también se aproximan! ¡A las puertas, hermana, y cuidado!

Y entonces las áreas grises se encogieron poco a poco hasta desvanecerse por completo.

—Desconéctanos —dijo ella, con voz pequeña y lejana. Y luego dijo—: Lucas está muerto.

Jammer sacó una botella de whisky escocés del cajón del escritorio y cuidadosamente vertió seis centímetros de la bebida en un vaso alto de plástico. —Te ves como la mierda —dijo a Jackie , y la ternura en la voz del hombre sorprendió a Bobby. Hacía por lo menos diez minutos que habían desconectado y nadie había dicho nada. Jackie parecía estar molida y no dejaba de morderse el labio. Jammer se veía desdichado o enojado; Bobby no estaba seguro.

—¿Por qué dijiste que Lucas estaba muerto? —preguntó Bobby, porque le parecía que el silencio que se estaba acumulando en el abarrotado despacho de Jammer terminaría por ahogarlos.

Jackie lo miró pero sus ojos parecían incapaces de enfocar. —Ellos se hubieran acercado a mí si Lucas es tuviera vivo —respondió—. Hay pactos, convenios. Legba es siempre la primera a quien se invoca pero debería haber venido con Dambala. Su personalidad depende del loa con que se manifiesta. Lucas debe de estar muerto.