—Alain fue asesinado por agentes a sueldo de los Biolaboratorios Maas —prosiguió Virek—, y fue la Maas quien le proporcionó a él las coordenadas de su destino actual y el holograma que usted vio. Digamos que mi relación con los Biolaboratorios Maas ha sido ambivalente. Hace dos años una empresa subsidiaria de mi propiedad intentó comprar la Mass. La cantidad en juego hubiera afectado a la economía mundial en su totalidad. Ellos rechazaron la oferta. Paco ha determinado que Alain murió porque ellos descubrieron que él intentaba vender la información que le habían proporcionado, vendérsela a terceros... —Frunció el ceño.— Muy tonto de su parte, porque él desconocía la naturaleza del producto que estaba ofreciendo...
Típico de Alain, pensó Marly con compasión. Y lo vio otra vez acurrucado sobre la horrorosa alfombra, la columna vertebral marcada bajo la tela verde de su chaqueta...
—Usted debería saber, me parece, que mi búsqueda del creador de las cajas va más allá del arte, Marly. —Se quitó las gafas y lustró los cristales con un doblez de la camisa blanca; ella encontró algo obsceno en aquel gesto calculadamente humano. — Tengo razones para pensar que el creador de estos objetos está en posición de ofrecerme la libertad, Marly. No soy un hombre sano. —Volvió a ponerse los lentes, colocando con mucho cuidado las patillas de oro. — La última vez que solicité una imagen visual de la cubeta de laboratorio donde vivo en Estocolmo, me mostraron una cosa similar a tres remolques de camión envueltos en una red de líneas de apoyo... Si yo fuera capaz de irme de allí, Marly o, más bien, de abandonar el caos de células que contiene... Bueno... —Volvió a ofrecer su famosa sonrisa.— ¿Qué no sería capaz de pagar?
Y los ojos de Tally-Marly se desviaron para contemplar la extensión de liquen oscuro y las lejanas torres de la catedral extraviada...
—Perdió usted el conocimiento —dijo el camarero moviendo sus dedos por el cuello de Marly—. No es extraño, y nuestros ordenadores médicos de a bordo nos indican que goza usted de un excelente estado de salud. Sin embargo, hemos aplicado un dermodisco para contrarrestar el síndrome de adaptación que tal vez experimente antes de acoplar. —Su mano abandonó el cuello de Marly.
—Europa después de las lluvias —dijo ella—, Max Ernst. El liquen...
El hombre la miró de un modo que reflejaba su inquietud profesional. —Perdón... ¿Podría repetir lo que ha dicho?
—Lo siento —dijo ella—. Un sueño... ¿Hemos llegado ya?
—Una hora más —dijo el camarero.
La terminal orbital de Japan Air era un toro blanco incrustado de cúpulas y rodeado por los anillos ovalados de bordes oscuros de los puentes de acoplamiento. La terminal que había encima de la red de gravedad de Marly —aunque el concepto encima había perdido su significado habitual— presentaba una imagen móvil del toro en rotación, mientras que una serie de voces —en siete idiomas— anunciaba que los pasajeros a bordo del trasbordador 580 de la JAL, en la Terminus I de Orly, serían llevados a la terminal lo antes posible. JAL presentaba sus excusas por la demora, que se debía a reparaciones de rutina que estaban llevándose a cabo en siete de los doce puentes...
Marly se contrajo en su red de gravedad; ahora veía la mano invisible de Virek en todo lo que la rodeaba. No, pensó, debe haber una manera. Quiero salir, se dijo, quiero unas cuantas horas de libertad, y después me libraré de él... Adiós, Herr Virek, regreso al reino de los vivos, como nunca lo hará el pobre Alain. Alain, que murió porque yo acepté su oferta de trabajo. Parpadeó cuando apareció la primera lágrima, y después miró fijamente, con los ojos muy abiertos, como una niña, la flotante y diminuta esferita en que se había transformado la lágrima...
Y la Maas, se preguntó, ¿quiénes eran? Virek aseguraba que ellos habían asesinado a Alain, que Alain había estado trabajando para ellos. Tenía confusos recuerdos de artículos en los medios de comunicación, algo referente a la última generación de ordenadores, un proceso que sonaba muy siniestro donde cánceres híbridos inmortales producían moléculas especializadas que se transformaban en unidades de tecnología de circuitos. Recordó ahora que Paco había dicho que la pantalla de su teléfono modular era un producto Maas...
El interior del toro de la JAL era tan insulso, tan poco interesante, tan absolutamente igual a cualquier aeropuerto abarrotado, que ella tuvo ganas de reír. Había el mismo olor a perfume, a tensión humana, a aire excesivamente acondicionado, y el mismo zumbido de fondo de conversación. La gravedad de ocho décimos habría hecho más fácil llevar una maleta, pero sólo tenía su bolso negro. Ahora sacó su billete de uno de los bolsillos interiores de cremallera y verificó el número del trasbordador con el que debía hacer conexión, comparándolo con las columnas de números que presentaba la pantalla de pared más cercana.
Dos horas antes de la salida. A pesar de lo que había dicho Virek, tenía la seguridad de que su maquinaria ya estaba en marcha, filtrándose entre la tripulación o la lista de pasajeros del trasbordador, lubricando las sustituciones con una pátina de dinero... Habría enfermedades de último momento, cambios de planes, accidentes...
Colgándose el bolso al hombro, atravesó rápidamente el suelo cóncavo de cerámica blanca como si de hecho supiese hacia dónde se dirigía, o como si tuviera alguna especie de plan, pero sabiendo, con cada paso que daba, que no era así.
Aquellos suaves ojos azules la obsesionaban.
—Maldito sea —dijo, y un hombre de negocios ruso de mandíbula pronunciada hizo un gesto de desdén y alzó un facsímil de noticias, apartándola de su mundo.
—Entonces le dije a esa puta, mira, tienes que llevar esos optoaisladores y las cajas de salida al Sweet Jane o pegaré tu culo a la escotilla con cola para arandelas... —Roncas risas femeninas y Marly levantó la vista de su bandeja de sushi. Las tres mujeres estaban sentadas a tres mesas vacías de distancia, con su mesa cubierta de latas de cerveza y pilas de bandejas manchadas de salsa de soja marrón. Una de ellas eructó con fuerza y bebió un largo sorbo de cerveza.
—¿Y qué dijo ella, Rez?
De alguna manera, esta frase detonó otra explosión de risa, más larga que la anterior, y la mujer que había atraído la atención de Marly en primer lugar, hundió la cabeza entre los brazos y rió hasta que sus hombros se sacudieron. Marly miró sin expresión al trío de mujeres, preguntándose qué serían. Ahora la risa había disminuido y la primera mujer se irguió, secándose las lágrimas de los ojos. Estaban todas bastante ebrias, decidió Marly, y eran jóvenes, alborotadoras y tenían aspecto duro. La primera mujer era delgada y de rostro anguloso, ojos grandes y grises sobre una nariz fina y recta. Su pelo era de un imposible tono gris, cortado al estilo colegial, y llevaba puesto una especie de chaleco de lona sin mangas, muy grande, totalmente cubierto por bolsillos abarrotados, tachas, y cintas rectangulares de velero. La prenda estaba abierta de tal forma que revelaba, desde el ángulo de visión de Marly, un seno pequeño y redondo enfundado en lo que parecía ser un sostén de fina trama rosada y negra. Las otras dos eran mayores y más pesadas; los músculos de sus brazos desnudos quedaban definidos con toda nitidez bajo la luz que aparentemente no provenía de ninguna fuente, de la cafetería de la terminal.
La primera mujer se encogió de hombros, moviendo su cuerpo dentro del inmenso chaleco. —Pero no creo que lo haga —dijo.
La segunda mujer volvió a reír, pero no con tanto vigor, y consultó un cronómetro sujeto a una ancha muñequera de cuero. —Me voy ya —anunció—. Tengo un viaje a Sión, y luego ocho cápsulas de algas para los suecos. —Empujó su silla hacia atrás y se puso de pie, y Marly pudo leer la insignia bordada a la altura de los hombros del chaleco de cuero negro.