O’GRADY — WAJIMA
EL EDITH S.
CARGAS INTERORBITALES
Luego se puso de pie la otra mujer, levantando la cintura de sus holgados téjanos. —Te diré, Rez, que si dejas que esa imbécil te cree problemas con las descargas, corres el riesgo de perder tu matrícula.
—Perdón... —dijo Marly, luchando contra el temblor de su voz.
La mujer del chaleco negro se volvió y la observó de pies a cabeza sin sonreír. —¿Sí?
—He visto vuestros chalecos, el nombre Edith 5... Es una nave, una nave espacial, ¿verdad?
—¿Una nave espacial? —La mujer que estaba a su lado alzó sus espesas cejas. — Sí, claro, querida, ¡una nave espacial grande y poderosa!
—Es un remolque —dijo la mujer del chaleco negro, y se volvió, dispuesta a marcharse.
—Quiero contratarte —dijo Marly.
—¿Contratarme? —Ahora todas la miraban, sin sonrisas ni expresión en sus rostros. — ¿Y eso qué significa?
Marly revolvió en la bolsa negra de Bruselas y sacó el medio fajo de Nuevos Yens que Paleólogos, el de la agencia de viajes, le había devuelto. —Te daré esto...
La muchacha con el cabello corto y plateado silbó suavemente. Las mujeres se miraron entre sí. La del chaleco negro se encogió de hombros. —Jesús —dijo—. ¿Hasta dónde quieres ir? ¿Marte?
Marly volvió a buscar en su bolsa y extrajo el paquete azul de Gauloise doblado en cuatro. Se lo dio a la mujer del chaleco negro, quien lo abrió y leyó las coordenadas orbitales que Alain había escrito allí con rotulador verde.
—Bueno —dijo la mujer—, no es un viaje muy largo, para la cantidad de dinero que tienes, pero O'Grady y yo tenemos que estar en Sión a las 23:00 GMT. Un trabajo contratado. ¿Y tú, Rez?
Dio el papel a la chica que permanecía sentada. Ésta lo leyó y mirando a Marly preguntó: —¿Cuándo?
—Ahora —respondió Marly—. En este momento.
La chica empujó la mesa y se puso de pie. Las patas de su silla golpearon las baldosas del suelo, y su chaleco se abrió para revelar que lo que Marly había creído que era la tela de un sostén rosado y negro era una rosa tatuada que cubría la totalidad de su seno izquierdo. —Muy bien, hermana. Pásame aquello.
—Quiere decir que le des el dinero ahora —tradujo O'Grady.
—No quiero que nadie sepa adonde vamos.
Las tres mujeres rieron.
—Has dado con la chica justa —dijo O'Grady, y Rez sonrío.
Capítulo 24
Corre sin parar
Comenzó a llover en el momento en que retomaba el rumbo este en dirección a los suburbios del borde del Sprawl y el derruido cinturón de las zonas industriales. El agua caía formando un muro macizo, cegándolo hasta que dio con el control de los limpiaparabrisas. Rudy no había reemplazado las escobillas, así que disminuyó la velocidad, reduciendo el gemido de la turbina hasta que se convirtió en un sordo rugido, y salió al borde de la carretera; la bolsa neumática del aerodeslizador se abrió paso sobre pedazos de cubiertas de camión.
—¿Qué ocurre?
—No veo nada. Las escobillas del limpiaparabrisas están podridas. —Accionó el interruptor de las luces; cuatro estrechos haces surgieron como puñales a cada lado de la capota del deslizador y se perdieron en el muro gris de la lluvia. Agitó la cabeza.
—¿Por qué no nos detenemos?
—Estamos demasiado cerca del Sprawl. Toda esta zona está patrullada. Helicópteros. Verificarían el techo del vehículo con su panel de identificación y verían que tenemos matrícula de Ohio y una configuración de chasis demasiado extraña. Podrían querer revisar el deslizador. Y nosotros no estamos interesados en eso.
—¿Qué vas a hacer?
—Seguir por el borde hasta que pueda salir de la carretera, y luego ocultarnos en algún sitio, si puedo...
Mantuvo el aerodeslizador en posición y lo giró; los focos destellaron sobre las diagonales en anaranjado fosforescente de un panel vertical que indicaba la salida a una carretera secundaria. Siguió en esa dirección, el hinchado labio de la bolsa neumática deslizándose sobre un grueso y rectangular muro de seguridad de concreto. —Puede que aquí sí... —dijo, al tiempo que pasaban junto al panel. La carretera secundaria era apenas lo suficientemente ancha para permitirles el paso; ramas y maleza arañaban las estrechas ventanas laterales, raspando el blindaje de acero del deslizador.
—Hay unas luces más allá —observó Angie, inclinándose hacia adelante en su arnés para escudriñar a través de la lluvia.
Turner pudo distinguir un aguado resplandor amarillo y dos postes verticales gemelos. —Una gasolinera —dijo él—. Una reliquia de la antigua red, anterior a la construcción de la gran carretera. Ahí debe de vivir alguien. Es una lástima que no utilicemos gasolina... —Condujo el deslizador por la pendiente de gravilla; cuando se acercaron vio que el resplandor amarillo provenía de un par de ventanas rectangulares. Creyó ver una figura moviéndose detrás de ellas. — Estamos en el campo —dijo—. Estos muchachos no se alegrarán demasiado de vemos. —Buscó en el anorak, sacó la Smith & Wesson de su funda de nailon y la puso entre sus piernas sobre el asiento. Cuando estuvieron a cinco metros de las oxidadas bombas de gasolina, detuvo el deslizador sobre un amplio charco y apagó las turbinas. La lluvia seguía cayendo como orina llevada por el viento, y Turner vio que una persona con un poncho de color caqui salía por la puerta principal de la gasolinera. Abrió la ventana lateral diez centímetros y alzó la voz por encima del ruido de la lluvia. — Disculpe que lo moleste. Tuvimos que salimos de la carretera. Nuestro limpiaparabrisas no da más. No sabía que hubiese gente aquí. —Las manos del hombre, en el resplandor de las ventanas, permanecían escondidas bajo el poncho de plástico, pero era obvio que sostenía algo.
—Es propiedad privada —dijo el hombre; el rostro delgado chorreaba lluvia.
—No podía quedarme en la carretera —gritó Turner—. Disculpe la molestia...
El hombre abrió la boca, comenzó a gesticular con lo que fuera que sostenía bajo el poncho, y su cabeza estalló. Turner tuvo la impresión de que ocurrió antes de que la línea de luz roja, del grosor de un lápiz, cruzara negligentemente el espacio como si alguien estuviese jugando con una linterna de mano, y lo tocara. Una flor roja se abrió, azotada por la lluvia, cuando la figura se hincó de rodillas para luego caer hacia adelante; un Savage 410 de culata de alambre se deslizó fuera del poncho.
Turner no había sido consciente del movimiento, pero descubrió que había encendido las turbinas y pasado los controles a Angie antes de liberarse del arnés. —Cuando te diga, llévalo directo a la gasolinera... —Y entonces se irguió, tirando de la palanca que abría la escotilla del techo, con el pesado revólver en la mano. Oyó el rugido del Honda negro en el momento en que la escotilla se deslizaba hacia atrás; una sombra sobre su cabeza que empezaba a descender, apenas visible a través de la lluvia torrencial. — ¡Ahora! —Tiró del gatillo antes de que ella pudiese impulsarlos hacia adelante y a través de la pared de la vieja gasolinera; el retroceso hizo que se golpease el codo contra el techo del deslizador. La bala estalló en algún sitio sobre su cabeza con un crujido reconfortante; Angie impulsó el deslizador y arremetieron contra la estructura de madera, permitiéndole a Turner el tiempo justo para volver a meter la cabeza y los hombros por la escotilla. Algo dentro de la casa explotó, probablemente un contenedor de propano, y el deslizador se desvió hacia la izquierda.
Angie logró dar vuelta otra vez y salieron por la pared posterior. —¿Hacia dónde? —gritó, por encima de la turbina.