Como en respuesta, el Honda negro empezó a bajar en tirabuzón, a veinte metros de ellos, y vomitando una plateada lámina de lluvia. Turner tomó los con troles y se deslizaron hacia adelante; la turbina levantó una estela de diez metros de alto; arremetieron directamente contra la cabina de policarbono del pequeño helicóptero de combate, cuyo fuselaje de aleación se arrugó como un papel ante el impacto. Turner retrocedió un poco y volvió a arremeter, con mayor velocidad. Esta vez el helicóptero destrozado se aplastó contra los húmedos troncos de dos pinos grises y quedó en el suelo como una especie de mosca de alas largas.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó cubriéndose el rostro con las manos—. ¿Qué ha sucedido?
Turner sacó los papeles de registro y un par de polvorientas gafas de una gaveta en la puerta de su lado; finalmente encontró una linterna y verificó las pilas.
—¿Qué ha sucedido? —repitió Angie como si fuera una grabación—. ¿Qué ha sucedido?
Él volvió a salir por la escotilla, con el arma en una mano y la linterna en la otra. La lluvia había amainado. Saltó a la capota del deslizador, y luego sobre los para golpes, para caer en charcos donde se sumergió hasta los tobillos. Fue chapoteando hasta los doblados rotores negros del Honda.
Se sintió un penetrante olor a combustible de avión.
La cabina de policarbono se había quebrado como un huevo. Apuntó la Smith & Wesson y disparó dos veces el destello de xenón: dos silenciosas explosiones que le mostraron sangre y brazos y piernas retorcidos entre restos de plástico. Esperó, y luego usó la linterna. Eran dos. Se acercó, sosteniendo la linterna bien alejada de su cuerpo, una vieja costumbre. Nada se movía. El olor a fuga de combustible se hizo aún más intenso. Y empezó a tirar de la desencuadrada escotilla. Se abrió. Los dos cadáveres llevaban gafas con amplificador de imagen. El ojo redondo y ciego del láser miraba fijamente hacia la noche; Turner se acercó para tocar el apelmazado cuello de piel de cordero de la chaqueta militar del muerto. La sangre que cubría la barba del hombre parecía muy oscura, casi negra a la luz de la linterna. Era Oakey. Dirigió la luz hacia la izquierda y constató que el otro, el piloto, era japonés. Volvió a iluminar a Oakey y encontró un termo plano y negro junto a su pie. Lo recogió, se lo metió en uno de los bolsillos del anorak y regresó a toda prisa al deslizador. A pesar de la lluvia, llamas anaranjadas comenzaban a lamer los restos de la gasolinera. Trepó al parachoques del deslizador, pasó por encima de la capota, volvió a trepar, y se introdujo por la escotilla.
—¿Qué ha ocurrido? —repitió otra vez Angie, como si él no hubiese salido—. ¿Qué ha ocurrido?
Se dejó caer en su asiento, olvidando el arnés, y puso la turbina en marcha. —Ése es un helicóptero de la Hosaka —dijo mientras hacía girar el vehículo—. Deben de haber estado siguiéndonos. Tenían un láser. Esperaron hasta que nos salimos de la carretera. No querían dejarnos allí para que la policía nos encontrase. Cuando llegamos aquí, decidieron atacarnos, pero seguramente pensaron que aquel pobre diablo estaba con nosotros. O tal vez sólo estaban eliminando un testigo.
—Su cabeza —dijo Angie con voz quebrada—, su cabeza...
—Eso fue el láser —explicó Turner, regresando por la carretera secundaria. La lluvia caía con menos fuerza; casi había cesado—. Vapor. El cerebro se evapora y el cráneo estalla...
Angie se inclinó hacia adelante y vomitó. Turner conducía con una mano, el termo de Oakey en la otra. Abrió la tapa de presión con los dientes y tragó un poco del Wild Turkey de Oakey.
Cuando llegaban al hombrillo de la autopista, el combustible del Honda alcanzó las llamas de la gasolinera en ruinas y, a la luz de la retorcida bola de fuego, Turner volvió a ver la explanada, la luz de los fogonazos de los paracaídas, el cielo blanco cuando el jet salió disparado hacia la frontera de Sonora.
Angie se enderezó, se limpió la boca con el dorso de la mano y comenzó a temblar.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Turner, dirigiéndose de nuevo hacia el este.
Ella no dijo nada, y él miró de soslayo para verla rígida y erguida en su asiento, las pupilas contraídas en el tenue resplandor de los instrumentos, el rostro sin expresión. La había visto así en el dormitorio de Rudy, cuando Sally los había hecho entrar, y, de pronto, otra vez el mismo torrente de lenguas, un suave y veloz tartamudeo de algo que podía haber sido un dialecto del francés. No tenía magnetófono, no tenía tiempo, tenía que conducir...
—Aguanta —dijo al tiempo que aceleraba—, estarás bien... —Pero seguro que ella no era consciente de nada en absoluto. Por encima del ruido de la turbina podía oír el entrechocar de los dientes de la muchacha. Detente, pensó, lo justo para meterle algo entre los dientes, su cartera o una tela doblada. Sus manos asían espasmódicamente las correas del arnés.
—Hay una niña enferma en mi casa. —El deslizador casi salió del pavimento cuanto Turner oyó la voz que salía de la garganta de la chica, una voz profunda y lenta y extrañamente viscosa. — Oigo que los dados están siendo echados, para ganar su vestido sangriento. Son muchas las manos que cavan su tumba esta noche, y la tuya también. Hay enemigos que rezan por tu muerte, hombre alquilado. Rezan hasta sudar. Sus plegarias son un río de fiebre. —Y entonces una especie de croar que podía haber sido risa.
Turner arriesgó una mirada, vio un hilo plateado de baba cayendo de los labios rígidos. Los profundos músculos del rostro se habían contraído en una máscara que él desconocía. —¿Quién eres?
—Soy el Señor de los Caminos.
—¿Qué quieres?
—A esta niña, como montura, para que pueda moverse en las ciudades de los hombres. Es bueno que vayas hacia el este. Llévala a tu ciudad. Volveré a cabalgarla. Y Samedi cabalga contigo, hombre armado. Él es el viento que llevas en las manos, pero el Señor de los Composantos es veleidoso, y poco importa que lo hayas servido bien...
El se volvió a tiempo para verla caer de costado en el arnés, la cabeza colgando, la boca abierta.
Capítulo 25
Kasual/Gothick
—Éste es el programa telefónico del Finlandés —dijo el altavoz debajo de la pantalla—, y el Finlandés no está. Si quieres dejar algo, ya conoces el código de acceso. Si quieres dejar un mensaje, déjalo de una vez. —Bobby miró la imagen en la pantalla y lentamente meneó la cabeza. La mayoría de los programas telefónicos estaban equipados con subprogramas videográficos cosméticos diseñados para hacer que la imagen del propietario correspondiese mejor con los más populares paradigmas de belleza personal, eliminando fallas y amoldando sutilmente los rasgos faciales para cumplir con las normas estadísticas idealizadas. El efecto de un programa cosmético sobre los grotescos rasgos del Finlandés era sin duda la cosa más rara que Bobby había visto jamás, como si alguien hubiese atacado la cara de una tortuga muerta con la gama completa de rotuladores e inyecciones de parafina de un embalsamador.
—Eso no es natural —observó Jammer, mientras bebía su whisky.
Bobby asintió.
—El Finlandés —dijo Jammer— es agorafóbico. Se vuelve loco si tiene que salir de esa pila de mierda compacta que es su tienda. Y es un adicto al teléfono, no puede no contestar una llamada si está en casa. Estoy empezando a pensar que esta mujer tiene razón. Lucas está muerto y está cayendo mucha mierda...
—Esta mujer —dijo Jackie , detrás de la barra— ya lo sabe.
—Ella sabe —dijo Jammer dejando el vaso de plástico sobre la mesa—, ella sabe. Habló con un hudú en la matriz, así que sabe...
—Bueno, Lucas no contesta, y Beauvoir no contesta, así que tal vez ella esté en lo cierto. —Bobby estiró el brazo y desconectó el teléfono cuando la señal de grabación comenzó a chillar.