Jammer lucía una camisa plisada, un esmoquin blanco y pantalones negros con cintas de satén a lo largo de las piernas; Bobby supuso que ése sería su atuendo de trabajo en el club. —No ha llegado nadie —dijo mirando a Bobby y a Jackie —. ¿Dónde están Bogue y Sharkey? ¿Dónde están las camareras?
—¿Quiénes son Bogue y Sharkey? —preguntó Bobby.
—Los que atienden la barra. Esto no me gusta. —Se levantó de la silla, caminó hasta la puerta y, con cuidado, apartó una de las cortinas. — ¿Qué mierda están haciendo esos papanatas allí fuera? Eh, Conde, esto parece ser tu onda. Ven aquí...
Bobby se levantó lleno de dudas —no se había animado a decirle a Jackie o a Jammer que había dejado que León lo viese, porque no quería quedar como un wilson— y caminó hasta donde estaba el dueño del club.
—Vamos. Asómate. No dejes que te vean. Se esfuerzan tanto en fingir que no nos observan que casi puedes olerlo.
Bobby movió la cortina, cuidando de no abrir una brecha de más de un centímetro, y miró hacia afuera. La multitud de compradores parecía haber sido reemplazada casi en su totalidad por muchachos Gothicks de negras crestas, vestidos de cuero y tachas, e, increíblemente, por una proporción equivalente de rubios Kasuals, estos últimos engalanados con las prendas de algodón de Shinjuku y las zapatillas blancas de hebilla dorada, la moda de esa semana. —No sé —dijo Bobby mirando a Jammer—, pero los Kasuals y los Gothicks no deberían estar juntos, ¿sabes? Es como si fueran enemigos naturales, está en su ADN o algo... —Echó otro vistazo.— Maldita sea, son como cien.
Jammer hundió las manos en los bolsillos de su pantalón plisado. —¿Conoces personalmente a alguno de esos tipos?
—De los Gothicks, conozco a algunos, de haber hablado alguna vez. Sólo que es difícil distinguirlos. Los Kasuals arremeten contra todo lo que no sea Kasual. A eso se dedican principalmente. Pero a mí los Lobes acaban de darme una paliza, y se supone que los Lobes tienen un pacto con los Gothicks. Así que quién sabe.
Jammer suspiró. —Entonces, supongo que no tendrás ganas de asomarte y preguntarle a uno de ellos qué creen que están haciendo.
—No —dijo Bobby con determinación—. No tengo ganas.
—Hmmm... —Jammer dirigió a Bobby una mirada calculadora, una mirada que a Bobby no le gustó nada.
Algo pequeño y duro cayó del alto techo en penumbra sobre una de las mesas, con un ruido fuerte y metálico. Rebotó, fue a dar a la alfombra, y rodó hasta detenerse entre las puntas de las botas nuevas de Bobby. Automáticamente se inclinó y lo recogió. Un anticuado tornillo de máquina, con la rosca marrón por el óxido y la cabeza cubierta por una costra de pintura de látex negra y opaca. Alzó la mirada cuando un segundo tomillo golpeó la mesa, y alcanzó a ver a un Jammer sorprendentemente ágil saltando por encima de la barra, junto a la unidad de crédito universal. Jammer desapareció, se oyó un tenue ruido de algo que se rasgaba —velero—, y Bobby supo que Jammer empuñaba la pequeña y compacta arma que viera un rato antes. Miró a su alrededor, pero Jackie no estaba a la vista.
Un tercer tornillo golpeó sobre la fórmica de la mesa.
Bobby vaciló, desconcertado, pero luego siguió el ejemplo de Jackie y se escondió, moviéndose tan silenciosamente como pudo. Se agazapó tras uno de los tabiques de madera del club y vio caer el cuarto tomillo, seguido por una fina cascada de polvo oscuro. Se oyó un chirrido, y una rejilla rectangular de acero desapareció abruptamente del techo, retirada a algún tipo de conducto. Miró de soslayo en dirección a la barra, a tiempo para ver el grueso compensador de retroceso sobre el cañón del arma de Jammer cuando se alzaba...
Un par de piernas delgadas y morenas salió por la abertura, rodeadas por un dobladillo gris de tela de tiburón manchado de polvo.
—Espera —dijo Bobby—, es Beauvoir.
—Ya lo creo que es Beauvoir —dijo la voz del techo, resonando en el conducto de aireación—. Quita esa maldita mesa del camino.
Bobby salió gateando de atrás del tabique y arrastró hacia un lado la mesa y las sillas.
—Atrapa esto —dijo Beauvoir. Bajó un abultado bolso verde oliva sujetándolo por una de las correas, y lo soltó. El peso hizo que Bobby casi cayera al suelo—. Ahora quítate de mi camino... —Beauvoir salió del conducto agarrándose de los bordes de la abertura con las dos manos, y se dejó caer.
—¿Qué le ocurrió a la alarma que yo tenía allí arriba? —preguntó Jammer, apareciendo detrás del mostrador, con la pequeña metralleta en la mano.
—Aquí está —dijo Beauvoir, arrojando sobre la alfombra una barra gris de resina fenólica. Estaba envuelta con un delgado cable negro—. De hecho, no tenía otro modo de entrar sin que un ejército de imbéciles lo supiera. Evidentemente alguien les ha dado los planos de este lugar, pero esto se les escapó.
—¿Cómo hiciste para subir al techo? —preguntó Jackie , saliendo de detrás de un tabique.
—No subí —dijo Beauvoir mientras se quitaba las grandes gafas de plástico—. Disparé una línea de monomol desde el edificio de al lado, y luego me deslicé sobre un huso de cerámica... —Su pelo corto y lanudo estaba lleno de polvo de chimenea. La miró con seriedad.— Estarás al corriente...
—Sí. Legba y Papa Ougou, en la matriz. Conecté con Bobby, en la consola de Jammer...
—Volaron a Ahmed en la autopista de Nueva Jersey. Sin duda usaron el mismo disparador con el que se encargaron de la mamá de Bobby...
—¿Quién?
—Aún no estoy seguro —dijo Beauvoir arrodillándose junto al bolso y soltando los cierres plásticos de mecanismo automático—, pero la cosa comienza a tomar forma... Lo que estaba haciendo, hasta que me enteré que le habían dado a Lucas, era seguir el rastro a los Lobes que atracaron a Bobby para quitarle la consola. Aquello puede que sólo haya sido un accidente, un trabajo de rutina, pero en algún lado hay un par de Lobes con nuestro rompehielos... Ahí hay potencial, sin duda, porque algunos Lobes son salchicheros, y a veces hacen negocios con Dos-por-Día. Así que Dos-por-Día y yo estábamos haciendo la ronda, tratando de averiguar lo que pudiéramos. Que no fue nada, después de todo, excepto que cuando estábamos con un volado llamado Alix, que es un segundo Guerrero asistente, o algo por el estilo, recibió una llamada de su colega, a quien Dos-por-Día identificó como un Gothick de Barrytown de nombre Raymond. —Sin dejar de hablar descargaba el bolso, desplegando armas, herramientas, municiones, rollos de cable.— Raymond tiene muchas ganas de contarlo todo, pero Alix es demasiado listo como para hacerlo frente a nosotros. «Disculpen, caballeros, pero esto es asunto oficial de Guerreros», dice el imbécil, entonces, bueno, nos retiramos humildemente, salimos arrastrando los pies y haciendo reverencias, y corrimos hasta la esquina. Usamos el teléfono modular de Dos-por-Día para llamar a nuestros vaqueros del Sprawl y conectarlos con el teléfono de Alix, pero a toda prisa. Aquellos vaqueros se metieron en la conversación entre Alix y Raymond como un alambre en un queso. —Sacó del bolso una escopeta de doce cargas, apenas más larga que su antebrazo, escogió un grueso cargador de entre lo que había puesto sobre la alfombra, y los encajó entre sí. — ¿Habían visto una de estas mierdas? Surafricanas, de antes de la guerra... —Algo en su voz y en la tensión de su mandíbula hizo que de pronto Bobby se diese cuenta de su furia contenida.— Parece que un tipo se puso en contacto con Raymond, y ese tipo tiene mucho dinero, y quiere contratar a todos los Gothicks juntos, el aparato entero, para que vayan al Sprawl a montar un espectáculo, a montarlo en masa. El tipo quiere que el asunto sea tan grande que también va a contratar a los Kasuals. Ahí fue cuando se enredó la cosa, porque Alix es medio conservador. El único Kasual bueno es el Kasual muerto, y sólo después de un número x de horas de tortura, etcétera. «A la mierda con eso», dice Raymond, siempre tan diplomático.