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—No sé —alcanzó a decir—, lo iónico que puedo hacer es tratar de entrar...

—¿Sabes qué es ese lugar a donde vamos, hermana? —Rez ajustaba la red de gravedad en torno a los hombros y las axilas de Marly.

—¿Qué lugar?

—A donde vamos. Es parte de los antiguos núcleos de la Tessier-Ashpool. Eran los ordenadores principales del sistema de memoria de la empresa...

—He oído hablar de ellos —dijo Marly cerrando los ojos—. Me lo dijo Andrea...

—Seguro, todo el mundo ha oído hablar de ellos; eran los dueños de todo Zonalibre. Incluso lo construyeron. Luego se fueron al diablo y lo vendieron todo. Hicieron cortar la casa de la familia y la remolcaron a otra órbita, pero antes de eso borraron todas las memorias, las quemaron y las vendieron a un chatarrero. El chatarrero nunca hizo nada con ellas. Nunca oí decir que hubiera gente viviendo allí, pero aquí fuera uno vive donde puede... Supongo que eso vale para cualquiera. Como lo que dicen de la lady Jane, la hija del viejo Ashpool, que todavía vive en la vieja casa, loca de remate... —Dio a la red de gravedad un último tirón experto. — Bueno. Relájate. Voy a quemar duro al Jane durante unos veinte minutos, pero nos llevará rápido hasta allá, que es para lo que supongo que estás pagando...

Y Marly se dejó hundir en un paisaje construido todo con cajas, vastas construcciones de Cornell en madera donde los restos sólidos del amor y la memoria se exhibían tras hojas de cristal manchadas de polvo y salpicadas de lluvia, y la figura del misterioso hacedor de cajas huía delante de ella por avenidas pavimentadas con mosaicos de dientes humanos, las botas de París de Marly taconeando ciegamente sobre símbolos bosquejados con opacas coronas de oro. El hacedor de cajas era un hombre y llevaba puesta la chaqueta verde de Alain, y él le temía más que a nada en el mundo. —Lo siento —exclamaba corriendo detrás de él—, lo siento...

—Sí. Thérése Lorenz, del Sweet Jane. ¿Quieres los números? ¿Qué? Sí, claro que somos piratas. Y yo soy el maldito Capitán Garfio... Mira, Jack, déjame darte los números, puedes verificarlo... Ya lo dije. Tengo un pasajero. Solicito autorización, y maldita sea, todo lo demás... Marly Algo, habla francés cuando está dormida...

Marly parpadeó, abrió los ojos. Rez estaba frente a ella, en su red, cada uno de los pequeños músculos de la espalda definidos con toda precisión. —Eh —dijo Rez volviéndose hacia ella—, lo siento. Hice la llamada por ti, pero suenan un poco raros. ¿Eres religiosa?

—No —dijo Marly confundida.

Rez hizo una mueca. —Bueno, espero que puedas sacar algo en limpio de toda esta mierda, entonces. —Se salió de la red y ejecutó una apretada voltereta hacia atrás que la llevó hasta escasos centímetros de la cara de Marly. Una cinta óptica iba de su mano a la consola, y por primera vez Marly vio el delicado conector azul cielo insertado a ras de piel en la muñeca de la chica. Puso un auricular en la oreja derecha de Marly y ajustó el tubo transparente del micrófono que salía del dispositivo.

—No tenéis derecho a molestarnos aquí —dijo la voz de un hombre—. ¡Nuestra tarea es la tarea del Señor, y sólo nosotros hemos visto Su verdadero rostro!

—¿Hola? ¿Hola? ¿Pueden oírme? Mi nombre es Marly Krushkhova, y tengo un asunto urgente que tratar con ustedes. O con alguien en estas coordenadas. Mi asunto se refiere a una serie de cajas, collages. El creador de estas cajas puede estar en grave peligro. ¡Debo verlo!

—¿Peligro? —El hombre tosió.— ¡Sólo Dios determina el destino de los hombres! No tenemos ningún temor. Pero tampoco somos necios...

—Por favor, escúcheme. Fui contratada por Josef Virek para ubicar al creador de las cajas. Pero ahora he venido a advertirles. Virek sabe que están aquí, y sus agentes me seguirán...

Rez la miraba fijamente.

—¡Deben dejarme entrar! Puedo decirles más...

—¿Virek? —Se produjo una larga pausa llena de estática.— ¿Josef Virek?

—Sí —respondió Marly—. El mismo. Usted ha visto su retrato toda la vida, ese con el rey de Inglaterra... Por favor, por favor...

—Déme con su piloto —dijo la voz, pero el tono histérico y pedante había desaparecido, siendo reemplazado por algo que a Marly le gustó menos aún.

—Es de repuesto —dijo Rez mientras sacaba el casco espejado del traje rojo—. Puedo permitírmelo, me has pagado bastante...

—No —protestó Marly—, de veras, no hace falta... Yo... —Movió la cabeza. Rez estaba desabrochando los cierres de la cintura del traje espacial.

—No puedes meterte en un sitio así sin un traje —dijo—. No sabes qué tipo de atmósfera tienen. ¡Ni siquiera sabes si tienen atmósfera! Y cualquier tipo de bacteria, esporas... ¿Qué pasa? —Bajó el casco plateado.

—¡Tengo claustrofobia!

—Ah... He oído hablar de eso... ¿Significa que te da miedo meterte dentro de cosas? —Parecía francamente intrigada.

—De cosas pequeñas, sí. —¿Como el Sweet Jane?

—Sí, pero... —Echó un vistazo a la abarrotada cabina, luchando contra el pánico.— Eso puedo soportarlo, pero no el casco. —Se estremeció.

—Bueno —dijo Rez—, ¿sabes qué? Te pondrás el traje, pero sin el casco. Te enseñaré cómo sujetarlo. ¿De acuerdo? Si no, no sales de mi nave... —La miró con expresión inflexible.

—Sí —dijo Marly—, sí...

—Muy bien — dijo Rez—. Ya estamos acoplados. Cuando se abra esta escotilla, tú entras y yo la cierro. Luego abro la otra. Entonces estarás en lo que sea que tengan de atmósfera ahí dentro. ¿Estás segura de que no quieres ponerte el casco?

—No —dijo Marly bajando la vista hacia el casco que sostenía entre los guantes rojos del traje, mirando su pálido reflejo en la máscara espejada.

Rez chasqueó la lengua. —Es tu vida. Si quieres regresar, haz que envíen un mensaje al Sweet Jane a través de la terminal de la JAL.

Marly se impulsó con torpeza y entró girando en una esclusa del tamaño de un ataúd vertical. El peto del traje rojo chocó violentamente contra la escotilla exterior, y oyó cómo la interior se cerraba a sus espaldas. Se encendió una luz junto a su cabeza que le hizo pensar en las luces de los refrigeradores.

—Adiós, Thérése.

No pasó nada. Estaba sola con el latido de su corazón.

Entonces la escotilla exterior del Sweet Jane se abrió. Una ligera diferencia de presiones fue suficiente para hacerla caer en una oscuridad con un olor viejo y tristemente humano, un olor como el de un vestuario abandonado desde hace años. El aire era denso, húmedo, impuro y, aún cayendo, vio que la escotilla del Sweet Jane se cerraba. Un haz de luz pasó junto a ella como una puñalada, vibró, viró, y la encontró girando.

—¡Luces! —gritó una voz ronca—. ¡Luces para nuestra invitada! ¡Jones! —Era la voz que oyera por el auricular. Resonaba de un modo extraño en la inmensidad de hierro de aquel lugar, de aquel hueco por el que caía; luego se oyó un crujido y vio el destello de un lejano anillo de violento azul revelándole la curva distante de un muro o un casco de acero recubierto en parte por rocas lunares. La superficie aparecía surcada por canales y depresiones esculpidos con toda precisión donde en un tiempo estuvieran empotrados alguna clase de equipos. Escabrosas matas de espuma expansiva marrón permanecían aún adheridas a algunos de los cortes más profundos, y otras se perdían en sombras de un negro absoluto.— Será mejor que le tiendas una línea, Jones, antes de que se rompa la cabeza.