Algo chocó contra el hombro de su traje con un golpe húmedo, y Marly volvió la cabeza para ver una figura de plástico rosa brillante, la cual arrastraba una fina línea también rosa, que quedó tensa mientras miraba, haciéndola girar. El espacio de catedral en ruinas se llenó con el gemido laborioso de un motor, y, con extrema lentitud, la izaron con la ayuda de un tomo.
—Ha tardado mucho en llegar —dijo la voz—. Me preguntaba quién sería el primero, y resulta ser Virek... Mamón... —Y entonces llegó hasta ellos, y la hicieron volverse. Casi perdió el casco: se alejaba a la deriva; pero uno de ellos lo empujó hacia sus manos. Su bolsa, con las botas y la chaqueta dentro, ejecutó su propio arco sobre la correa y dio contra su cabeza.
—¿Quién es usted? —preguntó ella.
—¡Ludgate! —bramó elviejo—. Wigan Ludgate, como usted bien sabe. ¿A quién más él la habría enviado a engañar? — Su cara, arrugada y llena de pústulas, estaba afeitada, pero sus largos y grises cabellos flotaban libres, como algas marinas en una marea de aire enrarecido.
—Perdóneme —dijo Marly—. No he venido a engañarlo. Ya no trabajo para Virek... He venido porque... Quiero decir, no estoy del todo segura de por qué vine, para empezar, pero mientras venía me enteré de que el artista que hace las cajas está en peligro. Porque hay algo más, algo que Virek cree que él tiene, algo que Virek piensa que lo liberará de sus cánceres... —Sus palabras se desvanecieron en el silencio, frente a la locura casi palpable que emanaba de Wigan Ludgate, y vio que él llevaba la agrietada coraza plástica de un viejo traje de trabajo, con crucifijos de metal barato pegados a modo de collar en torno al bruñido anillo de acero del casco. Su cara estaba muy cerca. Podía sentir el olor de sus dientes cariados.
—¡Las cajas! —Pequeñas bolas de saliva salieron de entre los labios, obedeciendo las elegantes leyes de la física newtoniana. — ¡Puta! ¡Son creación de Dios!
— Cálmate, Lud —dijo una segunda voz—, estás asustando a la señora. Tranquila, señora, pero ocurre que el viejo Lud no recibe muchas visitas. Y entonces se excita un poco, verá, pero en realidad es un tipo inofensivo... —Ella se volvió y encontró la relajada mirada de un par de grandes ojos azules en un rostro muy joven.— Yo soy Jones —dijo el muchacho—. Vivo aquí, también...
Wigan Ludgate echó la cabeza hacia atrás y lanzó un aullido salvaje que resonó contra las paredes de acero y piedra.
—La mayor parte del tiempo, ¿sabes? —dijo Jones mientras Marly se arrastraba detrás de él, sujetando una cuerda con nudos tendida a lo largo de un pasillo que parecía no tener fin—, es bastante silencioso. Escucha sus voces, ¿sabes?. Habla consigo mismo, o tal vez con las voces, no lo sé, y a veces le viene algo y queda así... —Cuando dejó de hablar, ella todavía podía oír tenues ecos de los aullidos de Ludgate. — Quizás te parezca una crueldad de mi parte el que yo lo deje así, pero en realidad es lo mejor. Pronto se cansará. Tendrá hambre. Y entonces vendrá a buscarme. Quiere su cena, ¿sabes?.
—¿Eres australiano? —preguntó Marly.
—De Nueva Melbourne —dijo él—. O lo era, antes de subir por el pozo...
—¿Te importa si te pregunto por qué estás aquí? Quiero decir, aquí en este, esta... ¿Qué es lo que es?
El muchacho rió. —En general, lo llamo el Lugar. Lud le da muchos nombres, pero más que nada lo llama el Reino. Piensa que ha encontrado a Dios. Supongo que lo ha hecho, si quieres verlo de esa manera. Hasta donde yo conozco, él era una especie de maleante de consola antes de que subiera por el pozo. No sé cómo fue que llegó hasta aquí, sólo sé que al pobre diablo esto le gusta... Yo, yo vine aquí huyendo, ¿entiendes? Tuve problemas en otro lado, no voy a ser demasiado específico, y tuve que salir de allá. Llegué hasta aquí, ésa es otra larga historia, y me encontré con el loco de Ludgate casi muriéndose de hambre. Se había armado una especie de negocio vendiendo desechos que recogía, y esas cajas que tú buscas, pero ya estaba demasiado ido para seguir con aquello. Los compradores venían, digamos, tres veces por año, pero él los echaba. Bueno, pensé yo, aquí puedo esconderme tan bien como en cualquier sitio, así que me puse a ayudarlo. Eso es todo, supongo...
—¿Puedes llevarme a ver al artista? ¿Está aquí? Es sumamente urgente...
—Te llevaré, no te preocupes. Pero, ¿sabes?, este lugar no fue construido para que viviera gente, quiero decir, no para moverse dentro, así que es un viaje un poco largo... Pero no es muy probable que se vaya a ningún lado. No puedo asegurarte que haga una caja para ti. ¿De veras trabajas para Virek? ¿Ese viejo de mierda fabulosamente rico que aparece en la tele? Es alemán, ¿verdad?
—Sí, trabajé para él —respondió Marly— durante algunos días. En cuanto a su nacionalidad, imagino que Virek es el único ciudadano de una nación constituida por Herr Virek...
—Entiendo lo que quieres decir —dijo Jones, alegremente—. Con estos viejos tan ricos supongo que da igual, aunque es más divertido que observar a un maldito zaibatsu... No es muy probable que un zaibatsu se meta en problemas que lo destruyan, ¿no lo crees? Por ejemplo, el viejo Ashpool, que era compatriota mío, que construyó todo esto; dicen que su propia hija lo degolló, y ahora está tan loca como el viejo Lud, encerrada en algún lado en el castillo de la familia. El Lugar era antes parte de todo eso, ¿sabes?
—Rez..., quiero decir, la dueña de la nave que me trajo, dijo algo por el estilo. Y una amiga mía, en París, mencionó a los Tessier-Ashpool hace poco... ¿El clan está decayendo?
—¿Decayendo? ¡Dios! Más bien caídos del todo. Piensa en ello: estamos arrastrándonos, tú y yo, por lo que una vez fueron los núcleos de información de su empresa. Un contratista en Paquistán compró todo el asunto; el casco está en buen estado, y hay una buena cantidad de oro en los circuitos, pero no es tan barato rescatarlo como podría parecer... Ha estado a la deriva aquí arriba desde entonces, con el viejo Lud por única compañía, y a la vez acompañándolo a él. Hasta que llegué yo, quiero decir. Supongo que algún día vendrán los equipos de Paquistán y se pondrán a desarmarlo todo... Sin embargo, es curioso, porque parece que en gran medida sigue funcionando, al menos durante parte del tiempo. Una historia que me contaron los que me trajeron aquí la primera vez, decía que la T-A borró todos los núcleos antes de soltarlos del resto de huso...
—¿Pero tú piensas que siguen siendo operativos?
—Sí, por supuesto. Más o menos como Lud, si a eso se puede llamar operativo. ¿Qué crees que es tu hacedor de cajas?
—¿Qué sabes de los Biolaboratorios Maas?
—¿Los Moss qué?
—Maas. Fabrican biochips...
—Aja. Ésos. Bueno, eso es todo lo que sé...
—¿Ludgate habla de ellos?
—Tal vez. No puedo decirte que escuche todo lo que él dice. Lud habla mucho...
Capítulo 27
Las estaciones del aliento
Los condujo por avenidas transversales bordeadas de herrumbrosas laderas de vehículos muertos, grúas y negras torres de desguace y fundición. Continuó por las calles secundarias mientras se abrían camino hacia el flanco oeste del Sprawl, y luego dirigió el deslizador a lo largo de un cañón de ladrillo, haciendo saltar chispas de los laterales blindados cuando éstos rozaban la pared, y arremetió contra un muro de basura compactada cubierta de hollín. Una avalancha de desechos cayó sobre el vehículo, y él soltó los controles, viendo cómo los dados de plástico se balanceaban de atrás hacia adelante, de derecha a izquierda. El medidor de combustible indicaba cero desde hacía doce calles.