Veinte segundos después tenía lo que había salido a buscar. Esta vez no fue afectado por la sensación de extrañeza, y concluyó que fue porque había salido a buscar esa cosa específica, ese hecho, exactamente el tipo de información que uno esperaría encontrar en el dossier de un investigador de primera: el cociente intelectual de su hija, reflejado por series enteras de exámenes anuales.
Ángela Mitchell tenía un cociente muy superior al promedio. Y lo había tenido siempre.
Sacó el biosoft del conector y distraídamente lo hizo girar entre el pulgar y el índice. La vergüenza. Mitchell y la vergüenza y el curso de posgrado... Las calificaciones, pensó. Quiero las notas del hijo de puta. Quiero los informes.
Conectó el dossier otra vez.
Nada. Lo tenía, pero no había nada.
No. Otra vez.
Otra vez...
—Maldita sea —dijo, viéndolo.
Un adolescente de cabeza rapada lo miró desde su asiento al otro lado del pasillo, y luego volvió a prestar atención al monólogo de su amigo: —Van a hacer los juegos otra vez, en la colina, a medianoche. Nosotros vamos a ir, pero sólo a mirar, no vamos a participar, sólo recostarnos y dejarlos que se rompan el culo entre ellos, y nos vamos a reír, a ver a quién le pegan más, porque la semana pasada le rompieron el brazo a Susan, ¿tú estabas allí cuando sucedió? Y fue divertido, porque Cal estaba tratando de llevarlos al hospital, pero estaba volado y se estrelló con esa Yamaha de mierda...
Turner volvió a conectar el biosoft.
Esta vez, cuando terminó, no dijo nada. Volvió a rodear a Angie con el brazo y sonrió, viendo su sonrisa en la ventana. Era una sonrisa feérica, propia del estado en que se encontraba.
Los antecedentes académicos de Mitchell eran buenos, extremadamente buenos. Excelentes. Pero el arco no estaba allí. El arco era algo que Turner había aprendido a buscar en los dossiers de los investigadores, esa inequívoca curva indicadora de brillantez. Podía detectar el arco del mismo modo en que un metalúrgico experto es capaz de identificar un metal observando la chispa que despide a alta fricción. Y Mitchell no lo había tenido.
La vergüenza. La residencia estudiantil. Mitchell había sabido, había sabido que no lo lograría. Y luego, de algún modo, lo hizo. ¿Cómo? No estaba en el dossier. Pero Mitchell, de una manera o de otra, se las ingenió para editar lo que proporcionó a la máquina de seguridad de la Maas. De otra forma se habrían dado cuenta... Alguien, algo, había encontrado a Mitchell en el bajón posterior a que se graduara y había comenzado a darle información. Datos, direcciones. Y Mitchell empezó a escalar con su arco duro y brillante y perfecto, que lo había llevado a la cima...
¿Quién? ¿Qué?
Miró el rostro dormido de Angie en el temblor de la luz del tren subterráneo.
Fausto.
Mitchell había hecho un trato. Tal vez Turner nunca llegara a conocer los detalles del acuerdo, o el precio de Mitchell, pero sabía que entendía la otra cara del asunto. Lo que a Mitchell se le había exigido a cambio.
Legba, Samedi, saliva surgiendo de los retorcidos labios de la niña.
Y el tren entró en la vieja Union en una negra bocanada de aire de medianoche.
—¿Taxi, señor? —Los ojos del hombre se agitaban detrás de unas gafas de tinte policromático que se movían como manchas de aceite en el agua. En el dorso de sus manos había cicatrices plateadas. Turner se acercó y lo tomó del brazo, sin dejar de andar, forzándolo contra una pared de rayadas baldosas blancas entre las columnas grises de la consigna.
—Efectivo —dijo Turner—. Pago en Nuevos Yens. Quiero mi taxi. Y ningún problema con el conductor. ¿Entendido? No soy tonto. —Apretó con más fuerza. —Si me creas problemas, volveré para matarte, o para hacerte desear que te hubiera matado.
—Entendido. Sí, señor. Entendido. Podemos hacer eso, señor, sí, señor. ¿Adonde quiere ir, señor? —Las demacradas facciones retorcidas de dolor.
—Hombre alquilado —la voz provenía de Angie, un ronco susurro. Y luego una dirección.
Turner vio los ojos aprehensivos del hombre temblar con nerviosidad tras los remolinos de colores. —¿Eso está en Madison? —alcanzó a decir—. Sí, señor. Yo le conseguiré un buen taxi, un taxi bueno de verdad...
—¿Qué sitio es éste? —preguntó Turner al taxista, al tiempo que se inclinaba hacia adelante para pulsar el botón del intercomunicador junto a la rejilla de acero—. ¿La dirección que le dimos?
Se oyó un ruido de estática. —El Hipermart. No hay muchas cosas abiertas a esta hora de la noche. ¿Busca algo determinado?
—No —dijo Turner. No conocía el lugar. Intentó recordar aquel tramo de Madison. Residencial, en su mayor parte. Incontables espacios de viviendas esculpidos en las cáscaras de edificios comerciales que databan de un tiempo en que el comercio necesitaba trabajadores administrativos que estuviesen físicamente presentes en un punto central. Algunos de los edificios eran lo bastante altos para penetrar una cúpula...
—¿Adonde vamos? —preguntó Angie con una mano apoyada en el brazo de él.
—Está todo bien —la tranquilizó—. No te preocupes.
— Dios — dijo ella, apoyándose en el hombro de Turner y alzando la vista hacia el logo de neón rosado del Hipermart, que desgarraba la fachada de granito del viejo edificio —. Allá en la meseta solía soñar con Nueva York. Tenía un programa de gráficos que me llevaba por todas las calles, a museos y otras cosas. Quería venir aquí más que nada en el mundo...
—Bueno, lo lograste. Estás aquí.
Ella se echó a llorar, abrazándolo, la cara contra su pecho desnudo. —Estoy asustada, estoy tan asustada...
—Todo irá bien —dijo Turner mientras le acariciaba el pelo, con los ojos fijos en la entrada principal. No tenía por qué creer que nada llegase a estar bien para ninguno de los dos. Ella parecía no tener idea de que las palabras que los habían llevado hasta allí habían salido de su boca. Pero, pensó, no las había dicho ella...
Había mendigos acurrucados a ambos lados de la entrada del Hipermart, bultos horizontales de harapos que habían tomado el mismo color de la acera; miraron a Turner como si estuviesen siendo lentamente moldeados a partir del oscuro hormigón, para convertirse en extensiones móviles de la ciudad.
—El Jammer's —dijo la voz, ahogada en el pecho de Angie, y él sintió una fría repulsión—, un club. Busca el caballo de Dambala. —Y se echó a llorar otra vez. Él la tomó de la mano y, dejando atrás a los dormidos trashumantes, entraron por la puerta de cristal, bajo deslucidas volutas doradas. Vio una máquina de café exprés al final de un pasillo de toldos y puestos cerrados, una chica con una cresta de pelo negro limpiando un mostrador.
—Café —dijo—. Comida. Vamos. Necesitas comer.
Sonrió a la chica mientras Angie se acomodaba en un taburete. —¿Puedo pagar en efectivo? —preguntó—. ¿Aceptas efectivo?
Ella lo miró y alzó los hombros. Él sacó un billete de veinte del bolso de Rudy y se lo enseñó.
— ¿Qué queréis?
—Café. Y comida.
—¿Eso es todo lo que tiene? ¿Nada más pequeño?
Él sacudió la cabeza.
—Lo siento. No le puedo dar cambio.
—No tienes por qué.
—¿Está loco?
—No, pero quiero café.
—Vaya propina, jefe. No gano eso en una semana.
—Es tuyo.
El rostro se le contrajo de rabia. —Usted está con esos locos de arriba. Guárdese el dinero. Estoy cerrando.
—No estamos con nadie —dijo inclinándose ligeramente sobre el mostrador, de modo que el anorak se abriera y ella pudiese ver la Smith & Wesson—. Estamos buscando un club. Un sitio que se llama Jammer's.