La chica miró a Angie, y luego a Turner. —¿Está enferma? ¿Volada? ¿Qué es esto?
—Aquí está el dinero —dijo Turner—. Danos nuestro café. Si quieres ganarte el cambio, dime cómo encontrar el Jammer's. Tengo que saberlo. ¿Entiendes?
La chica escondió el gastado billete y fue hasta la máquina de café. —Creo que ya no entiendo nada. —Apartó ruidosamente unas tazas y vasos con restos de leche. — ¿Qué pasa con el Jammer's? ¿Eres amigo de Jammer? ¿Conoces a Jackie ?
—Claro —dijo Turner.
—Pasó por aquí esta mañana temprano con un taradito de las afueras. Supongo que subieron allá arriba...
—¿Adonde?
—Al Jammer's. Después empezaron a pasar cosas raras.
—¿Sí?
—Todos esos mal nacidos de Barrytown, engominados y de zapatos blancos, entrando como si fuera su casa. Y ahora, vaya si lo es, los dos últimos pisos. Empezaron a pagarle a la gente para que se fuera de los puestos. En los pisos de abajo muchos cerraron y se fueron. Demasiado raro...
— ¿Cuántos eran?
El vapor salió rugiendo de la máquina. —Unos cien. He pasado todo el día muerta de miedo, pero no puedo encontrar a mi jefe. De todos modos, cierro dentro de media hora. La que hace el turno del día no apareció, o quizá vino, olió problemas, y se fue... —Tomó la pequeña taza y la puso delante de Angie. —¿Te encuentras bien, cariño?
Angie asintió.
—¿Tienes alguna idea de lo que está haciendo esa gente? —preguntó Turner.
La chica había regresado a la máquina, que volvió a rugir. —Creo que esperan a alguien —dijo en voz baja, y sirvió el café de Turner—. O que alguien trate de salir del Jammer's, o que alguien trate de entrar...
Turner bajó la mirada y contempló los remolinos de espuma marrón de su café. —¿Y nadie ha llamado a la policía?
—¿La policía? Jefe, esto es el Hipermart. Aquí la gente no llama a la policía...
La taza de Angie se hizo añicos sobre el mostrador de mármol.
—Abrevia, hombre alquilado —susurró la voz—. Conoces el camino. Entra.
La chica quedó boquiabierta. —Dios mío —dijo—. Tiene que estar completamente volada... —Miró a Turner con frialdad. — ¿Es usted quien se la da?
—No —respondió Turner—, pero está enferma. Todo irá bien. —Terminó el amargo café negro. Por un instante le pareció que el Sprawl entero respiraba, y su aliento era viejo y enfermo y cansado, de estación a estación, desde Boston hasta Atlanta...
Capítulo 28
Jaylene Slide
— ¡Dios mío! —exclamó Bobby—. ¿No puedes envolverla o algo? —La quemadura de Jammer llenaba el despacho de un olor a cerdo frito que le revolvía el estómago.
—Una quemadura no debe vendarse —dijo Jackie , ayudando a Jammer a sentarse en su silla. Comenzó a abrir los cajones del escritorio, uno tras otro—. ¿Tienes algún calmante? ¿Dermos? ¿Cualquier cosa?
Jammer meneó la cabeza, con el rostro laxo y pálido. —Tal vez. Detrás de la barra hay un botiquín...
—¡Tráelo! —espetó Jackie —. ¡Muévete!
—¿Por qué te preocupas tanto por él? —comenzó Bobby, herido por el tono de su voz—. Él trató de hacer entrar a los Gothicks...
— ¡Trae la caja, imbécil! Sólo perdió la calma por un momento. Se asustó. Tráeme esa caja o serás tú el que la necesite.
Salió corriendo a la sala y encontró a Beauvoir interconectando rosadas salchichas de explosivo plástico con una caja de plástico amarillo que parecía la unidad de control de un camión de juguete. Las salchichas estaban aplastadas alrededor de las bisagras de las puertas y a ambos lados de la cerradura.
—¿Para qué es eso? —preguntó Bobby mientras trepaba a la barra.
—Puede que algunos quieran entrar —dijo Beauvoir—. Si lo hacen, les abriremos.
Bobby se detuvo para admirar el arreglo. —¿Por qué no lo aplastas directamente contra el vidrio, para que estalle derecho hacia afuera?
—Demasiado obvio —dijo Beauvoir, irguiéndose, con el detonador amarillo en las manos—. Pero me alegra que pienses en estas cosas. Si intentamos hacerla volar hacia afuera, una parte volará hacia adentro. De esta forma es más... prolijo.
Bobby se encogió de hombros y desapareció detrás de la barra. Había cestos de alambre llenos de bolsas plásticas de galletas de krill, un surtido de paraguas olvidados, un diccionario completo, un zapato azul de mujer, una caja de plástico blanco con una cruz roja torpemente pintada con esmalte de uñas... Tomó la caja y volvió a saltar la barra.
—Eh, Jackie ... —dijo depositando el botiquín de primeros auxilios junto a la consola de Jammer.
—Olvídalo. —Jackie abrió la caja y revolvió en su interior.— Jammer, aquí dentro hay más poppers que otra cosa...
Jammer sonrió lánguidamente.
—Toma. Éstos te servirán. —Desenrolló una lámina de dermos rojos y comenzó a arrancarlos del forro, alisando tres sobre el dorso de la mano quemada. — Pero lo que necesitas es un anestésico local.
—Estaba pensando —dijo Jammer dirigiéndose a Bobby—. Tal vez ahora tengas la oportunidad de acumular unas horas de consola...
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bobby mirando la consola de soslayo.
—Es lógico pensar que quien sea que haya traído a esos locos de ahí fuera también haya intervenido los teléfonos.
Bobby asintió. Beauvoir había dicho lo mismo, cuando les había explicado su plan.
—Bueno, cuando Beauvoir y yo decidimos que tú y yo podríamos entrar en la matriz para explorar un poco, en realidad yo tenía otra cosa en mente. —Jammer mostró a Bobby su colección de dientes blancos y pequeños. — Verás, estoy metido en esto porque les debía un favor a Beauvoir y a Lucas. Pero también hay gente que me debe favores a mí, favores de hace mucho tiempo. Favores que nunca necesité cobrarme.
—Jammer —dijo Jackie —. Tienes que relajarte. Quédate tranquilo. Podrías entrar en shock.
—¿Qué tal es tu memoria, Bobby? Voy a decirte una secuencia. Tú practícala en mi consola. Sin encenderla, sin conectar. ¿De acuerdo?
Bobby asintió.
—Entonces corre esto en seco un par de veces. Un código de entrada. Por la puerta trasera.
—¿La puerta trasera de quién? —Bobby dio vuelta la consola y puso los dedos en posición sobre el teclado.
—De los Yakuza —dijo Jammer.
Jackie lo miró fijamente. —Eh, ¿qué crees...?
—Lo que dije. Es un favor de hace tiempo. Pero ya sabes lo que dicen, los Yakuza nunca olvidan. Y funciona en ambos sentidos...
Una vaharada de carne chamuscada llegó hasta Bobby, quien hizo una mueca de desagrado.
—¿Cómo es que no le mencionaste esto a Beauvoir? —Jackie estaba doblando cosas y guardándolas en la caja blanca.
—Cariño —dijo Jammer—, ya aprenderás. Hay cosas que te enseñan a saber olvidar.
—Bueno, escucha —dijo Bobby, mirando a Jackie con lo que esperaba fuese su mirada más dura—, yo soy el que se va a encargar de esto. Así que no necesito tus loa, ¿de acuerdo? Me ponen nervioso.
—Ella no los invoca —dijo Beauvoir, en cuclillas junto a la puerta del despacho, con el detonador en una mano y el arma antimotín surafricana en la otra —, ellos vienen solos. Si ellos quieren venir, aparecen allí. De todos modos, tú les caes bien... Jackie se ajustó los trodos sobre la frente.
—Bobby —dijo—, estarás bien. No te preocupes, sólo conecta. —Se había quitado el pañuelo de la cabeza. Su pelo estaba peinado en hileras entre limpios surcos de lustrosa piel marrón, con antiguas resistencias de colección hilvanadas a intervalos irregulares, pequeños cilindros de resina fenólica marrón anillados por franjas de pintura de diferentes colores.