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—Ah, sí; recuerdo que ella dijo que tu consola debería estar en un museo.

—Qué sabrá ella —dijo Jammer—. Yo sé dónde vive, ¿o no? —Aspiró de un inhalador y lo puso de nuevo sobre la consola. — El problema es que ella te ha descartado. No quiere saber nada de ti. Tienes que llegar a ella y decirle lo que quiere saber.

—¿Que——Que fue un tipo llamado Conroy el que liquidó a su novio —dijo el hombre alto, estirado en una de las sillas del despacho de Jammer, la enorme pistola en el regazo—. Conroy. Dile que fue Conroy. Conroy contrató a esos peludos de ahí fuera.

—Prefiero intentar con los Yakuza —dijo Bobby.

—No —dijo Jammer—, esta Slide lo encontrará primero. Los Yaks considerarán mi favor, querrán verificar todo antes. Además, creí que te morías de ganas de aprender a usar una consola.

—Yo iré con él —dijo Jackie desde la puerta.

* * *

Conectaron.

Ella murió casi de inmediato, en los primeros ocho segundos.

Él lo sintió, fue hasta el borde y estuvo a punto de conocerlo de veras. Gritaba, giraba, aspirado por el glacial cilindro blanco que los había estado esperando...

La escala de la cosa era imposible, demasiado vasta, como si el tipo de megaestructura cibernética que representaba una multinacional entera apoyase todo su peso sobre Bobby Newmark y una bailarina llamada Jackie . Imposible...

Pero en algún sitio, en el límite de la conciencia, en el instante en que la perdió, hubo algo... Algo que le tocaba el brazo...

Yacía de bruces sobre una superficie áspera. Abrió los ojos. Un sendero de piedras redondas, húmedas de lluvia. Se incorporó, rodando sobre sí mismo, y vio el panorama brumoso de una extraña ciudad, con el mar a lo lejos. Había torres, algo así como una iglesia, nervaduras insensatas y espirales de piedra tallada... Se volvió y descubrió un enorme lagarto que se deslizaba en su misma dirección a lo largo de una pendiente, las fauces abiertas. Bobby pestañeó. Los dientes del lagarto eran pedazos de cerámica manchada de verde, un lento hilo de agua lamía sus labios de porcelana azul. La cosa era una fuente, sus flancos recubiertos por miles de fragmentos de cerámica destrozada. Dio media vuelta, enloquecido por la proximidad de la muerte. Hielo, hielo, y una parte de él supo entonces con toda exactitud lo cerca que en realidad había estado de ella en la sala de su madre.

Había unos bancos extrañamente curvos, cubiertos con el mismo vertiginoso mosaico de porcelana, y árboles, hierba... Un parque.

—Extraordinario —dijo alguien. Un hombre, se levantó de su asiento en uno de los bancos en forma de serpiente. Tenía una prolija mata de pelo gris, un rostro bronceado y redondo, gafas sin montura que magnificaban sus ojos azules—. Pasaste directo aquí, ¿verdad?

—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?

—En el Parque Güell. Barcelona, si prefieres.

—Usted mató a Jackie .

El hombre frunció el ceño. —Ya veo. Creo que entiendo. Sin embargo, no deberías estar aquí. Ha sido un accidente.

—¿Accidente? ¡Usted mató a Jackie !

—Mis sistemas están sobreextendidos, hoy —dijo el hombre, con las manos en los bolsillos de un holgado abrigo marrón—. Realmente, esto es extraordinario...

—Eso no se hace —dijo Bobby, los ojos nublados por las lágrimas—. No se hace. No se puede matar a alguien sólo por estar allí...

— ¿Allí dónde? —El hombre se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas con un inmaculado pañuelo blanco que sacó del bolsillo de su abrigo.

—Sólo por estar viva —dijo Bobby, dando un paso hacia adelante.

El hombre volvió a ponerse las gafas. —Esto nunca había sucedido antes.

—No se hace. —Más cerca, ahora.

—Esto se está poniendo aburrido. ¡Paco!

—Señor.

Bobby se volvió al oír la voz del niño y vio a un muchachito con un extraño traje almidonado, con botines de cuero negro abrochados con botones.

—Quítalo.

—Señor —dijo el chico; hizo una rígida reverencia y extrajo una diminuta Browning automática azul de la oscura chaqueta de su traje. Bobby miró los ojos negros bajo el lustroso mechón y vio una mirada que ningún niño pudo haber tenido jamás. El chico apuntó a Bobby con la pistola.

—¿Quién es usted? —Bobby ignoró el arma, pero no intentó acercarse más al hombre del abrigo.

El hombre lo miró con los ojos entrecerrados. — Virek. Josef Virek. Casi todo el mundo, tengo entendido, reconoce mi cara.

—¿Usted actúa en Gente de Importancia o algo así?

El hombre parpadeó, frunciendo el ceño. —No sé de qué hablas. Paco, ¿qué está haciendo esta persona aquí?

—Un trasvase accidental —dijo el niño, con voz dulce y hermosa—. Hemos concentrado el grueso de nuestro sistema vía Nueva York, en un intento de impedir la fuga de Ángela Mitchell. Éste trató de meterse en la matriz, junto a otra operadora, y se encontró con nuestro sistema. Aún estamos intentando determinar cómo atravesó nuestras defensas. Usted no corre ningún peligro. —El cañón de la pequeña Browning estaba absolutamente firme.

Y de nuevo la sensación de que algo le tocaba el brazo. No el brazo, exactamente, sino una parte de su mente, algo...

—Señor —dijo el niño—, estamos experimentando fenómenos anómalos en la matriz, tal vez como resultado de nuestra propia sobreextensión actual. Recomendamos enfáticamente que nos permita cortar sus lazos con la estructura hasta que podamos determinar la naturaleza de la anomalía.

Ahora la sensación era más intensa. Algo que rascaba, en el fondo de su mente...

—¿Qué? —dijo Virek—. ¿Y regresar a los tanques? Dudo mucho de que eso garantice que...

—Existe una posibilidad de peligro real —dijo el chico, y ahora el tono de su voz había cambiado. Movió ligeramente el cañón de la Browning—. Tú —dijo a Bobby—, acuéstate sobre los adoquines con los brazos y las piernas abiertas.

Pero Bobby miraba detrás de él, un cantero de flores, marchitándose y muriendo poco a poco, la hierba haciéndose gris y polvorienta mientras miraba, el aire sobre el cantero retorciéndose y arremolinándose. La sensación de que algo rascaba dentro de su cabeza era más fuerte, más urgente.

Virek se había vuelto para mirar las flores moribundas. —¿Qué sucede?

Bobby cerró los ojos y pensó en Jackie . Se oyó un sonido, y supo que era él quien lo hacía. Se estiró, dentro de sí mismo, y tocó la consola de Jammer. ¡Ven!, gritó, dentro de sí, sin saber ni preocuparse por saber a qué se dirigía. ¡Ven ahora! Sintió que algo cedía, algún tipo de barrera, y la sensación de algo que rascaba desapareció.

Cuando abrió los ojos, había algo en el cantero de flores muertas. Parpadeó. Parecía una sencilla cruz de madera pintada de blanco; alguien había colocado las mangas de una viejísima túnica naval sobre los brazos horizontales, una especie de frac manchado de moho con pesadas charreteras ribeteadas con deslucidos galones dorados, botones herrumbrosos, más galones en los puños... Un oxidado alfanje estaba apoyado contra el poste vertical blanco, y al lado había una botella medio llena de un fluido traslúcido.

El niño giró violentamente, la pequeña pistola fue como un borrón... Y se desmoronó, se replegó sobre sí mismo como un globo al desinflarse, un globo succionado hacia la nada, y la Browning cayó sobre el sendero de piedra como un juguete olvidado.

—Mi nombre —dijo una voz, y Bobby quiso gritar cuando se dio cuenta de que salía de su propia boca— es Samedi, y tú has matado a la montura de mi primo... Y Virek echó a correr, el holgado abrigo agitándose a sus espaldas, por los meandros del camino de bancos serpenteantes, y Bobby vio que otra de las cruces blancas esperaba allí, justo donde el sendero desaparecía en una curva. En ese momento también Virek debió verla; lanzó un grito, y el barón Samedi, el Señor de los Camposantos, el loa cuyo reino era la muerte, se cernió sobre Barcelona como una lluvia fría y oscura.