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– No seas ridícula -la regañó Sarah-. Sólo porque él no te caiga bien…

– No me cae bien -reconoció Emily-, pero… -Fuera lo que fuese lo que iba a decir quedó interrumpido cuando, de repente, Emily se puso tensa y frunció los labios-. ¡Vaya, ahí viene! Disculpadme, pero prefiero hablar con la pared que con ese hombre.

Y, sin más, Emily se alejó fundiéndose rápidamente con la multitud.

Carolyn parpadeó repetidas veces. ¿De qué iba todo aquello? Normalmente, Emily era muy cordial y simpática. ¿Acaso el señor Jennsen era una de las muchas personas a las que el padre de Emily debía una importante suma de dinero? ¿Era posible que fuera ésa la causa de su inusual animosidad hacia él?

– ¡Buenas noches, señoras! -saludó el señor Jennsen, deteniéndose delante de Carolyn y Sarah. Su mirada se desvió hacia el lugar por el que Emily acababa de desaparecer y, a continuación, sonrió y realizó una reverencia a las dos hermanas-. Sin duda soy el hombre más afortunado de la fiesta por estar acompañado no por una, sino por dos mujeres sumamente encantadoras.

– No te dejes engañar -murmuró Carolyn a Sarah en voz alta y con sorna-, seguro que se lo ha dicho a todos los grupos de mujeres con los que ha estado esta noche.

– De ningún modo -replicó el señor Jennsen mientras sus oscuros ojos despedían un pícaro destello.

– Lo que significa que acaba de llegar -susurró, también con sorna, Sarah a Carolyn.

Los tres se echaron a reír y, después de intercambiar unas palabras de cortesía, Sarah se abanicó y declaró:

– ¡Hay tanta gente y hace tanto calor…! Si me disculpáis, necesito un poco de aire fresco.

Carolyn examinó a su hermana y se dio cuenta de que sus mejillas estaban pálidas cuando, debido al calor de la habitación, deberían estar sonrosadas.

– Te acompaño -declaró.

– Y yo las acompañaré encantado -añadió el señor Jennsen.

– Gracias, pero prefiero que os quedéis charlando -contestó Sarah mientras sacudía la mano-. Matthew está junto a la puerta que conduce a la terraza. Lo rescataré de la conversación que está manteniendo. Además, quiero volver a comentarle lo de la nota de las Memorias.

Aunque pronunció las últimas palabras entre dientes, Carolyn se preguntó si no se había dado cuenta de que había hablado en voz alta.

– ¿La nota de las Memorias? -preguntó el señor Jennsen mientras Sarah se alejaba.

– ¡Oh, no es nada! -exclamó Carolyn restando importancia al comentario.

Sin embargo, la expresión entre divertida y cómplice del señor Jennsen le hizo preguntarse si él conocía aquella última moda.

El señor Jennsen deslizó la mirada por el vestido de color aguamarina de Carolyn con una expresión de indudable aprecio.

– Estaba usted encantadora como Galatea, pero todavía lo está más como usted misma.

– Gracias -respondió ella con una sonrisa.

Carolyn se preguntó por qué se sentía tan relajada en su compañía. Aunque no podía considerarse guapo, el señor Jennsen era, sin duda, atractivo, masculino y fuerte, y tenía un misterioso aire sensual. Entonces, ¿por qué no se le cortaba la respiración cuando estaba con él? ¿Por qué no se lo imaginaba desnudo con ella en el baño? Si las Memorias fueran la causa de su excitación, entonces cualquier hombre atractivo le produciría esos efectos.

– Supongo que ha oído hablar de la muerte de lady Crawford -declaró el señor Jennsen.

– Sí. Y la noticia me ha entristecido y me ha dejado atónita.

– Yo la conocí justo en la fiesta de disfraces.

Carolyn hizo memoria.

– Sí, ella iba disfrazada de muchacha en apuros y miraba con admiración su disfraz de pirata. Usted estuvo hablando con ella después de hacerlo conmigo.

El asintió con la cabeza.

– Sí. ¡Reía tanto…! ¡Estaba tan llena de vida…! Me cuesta creer que muriera apenas unas horas más tarde. Espero que sea usted prudente y no vaya sola a ningún lado.

La música terminó y se produjo una oleada de aplausos de agradecimiento. La mirada errante de Carolyn se dirigió, una vez más, a la pista de baile y se clavó en lord Surbrooke, quien acompañaba a Julianne a reunirse con su madre. Él también dirigió la mirada hacia Carolyn, pero en lugar de fijarla en ella, la clavó en el señor Jennsen. Carolyn vio que estampaba un beso en los dedos de Julianne, gesto que le produjo una desagradable sensación en toda la columna, y que se encaminaba hacia ella. O quizás hacia el señor Jennsen, pues su atención parecía estar centrada en él.

Como Carolyn no deseaba hablar con lord Surbrooke delante del señor Jennsen, quien era muy observador, declaró con urgencia:

– Si me disculpa, he visto a una amiga a la que estaba buscando.

El señor Jennsen realizó una reverencia.

– Disfrute de la velada, milady.

Carolyn se sumergió con rapidez en la multitud y, a continuación, se dispuso a ir en busca de Julianne. ¿Que disfrutara de la velada? Ya le gustaría, aunque, de momento, no lo había hecho en absoluto.

Capítulo 8

Me sacó de la concurrida fiesta conduciéndome por una serie de pasillos en penumbra. No le pregunté adónde íbamos. No me importaba. Encontró una habitación vacía y, una vez dentro, cerró la puerta con llave. Me aprisionó contra la pared de roble y me levantó las faldas. Mis rodillas flaquearon cuando él realizó la primera penetración larga, fuerte y deliciosa en mi sexo húmedo y sobreexcitado.

Memorias de una amante,

por una Dama Anónima

– ¿Me concede un instante de su tiempo, Jennsen? -preguntó Daniel, deteniéndose frente al norteamericano.

La pregunta le salió en un tono mucho más brusco de lo que pretendía, pero, ¡a la mierda!, no le había gustado nada ver a Carolyn junto a aquel hombre. No le había gustado la forma en que Jennsen la había mirado, una forma que dejaba bien claro que le gustaba lo que veía. No le había gustado la forma en que Carolyn le había sonreído a él. No, no le había gustado nada de todo aquello.

En medio del bullicio de la fiesta, Jennsen examinó a Daniel con una mirada impasible a la que, según sospechó Daniel, pocas cosas se le escapaban.

– Claro. De hecho, esperaba verlo esta noche. Tengo más información sobre el negocio acerca del que hablamos unas semanas atrás.

¿Negocio? Daniel tardó varios segundos en darse cuenta de que Jennsen debía de referirse a la inversión que lord Tolliver le ofreció realizar en su empresa naviera, lo que no tenía nada que ver con lo que él quería hablar con Jennsen. De hecho, casi se había olvidado de aquella inversión, aunque supuso que ésa era una excusa tan buena como cualquier otra.

– ¿Nos retiramos a un lugar más tranquilo y privado? -sugirió Daniel.

– Buena idea.

Daniel encabezó la marcha hacia los ventanales y el fresco exterior, dirigiéndose, luego, hacia uno de los extremos de la terraza. Una vez allí, Jennsen le preguntó sin más preámbulos:

– ¿Invirtió usted en la empresa naviera de lord Tolliver?

– No. Después de estudiar la información que usted me dio, decidí no hacerlo.

Daniel intentó reflejar algo de gratitud en su voz, pero le resultó muy difícil, pues recordaba el ardor de los ojos de Jennsen mientras miraba a Carolyn.

– Sabia decisión, sobre todo porque acabo de averiguar que la situación financiera de Tolliver es aún más inestable de lo que yo creía. Además, tuve la oportunidad de examinar los materiales que iba a utilizar para construir los barcos y son de baja calidad.

Daniel enarcó las cejas.

– ¿Y cómo consiguió acceder a esos materiales?

Jennsen se encogió de hombros.

– No veo qué importancia tiene este detalle.

Daniel apretó la mandíbula. Sin duda, a Jennsen no le importaba doblar o romper las normas para conseguir lo que quería.