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Cuando se acercaban al nuevo portón principal, próximo al Telescopio 101, Ellie alcanzó a ver a un hombre joven que, desde una tarima, arengaba a una nutrida multitud.

Llevaba puesta una camiseta en la que aparecía la Tierra en el momento de recibir el impacto de un rayo celeste. Advirtió también que, en el gentío, había otras personas con el mismo atuendo enigmático. Tras cruzar la verja, a petición de Ellie estacionaron a un lado del camino, bajaron los cristales y se pusieron a escuchar. El orador quedaba de espaldas, de modo que podían ver los rostros conmovidos de los oyentes.

— …y otros aseguran que hay un pacto con el demonio, que los científicos vendieron su alma al diablo. Hay piedras preciosas dentro de cada uno de estos telescopios. — Con un ademán señaló el 101 —. Eso lo reconocen hasta los mismos científicos. Hay quienes sostienen que es la parte satánica del trato.

— Rufianismo religioso — comentó Lunacharsky, en susurros.

— No, no. Quedémonos — pidió Ellie. Una sonrisa de curiosidad cruzó por sus labios.

— Muchas personas, con un profundo sentido religioso, creen que este Mensaje proviene de seres del espacio, de criaturas hostiles, extraños que quieren causarnos un mal, enemigos del hombre. — Pronunció esa última frase a gritos; luego hizo una pausa para acentuar el efecto —. Pero todos ustedes están hartos de la corrupción, de la podredumbre de esta sociedad, del deterioro causado por una tecnología pagana. Yo no sé quién tiene razón. No sé quién envió el Mensaje ni lo que significa, aunque tenga mis sospechas. Pronto lo sabremos. Lo que sí sé es que tanto los científicos como los burócratas nos esconden información, no nos dicen todo lo que saben. Nos están engañando, como siempre. Oh, Dios, nos han alimentado con mentiras y corrupción.

Azorada, Ellie oyó que un ronco murmullo de asentimiento se elevaba de la multitud. El orador apelaba a un profundo rencor que ella apenas si presentía.

— Estos científicos no creen que somos los hijos de Dios, sino que provenimos de los simios. Entre ellos hay comunistas declarados. ¿Quieren que sea gente así quien decida la suerte del universo?

La muchedumbre respondió un ensordecedor «¡No!»

— ¿Quieren que una sarta de incrédulos hable por boca de Dios?

— ¡No! — volvieron a corear.

— ¿O del demonio? Están negociando nuestro futuro con monstruos de un mundo extraño. Hermanos, el mal habita en este lugar.

Ellie suponía que el orador no se había percatado de su presencia, pero en ese momento el hombre se volvió y señaló directamente la caravana de autos.

— ¡Ellos no nos representan! ¡No tienen derecho a parlamentar en nombre de nosotros!

Algunos de los que estaban más próximos al cerco comenzaron a dar empujones.

Valerian y el conductor se atemorizaron. Como habían dejado los motores en marcha, en el acto aceleraron y continuaron rumbo al edificio administrativo de Argos, distante aún varios kilómetros. En el momento en que arrancaban, por encima del chirrido de los neumáticos y el rumor del gentío, Ellie alcanzó a oír nítidamente la voz del predicador.

— Lucharemos contra el mal que reina en este lugar. Se lo juro.

Capítulo ocho — Acceso directo

El teólogo puede dedicarse a la agradable tarea de describir la religión tal como ésta descendió de los cielos, revestida de su pureza original. Al historiador, sin embargo, le cabe una misión más deprimente, como lo es el descubrir la inevitable mezcla de error y corrupción que ella adquirió durante su larga residencia sobre la tierra, en medio de una raza de seres débiles y depravados.

EDWARD GIBBON Caída del Imperio Romano, XV

Ellie fue pasando los canales de televisión. Había un animado partido de baloncesto entre los «Gatos Monteses» de Johnson City y los «Tigres» de Union-Endicott. Las chicas y muchachos baloncestistas ponían todo de su parte. En el siguiente canal, alguien disertaba en idioma parsi sobre la adecuada observancia del Rabadán. Después venía uno de los canales cerrados; éste, en particular, dedicado a las prácticas sexuales universalmente aborrecibles. Luego encontró uno de los primeros canales computarizados que emitía juegos de psicodrama. Conectando la computadora del hogar, podía tenerse acceso a una nueva aventura, en la esperanza de que a uno le resultara lo suficientemente atractiva como para comprar luego el correspondiente disco. El canal tomaba precauciones mediante un dispositivo electrónico para que nadie pudiera grabar el programa. En su mayoría, esos juegos de vídeo, pensó Ellie, eran intentos fallidos de preparar a los adolescentes para un futuro incierto.

Le llamó luego la atención ver a un comentarista de uno de los viejos canales que describía, con enorme preocupación, el ataque de un torpedero norvietnamita contra naves norteamericanas de la Séptima Flota en el golfo de Tonkin, y la petición que realizó el presidente de la nación para que se autorizase a «tomar todas las medidas necesarias»

como reacción. El programa era uno de los pocos del agrado de Ellie. Las noticias del Ayer, y en él se pasaban noticieros televisivos de años anteriores. En la segunda mitad del programa se analizaba punto por punto la desinformación de la primera parte, y la obstinada credulidad de las agencias de noticias hacia todo lo que afirmara cualquier gobierno, por más que no hubiera fundamentos que lo avalaran. Otros programas del mismo estilo eran Promesas, Promesas — dedicado a repasar todas las promesas de campaña electoral no cumplidas, en el plano local y nacional —, y Engaños y Estafas, una emisión semanal que tenía por fin echar por tierra los mitos y prejuicios de mayor difusión.

Al ver la fecha que figuraba al pie de la pantalla, 5 de agosto de 1964 una oleada de recuerdos — nostalgia no era la palabra indicada — de sus épocas de secundaria se abatió sobre ella.

Siguió cambiando los canales y así se topó con una clase de cocina oriental; la propaganda del primer robot para uso doméstico, producido por Cibernética Hadden: un programa de noticias y comentarios en idioma ruso, auspiciado por la embajada soviética; varias frecuencias destinadas a los niños; el canal de la matemática exhibía en ese momento el nuevo curso de geometría analítica de Cornell; el canal local de las propiedades inmobiliarias y varias execrables telenovelas, hasta que llegó a los canales religiosos en los que, con sostenido entusiasmo, se debatía el tema del Mensaje.

En todo el país había aumentado notablemente la concurrencia a las iglesias. En opinión de Ellie, el Mensaje era una suerte de espejo en el cual cada persona veía confirmadas, o desafiadas, sus creencias. Se lo consideraba una reivindicación de doctrinas escatológicas y apocalípticas, mutuamente excluyentes. En Perú, Argelia, México, Zimbabwe y el Ecuador, se llevaban a cabo serias discusiones públicas acerca de si las civilizaciones progenitoras procedían del espacio; dichas ideas eran atacadas por los colonialistas. Los católicos discutían sobre el estado de gracia extraterrestre. Los protestantes mencionaban posibles misiones anteriores de Cristo a los planetas cercanos, y por supuesto un regreso a la Tierra. A los musulmanes les preocupaba que el Mensaje pudiera contravenir el mandamiento que prohibía las imágenes esculpidas. En Kuwait surgió un hombre que afirmaba ser el Imán Oculto de los shiítas. Los hebreos jasidistas se dejaron atrapar por el fervor mesiánico. En otras congregaciones de judíos ortodoxos hubo un repentino resurgimiento del interés por Astruc, un fanático temeroso de que el conocimiento pudiese minar la fe, que en 1305 logró que el rabino de Barcelona prohibiera a los menores de veinticinco años estudiar ciencia o filosofía, bajo pena de excomunión. Similares corrientes se advertían en el Islam. Un filósofo tesalonicense, de nombre Nicholas Polydemos, concitaba atención con argumentos en pro de lo que él denominaba la «reunificación» de las religiones, gobiernos y pueblos del mundo. Los adversarios comenzaron a dudar del «re».