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Ellie por su parte también esperaba el momento en que debería viajar a París con motivo de la primera reunión del Consorcio Mundial para el Mensaje. Ella y Vaygay coordinaban el programa de recolección de datos en el mundo entero. Como la recepción de la señal se había vuelto una tarea ya de rutina, con sorpresa comprobó que le quedaba cierto tiempo libre. Se propuso tener una larga conversación con su madre y no perder la serenidad por más que ella la provocara. Tenía una cantidad impresionante de correspondencia para poner al día, no sólo felicitaciones o críticas de colegas, sino también exhortaciones religiosas, teorías pseudocientíficas propuestas con una gran confianza y cartas de admiradores de todo el mundo. Hacía meses que no leía The Astrophysical Journal, aunque era autora de uno de los últimos trabajos, el artículo más extraordinario jamás editado en tan augusta publicación. La señal de Vega era tan potente que muchas personas, cansadas ya de ser radioaficionados, habían empezado a construir sus pequeños radiotelescopios y analizadores de señales propios. En la primera etapa de recepción del Mensaje, ellos habían encontrado datos interesantes, y a Ellie seguían acosándola aficionados que creían haber descubierto información desconocida por los profesionales del SETI. Ella se sentía obligada a escribirles cartas de aliento. Había también en Argos otros meritorios programas de radioastronomía — la exploración de los cuasar, por ejemplo — a los que había que prestar atención. Sin embargo, pese a todo, pasaba la mayor parte de su tiempo con Ken.

Desde luego, era obligación suya suministrar al asesor presidencial todos los datos vinculados con el proyecto Argos, puesto que la Presidenta debía contar con la información más completa posible. Ojalá los mandatarios de otras naciones, pensaba ella, estuvieran tan enterados sobre todo lo atinente a Vega como lo estaba la Presidenta de los Estados Unidos. Si bien no tenía estudios de ciencia, la Presidenta sentía un gusto genuino por la materia, y estaba dispuesta a apoyar a la ciencia no sólo por sus beneficios prácticos, sino, al menos en parte, por el placer de saber. Lo mismo había ocurrido con anteriores dirigentes norteamericanos desde James Madison y John Quincy Adams.

Así y todo, llamaba la atención la cantidad de tiempo que Der Heer podía pasar en Argos. Dedicaba una hora o más al día a comunicarse con su Oficina de Ciencia y Política Tecnológica, de Washington, pero el resto del tiempo se limitaba a… andar por ahí.

Investigaba el mecanismo del sistema de computación o visitaba los radiotelescopios. A veces se le veía acompañado por algún colaborador de Washington, aunque en general iba solo. Ellie lo divisaba por la puerta abierta del despacho que le habían asignado, con las piernas sobre el escritorio, leyendo algún informe o hablando por teléfono. La saludaba alegremente con la mano y seguía con lo suyo. Solía encontrarlo dialogando con Drumlin o Valerian, pero también con los técnicos y las secretarias, quienes en más de una ocasión lo habían descrito como «encantador».

Der Heer le planteaba muchas preguntas también a Ellie. Al principio eran puramente técnicas y programáticas, pero muy pronto comenzaron a incluir una amplia gama de previsibles acontecimientos futuros, y más tarde, meras especulaciones. Daba la impresión de que hablar sobre el proyecto era tan sólo un pretexto para estar juntos.

Una hermosa tarde de otoño en Washington, la Presidenta tuvo necesidad de postergar una reunión del Grupo de Tareas para Contingencias Especiales debido a una crisis de política internacional. Después de haber llegado desde Nuevo México, y al enterarse de que les quedaban varias horas libres, Ellie y Der Heer decidieron visitar el Memorial de Vietnam, diseñado por Maya Ying Lin, cuando ella no se había graduado aún de arquitecta en Yale. Rodeados de tan doloroso recordatorio de una guerra sin sentido, a Der Heer se le notaba inadecuadamente alegre, lo cual le hizo pensar a Ellie una vez más si no tendría fallas de carácter. Un par de guardaespaldas, con invisibles audífonos, los seguían a una distancia prudencial.

Ken obligó a una hermosa oruga azul a trepar a una ramita. El animal caminó con paso ágil, su cuerpo iridiscente ondulándose por el movimiento de sus catorce pares de patas.

Al llegar al extremo de la varita se sostuvo con sus cinco últimos segmentos y se aventuró en el aire en un intento por encontrar donde sostenerse. Al no tener éxito, giró en redondo para desandar varios pasos. Der Heer luego sostuvo el palito por la otra punta, de modo que cuando la oruga llegó al extremo, de nuevo no pudo avanzar más. Al igual que muchos mamíferos carnívoros enjaulados, empezó a ir y venir, según le pareció a Ellie, cada vez con mayor resignación. Sintió pena por la pobre criatura, por más que se tratara de una plaga que arruinaba las cosechas de cebada.

— ¡Qué maravilloso programa tiene este bichito en la cabeza! — exclamó él —. Siempre le da resultado. Es el software más perfecto. Se da mafia para no caerse nunca. El palito realmente está suspendido en el aire, y eso la oruga jamás lo vive en la naturaleza porque la ramita siempre está conectada a algo. ¿Nunca pensaste, Ellie, cómo sería tener ese programa en la cabeza, darte cuenta en forma espontánea de lo que debes hacer al llegar al final de la ramita? ¿Te preguntarías por qué sabes que debes extender tus diez patas delanteras en el aire pero al mismo tiempo aferrarte con fuerza con las otras dieciocho?

Ellie inclinó levemente la cabeza para observarlo a él, no a la oruga. Ken parecía no tener el menor problema de imaginarla a ella como un insecto. Trató de responder con naturalidad, sin olvidar que, para él, se trataba de un asunto interés profesional.

— ¿Qué vas a hacer ahora con la oruga?

— Voy a ponerla de nuevo en el césped. ¿Qué otra cosa podría hacer?

— Algunos quizá la matarían.

— Es difícil matar a una criatura una vez que ésta te ha demostrado su inteligencia. — No soltó la ramita con el insecto.

Siguieron caminando un rato en silencio, pasando frente a los casi cincuenta y cinco mil nombres grabados en el granito negro.

— Todo gobierno que se prepara para la guerra pinta a sus adversarios como monstruos — comentó Ellie —. No quieren que uno los vea como seres humanos. Si el enemigo no puede pensar ni sentir, no vacilaremos en darle muerte. Y matar es muy importante. Es preferible, entonces, verlos como monstruos.

— Eh, mira esta belleza — exclamó él —. Obsérvala atentamente.

Ellie trató de contener el asco para examinar el insecto con los ojos de Ken.

— Mira lo que hace. Si fuera tan grande como tú o yo, aterrorizaría a todo el mundo.

Sería un verdadero monstruo, ¿no? Pero es pequeña. Se alimenta de hojas, no molesta a nadie y añade un poco de hermosura a la naturaleza.

Ellie le tomó la mano que no tenía ocupada con la oruga, y continuaron paseando en silencio junto a las hileras de nombres, inscritos en orden cronológico de fallecimiento.

Desde luego, eran sólo las bajas de los norteamericanos. No existía un monumento semejante en todo el planeta, salvo en el corazón de sus familiares y amigos, para conmemorar a los dos millones de asiáticos que también habían muerto en la lucha. En los Estados Unidos, el comentario que más se oía respecto de la guerra era acerca del debilitamiento militar debido a causas políticas, explicación del mismo tenor psicológico que la «puñalada en la espalda» con que los militaristas alemanes pretendían justificar su derrota en la Primera Guerra Mundial. La guerra de Vietnam era una pústula en la conciencia nacional que ningún presidente había tenido el coraje de extirpar. (La subsiguiente política adoptada por la República Democrática de Vietnam no facilitó en nada la tarea.) Ellie recordaba lo habitual que era oír a los soldados norteamericanos referirse a sus adversarios vietnamitas llamándolos «mugrientos», «ojos torcidos» o cosas peores. ¿Seríamos capaces de alcanzar la próxima etapa de la historia humana sin erradicar primero esta tendencia a deshumanizar al adversario?