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En la vida diaria, Der Heer no hablaba como académico. Si alguien lo encontraba en el quiosco de la esquina comprando el periódico, jamás se daría cuenta de que era un hombre de ciencia. No había perdido su acento de las calles de Nueva York. Al principio, a sus colegas les resultaba divertida la incongruencia que había entre su lenguaje y la calidad de sus trabajos científicos. Después, a medida que lo conocían mejor como persona y como investigador, tomaban su manera de hablar sólo como una peculiaridad suya.

Tardaron en darse cuenta de que se estaban enamorando, pese a lo obvio que era para los demás. Unas semanas antes, cuando se hallaba aún en Argos, Lunacharsky comenzó a despotricar contra la irracionalidad del lenguaje. Esta vez le tocó el turno al inglés norteamericano.

— Ellie, ¿por qué la gente dice «cometer nuevamente el mismo error»? ¿Qué le agrega «nuevamente» a la oración? ¿Y acaso no es cierto que burn up y burn down* significan lo mismo?

Asintió con desgana. Más de una vez le había oído quejarse ante sus colegas soviéticos por las incoherencias del idioma ruso y estaba segura de que lo mismo le oiría respecto del francés en la conferencia de París. Ella aceptaba de buen grado que los idiomas tuvieran ciertos rasgos poco felices, pero pensando que se habían formado a partir de tantas fuentes, como respuesta a tantas presiones, sería un milagro que fuesen del todo coherentes y precisos. No obstante, como a Vaygay le gustaba tanto despotricar, por lo general no solía polemizar con él.

— Tomemos también esta frase: estar enamorado «de la cabeza a los pies» — continuó él —. Es una expresión muy común, ¿verdad? Pero es exactamente al revés. Lo habitual es que uno esté con la cabeza sobre los pies. Cuando nos enamoramos, nos sentimos trastocados, ¿no? Tú deberías saber bien lo que se siente al enamorarse. Sin embargo, la persona que acuñó la expresión no conocía el amor. Suponía que uno anda caminando como siempre, en vez de sentirse flotando boca abajo en el aire, como la obra de ese pintor francés… ¿cómo se llamaba?

— Era ruso — respondió Ellie. Marc Chagall le daba en ese momento oportunidad de escapar de una conversación que se estaba volviendo densa. Más tarde Ellie se preguntó si Vaygay le estaría tomando el pelo o sólo deseaba sonsacarle una respuesta. Quizás hubiese reconocido en forma inconsciente los fuertes lazos que la unían con Der Heer.

La actitud algo esquiva de Der Heer tenía una explicación. Él era un asesor presidencial que le estaba dedicando una enorme cantidad de tiempo a un tema inédito, delicado. Por tanto, enamorarse de una de las principales ejecutoras de la idea constituía un riesgo. Como la Presidenta esperaba de él un juicio imparcial, debía ser capaz de recomendar cursos de acción que Ellie no deseara, e incluso propiciar que se rechazaran medidas propuestas por ella. En cierto sentido, el hecho de enamorarse de Ellie comprometería su eficacia.

Para ella, la situación era aún más complicada. Antes de adquirir la respetabilidad que le confería el cargo de directora de un importante observatorio, había tenido varias parejas. Si bien llegó a sentirse enamorada, jamás la tentó la idea del matrimonio.

Recordaba vagamente un cuarteto — ¿era de William Butler Yeats? — que en otras épocas utilizó para consolar a sus desdichados amantes porque, como siempre, ella decidía poner fin a la relación.

Dices que no hay amor, mi amor, a menos que dure para siempre.

Tonterías; hay episodios mucho mejores que la obra entera.

No se olvidaba de lo encantador que era John Staughton cuando cortejaba a su madre y lo rápido que abandonó esa pose no bien se convirtió en su padrastro. Después de casarse con un hombre, éste podía sacar a luz una personalidad de monstruo, hasta ese entonces oculta. Pensó que sus propias inclinaciones románticas la volvían vulnerable.

Estaba decidida a no cometer el mismo error de su madre. También sentía un profundo miedo de enamorarse sin reservas, de entregarse por entero a alguien que luego le fuese arrebatado. O que simplemente la abandonara. Por eso, no enamorándose de un hombre jamás tendría que echarlo de menos. (Trató de no reflexionar mucho sobre ese sentimiento puesto que no le parecía muy cierto.) Además, si nunca se encariñaba de veras con un hombre, jamás podría traicionarle; en lo más íntimo de su ser sentía que su madre había traicionado a su padre, a quien todavía extrañaba muchísimo.

Con Ken, las cosas parecían distintas. ¿O acaso ella habría ido modificando sus propias expectativas con el correr de los años? A diferencia de otros hombres, en situaciones de tensión Ken se mostraba más cariñoso y compasivo. Su tendencia a hacer concesiones y su gran capacidad para la política científica eran condiciones necesarias para su trabajo, pero debajo de esa capa ella creía presentir algo sólido. Le respetaba por la forma en que había incorporado la ciencia en la totalidad de su vida y por el valiente apoyo a la ciencia que había tratado de inculcar en los funcionarios de dos gobiernos.

Con la mayor discreción posible, vivían juntos en el pequeño departamento de Ellie.

Sus diálogos eran una delicia, un ágil intercambio de ideas. A veces respondían frases aún incompletas, como si de antemano conocieran perfectamente lo que el otro iba a decir. Ken era un amante tierno e inventivo.

Ellie solía asombrarse de las cosas que era capaz de hacer en presencia de él, debido al amor que compartían. Se sentía más conforme consigo misma gracias al amor de Ken.

Y como era obvio que él experimentaba lo mismo, su relación se asentaba sobre una base de amor y respeto infinitos. Al menos, eso pensaba ella. En compañía de muchos de sus amigos sentía una profunda soledad, que jamás la dominaba cuando estaba con Ken.

Le gustaba contarle sus recuerdos, fragmentos del pasado, y él no sólo manifestaba interés sino que parecía fascinado. La interrogaba durante horas sobre su infancia, siempre con preguntas directas pero cariñosas. Ellie empezó a entender por qué los enamorados suelen hablarse con lenguaje de bebés: no había ninguna otra circunstancia socialmente aceptable que permitiese aflorar en una persona al niño que llevaba dentro.

Si el niño de un año, de cinco, de doce, o el joven de veinte encuentran personalidades compatibles en el ser amado, existe una posibilidad real de mantener felices a esas subpersonas. El amor pone fin a su larga soledad. Quizá la profundidad del cariño puede medirse por el número de identidades que se movilizan en una relación afectiva. Ellie tenía la sensación de que, con sus anteriores compañeros, sólo una identidad había hallado su contraparte compatible, mientras que las demás se habían vuelto parásitas.

El fin de semana anterior a la reunión con Palmer Joss, estaban tendidos en la cama mientras el sol de la tarde, que entraba por entre las persianas, dibujaba formas sobre sus cuerpos enlazados.

— En la conversación cotidiana — decía Ellie —, puedo hablar de mi padre sin sentir más que… una leve punzada de dolor. Pero si realmente me pongo a evocarlo — digamos, a rememorar su sentido del humor, esa pasión suya por la honradez —, se me viene abajo la fachada y me dan ganas de llorar por su muerte.

— Sin lugar a dudas, el lenguaje nos libera del sentimiento, o casi — sostuvo Der Heer, acariciándole un hombro —. A lo mejor es una de sus funciones… que podamos comprender el mundo sin dejarnos abatir totalmente por él.

— En tal caso, la invención del lenguaje sería más que una bendición. Mira, yo daría cualquier cosa — honestamente, cualquiera de las cosas que tengo — con tal de pasar unos minutos con mi padre.