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— Dios puede enviar la señal desde la boca de la Osa Menor, si lo desea. — Rankin tenía el rostro enrojecido —. Perdone, pero ha conseguido exasperarme. Dios puede hacer cualquier cosa.

— Cualquier cosa que usted no entiende, señor Rankin, se la atribuye a Dios, y así justifica todos los misterios del mundo, todo lo que constituye un desafío a su inteligencia.

Usted se limita a cerrar su mente y asegurar que es obra de Dios.

— Señorita, no he venido aquí a que me insulten…

— ¿Venido aquí? Creí que usted vivía acá.

— Señorita… — Rankin estaba a punto de decir algo, pero cambió de idea. Respiró hondo y continuó —. Éste es un país cristiano y los cristianos poseen el conocimiento verdadero sobre este tema, la sagrada responsabilidad de verificar que la palabra santa de Dios sea comprendida…

— Yo soy cristiana y usted no habla por mí. Lamentablemente quedó atrapado en una especie de manía religiosa estilo siglo V. Desde entonces, ocurrió el renacimiento, el iluminismo. ¿Dónde estaba usted?

Tanto Joss como Der Heer se hallaban ya con medio cuerpo fuera de sus asientos.

— Por favor — imploró Ken mirando fijamente a Ellie —. Si no nos atenemos a los temas previstos no vamos a poder cumplir con lo que nos ha encomendado la Presidenta.

— Bueno, no fui yo quien propuso «un franco intercambio de opiniones».

— Ya es casi mediodía — observó Joss —. ¿Por qué no interrumpimos para almorzar?

Luego de abandonar la biblioteca, apoyados sobre la baranda que rodeaba el péndulo de Foucault, Ellie se puso a hablar en susurros con Der Heer.

— Tengo ganas de agarrarme a puñetazos con ese pedante sabelotodo…

— ¿Por qué, Ellie, por qué? ¿Acaso la ignorancia y el error no son suficientemente dolorosos?

— Si al menos se callara la boca, pero está corrompiendo a millones.

— Querida, lo mismo piensa él de ti.

Cuando Der Heer y ella regresaron de almorzar, en el acto Ellie advirtió que Rankin parecía aplacado, mientras que Joss, que fue el primero en hablar, daba la impresión de estar alegre, mucho más de lo que exigía la simple cordialidad.

— Doctora — comenzó a decir —, supongo que estará impaciente por mostrarnos sus descubrimientos y que no viajó hasta aquí sólo para discutir sobre teología. Le ruego, sin embargo, que nos tolere un poco más. Tiene usted un lenguaje muy incisivo. Hacía mucho tiempo que no veía al hermano Rankin tan alterado por cuestiones de la fe.

Miró brevemente a su colega, que hacía garabatos en un anotador amarillo, con el cuello de la camisa desprendido y el nudo de la corbata flojo.

— Me llamaron la atención una o dos cosas de lo que dijo esta mañana. Usted afirma ser cristiana. ¿Puedo preguntarle en qué sentido se considera cristiana?

— Esto no formaba parte de la descripción de tareas que me entregaron cuando acepté la dirección del proyecto Argos — dijo ella, sin enojo —. Soy cristiana en el sentido de que considero a Cristo una admirable figura histórica. Creo que el sermón de la montaña constituye una de las mas notables aseveraciones éticas y una de las mejores alocuciones de la historia. Pienso que la idea de «amar al enemigo» podría ser, a largo plazo quizás, una solución para el problema de la guerra atómica. Ojalá Jesús estuviera vivo hoy en día puesto que su presencia redundaría en beneficio para todo el orbe.

Lamentablemente creo que Cristo no fue más que un hombre, valiente eso sí, que supo percibir muchas verdades que no gozan de popularidad. Pero no creo que haya sido Dios, ni hijo de Dios, ni sobrino nieto de Dios.

— Usted no quiere creer en Dios — sostuvo Joss —. Supone que se puede ser cristiano sin creer en Dios. Permítame preguntárselo directamente: ¿Cree usted en Dios?

— La pregunta tiene una estructura peculiar. Si contesto que no, ¿lo que digo es que estoy convencida de que Dios no existe o que no estoy convencida de que Dios sí existe?

— Pienso que no hay tanta diferencia, doctora Arroway. ¿Puedo llamarla doctora?

Usted cree, como Occam, que el fundamento del saber se halla en la ciencia ¿verdad? Si se le presentan dos explicaciones igualmente buenas, pero totalmente distintas, de una misma experiencia, escoge la más sencilla. Diría incluso que la historia de la ciencia avala su proceder. Ahora bien, si tiene serias dudas acerca de la existencia de Dios — lo suficiente como para no querer comprometerse con la fe —, entonces trate de imaginar un mundo sin Dios, un mundo que se creó sin intervención de Dios, un mundo en el que transcurre la vida cotidiana sin Dios, un mundo donde la gente muere sin Dios. Donde no hay castigo ni recompensa. No le quedaría más remedio que creer que todos los santos y profetas, todos los hombres de fe que alguna vez vivieron, fueron unos tontos, que se engañaron. No habría ninguna buena razón, ningún sentido trascendente que justificara nuestro paso por la Tierra. Todo sería apenas una compleja colisión de átomos, ¿correcto? Hasta los átomos que se hallan dentro de los seres humanos.

«Para mí, sería un mundo aborrecible e inhumano, donde no me darían ganas de vivir.

Pero si usted es capaz de imaginar un mundo semejante, ¿por qué vacila? ¿Por qué adopta una posición intermedia? Si ya cree todo eso, ¿no es mucho más simple asegurar que Dios no existe? ¿Cómo es posible que una científica escrupulosa se considere una agnóstica si puede aunque mas no sea imaginar un mundo sin Dios? ¿No tendría que ser manifiestamente atea?

— Pensé que iba a decir que Dios es la hipótesis más fácil — expresó Ellie —, pero este enfoque es mucho más interesante. Si se tratara sólo de una discusión científica, coincidiría con usted, reverendo. La ciencia se ocupa principalmente de examinar y corregir hipótesis. Si las leyes de la naturaleza explican todos los hechos sin la intervención sobrenatural, por el momento me consideraría atea. Después, si se descubriera una mínima prueba que no concordara, renegaría de mi ateísmo. Tenemos la capacidad de registrar cualquier falla en las leyes de la naturaleza. El motivo por el cual no me denomino atea es que esto no constituye una cuestión científica. Se trata de un tema religioso y político, y el carácter provisional de la hipótesis no se extiende hasta estos campos. Usted no se refiere a Dios como una hipótesis. Como cree haber encontrado la verdad, yo me permito señalarle que quizá no ha tomado en cuenta una o dos cosas. Pero si me lo pregunta, le contesto con la mayor serenidad: no estoy segura de tener razón.

— Siempre pensé que un agnóstico es un ateo sin el coraje de sus convicciones.

— También podría decir que un agnóstico es una persona profundamente religiosa, con un conocimiento al menos rudimentario de la falibilidad humana. Cuando afirmo ser agnóstica me refiero a que no hay pruebas contundentes de que Dios existe. Dado que más de la mitad de los habitantes de la Tierra no son judíos, cristianos ni musulmanes, pienso que no hay argumentos de fuerza que sustenten la existencia de su Dios. De lo contrario, toda la humanidad se habría convertido. Le repito, si su Dios pretendía convencernos, podría haberlo hecho mucho mejor.

«Mire qué claro y auténtico es el Mensaje, que se recibe en el mundo entero. Zumban los radiotelescopios de países con historias, lenguas y religiones distintas. Todos registran los mismos datos provenientes del mismo punto del espacio, en las mismas frecuencias, con la misma modulación de polarización. Hindúes, musulmanes, cristianos y ateos reciben el mismo mensaje. Cualquier escéptico puede instalar un radiotelescopio — y no es necesario que sea muy grande —, para obtener datos idénticos.

— No estará sugiriendo que el mensaje de radio procede de Dios — aventuró Rankin.

— En absoluto. Sólo pienso que la civilización de Vega, con poderes infinitamente menores que los que se le atribuyen a Dios, fue capaz de enviar información precisa. Si su Dios deseaba hablarnos por medios tan inciertos como la transmisión oral y las antiguas escrituras a través de miles de años, podría haberlo hecho de forma tal de no dar lugar a que se dudase de su existencia.