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«Sin embargo, la diferencia de tecnologías debe de ser mucho mayor en las actuales circunstancias. Es muy probable que los extraterrestres nos lleven cientos, miles — o incluso millones — de años de ventaja. Les pido que comparen eso con el ritmo del avance tecnológico humano durante el último siglo.

«Yo me crié en un pueblecito de la India. En épocas de mi abuela, la máquina de coser a pedal era una maravilla tecnológica. ¿Qué podrían ser capaces de realizar seres que estén miles o millones de años adelantados con respecto a nosotros?

«Para ellos, no podemos representar ni la más mínima amenaza, situación que se mantendrá durante largo tiempo. No es ésta una confrontación entre griegos y troyanos, que estaban en igualdad de condiciones. Tampoco es una película de ficción en la que seres de diferentes planetas luchan con armas similares. Si lo que pretenden es destruirnos, pueden hacerlo con o sin nuestra cooperación…

— Pero, ¿a qué costo? — gritó alguien desde la platea —. ¿No se da cuenta? Batuda sostiene que nuestra propalación televisiva al espacio les sirve a ellos de pauta para saber que ha llegado el momento de aniquilarnos, y lo harán mediante el Mensaje. Las expediciones punitivas son costosas; el Mensaje es barato.

Ellie no supo a ciencia cierta quién había hablado, aunque le pareció que era uno de los miembros de la delegación británica. Sus comentarios no salieron por los altavoces ya que, una vez más, la persona no había recibido autorización para hacer uso de la palabra.

Sin embargo, la excelente acústica del recinto permitió oír perfectamente. Der Heer procuró restablecer el orden. Abukhimov se inclinó para susurrarle algo a un ayudante.

— Usted sostiene que fabricar la máquina puede ser peligroso — le respondió Sukhavati —. Yo opino que lo peligroso sería no construirla. Sentiría una profunda vergüenza por nuestro planeta si le diéramos la espalda al futuro. Sus antepasados — increpó a su interlocutor blandiendo un dedo — no fueron tan tímidos cuando pusieron proa a la India o a América.

La reunión se estaba convirtiendo en un pozo de sorpresas, pensó Ellie, pero no creía que las figuras de los exploradores Clive o Raleigh fueran los mejores modelos que necesitaran en ese momento para tomar una decisión. A lo mejor Sukhavati sólo pretendía enrostrar a los británicos sus antiguos agravios colonialistas. Esperó que se encendiera la luz verde en su consola, indicándole que le conectaban el micrófono.

— Señor presidente — dijo, adoptando un tono formal para dirigirse a Der Heer, con quien escasamente había podido estar en el curso de los últimos días. Habían quedado en reunirse al día siguiente, en un intervalo del congreso, y sentía cierta ansiedad al pensar en el encuentro. «No debo pensar en eso ahora», se dijo.

«Señor presidente, creo que podríamos aclarar ciertos aspectos de ambos puntos en debate: el del Caballo de Troya y el de la máquina del fin del mundo. Mi intención era hablar mañana sobre estos temas, pero pienso que debo hacerlo ahora, visto y considerando que se han puesto sobre el tapete. — Marcó en su teclado los códigos correspondientes a varias díapositivas. El gran salón espejado se oscureció.

«El doctor Lunacharsky y yo estamos convencidos de que éstas son distintas proyecciones de la misma figura tridimensional. Ayer mostramos la imagen entera en rotación computarizada. Creemos, aunque no podríamos asegurarlo, que lo que nos están enviando es la representación de cómo será el interior de la máquina. No existe aún una indicación precisa de escala, o sea que podría medir kilómetros de largo, o apenas unos milímetros. Sin embargo, fíjense en estos cinco objetos distribuidos en forma regular alrededor de la periferia de la principal cámara interior dentro del dodecaedro. Aquí vemos una ampliación de uno de ellos. Son las únicas cosas que presentan un aspecto al menos reconocible.

«Esto parecería ser un mullido sillón, perfectamente adaptado a la anatomía humana.

Lo que llama la atención es que seres extraterrestres, que evolucionaron en un mundo totalmente distinto, se asemejen tanto a nosotros como para tener los mismos gustos en lo relativo a mobiliario de sala. Miren esta otra toma. Me recuerda los sillones de mi infancia, en casa de mi madre.

En efecto, hasta parecía tener una funda floreada. Ellie experimentó una sensación de culpa. No se había despedido de su madre antes de viajar a Europa, y en rigor, la había llamado escasamente una o dos veces desde que comenzó a recibirse el Mensaje. «Qué mal que has estado», se recriminó.

Volvió a mirar los gráficos de la computadora. La simetría del dodecaedro se reflejaba en los cinco sillones del interior, cada uno ubicado frente a una superficie pentagonal.

— Es por eso que el doctor Lunacharsky y yo consideramos que los cinco asientos están destinados a nosotros, a cinco personas. De ser así, el interior de la cámara mediría apenas unos pocos metros, y la parte externa, quizás unos diez o veinte metros.

Indudablemente la tecnología es formidable, pero no creemos que lo que haya que construir sea del tamaño de una ciudad, ni tan complejo como un portaaviones. Es muy probable que seamos capaces de fabricarlo — sea lo que fuere —, si trabajamos en conjunto.

«Lo que trato de decir es que, como uno no pone sillones dentro de una bomba, no pienso que esto sea una máquina para provocar el fin del mundo ni un Caballo de Troya.

Concuerdo con lo que ha dicho o sugerido la doctora Sukhavati: que la idea de que esto sea un Caballo de Troya constituye una indicación de cuánto camino nos falta aún por recorrer.

Una vez más hubo una manifiesta reacción, pero esa vez Der Heer no trató de apaciguarla, sino que, por el contrario, encendió el micrófono de la misma persona que se había quejado en la ocasión anterior, el británico Philip Bedebvaugh, ministro del Partido Laborista en la débil coalición gobernante.

— …sencillamente no entiende cuál es nuestra preocupación. Si se trata literalmente de un caballo de madera, no nos sentiríamos tentados de hacerlo ingresar por las puertas de la ciudad. Sin embargo, disfrazado con otra apariencia, se aventarían nuestras suspicacias. ¿Por qué? Porque nos están engatusando… o sobornando. Aquí hay implícita una aventura histórica, la promesa de nuevas tecnologías. Hay indicios de aceptación por parte de… ¿cómo decirlo…? de seres superiores. Sostengo que, por sublimes que sean las fantasías que abriguen los radioastrónomos, si existe la más remota posibilidad de que la máquina sea un medio de destrucción, no habría que fabricarla. Más aún, concuerdo con lo propuesto por el delegado soviético: es menester quemar las cintas con los datos y declarar la instalación de radiotelescopios un crimen capital.

Reinaba un tremendo desorden en la reunión. Muchos delegados accionaban el dispositivo electrónico para pedir el uso de la palabra. El rumor de tantas voces se convirtió en un ruido sordo que a Ellie le recordó los años que había pasado escuchando los sonidos del cosmos. Era obvio que no iba a ser fácil llegar a un consenso, y ambos presidentes de la asamblea daban muestras de no poder contener a los delegados.