Le fascinaba la apariencia de Sukhavati: sus inmensos ojos negros, su porte erecto, su magnífico sari. «Yo no soy elegante», se dijo Ellie. Por lo general podía mantener una conversación y al mismo tiempo pensar en otras cosas. Sin embargo ese día no era capaz de seguir la ilación de una idea y mucho menos de dos. Mientras debatían sobre el fundamento de las diversas opiniones respecto de si debía fabricarse o no la Máquina, mentalmente se representaba la imagen de la invasión aria a la India, acaecida tres mil quinientos años antes. Una guerra entre dos pueblos, cada uno de los cuales se proclamaba victorioso y exageraba patrióticamente los relatos históricos. En última instancia, todo se convierte en una batalla entre dioses. «Nuestro» lado siempre es el bueno, mientras que el malo es el otro. Imaginaba que el demonio de los occidentales, de barbita y tridente, podía haber derivado, a través de una lenta evolución, de algún antecedente hindú que, por lo que ella sabía, tenía cabeza de elefante y estaba pintado de azul.
— Quizá la idea del Caballo de Troya que planteó Baruda no sea tan descabellada — atinó a decir Ellie —, pero tal como sugiere Xi, no nos quedan muchas alternativas. Si ellos se lo proponen, pueden presentarse aquí dentro de veintitantos años.
Llegaron a un arco romano coronado por una estatua heroica, y por cierto apoteósica, de Napoleón que conducía un carro de guerra. De lejos, desde una perspectiva extraterrestre, qué patética resultaba esa pose. Se sentaron a descansar en un banco cercano; sus largas sombras se proyectaban sobre un cantero con flores de los mismos colores de la República Francesa.
Ellie ansiaba poder comentar su situación afectiva, pero temía que pudiese insinuarse un cariz político. En el mejor de los casos, sería una indiscreción. Como además tampoco conocía demasiado a Sukhavati, alentó a su compañera para que hablara ella sobre su vida, a lo que Devi accedió de buen grado.
Pertenecía a una familia de brahmanes no prósperos, con tendencia al matriarcado, del estado sureño de Tamil Nadu. El matriarcado imperaba aún en todo el sur de la India.
Devi ingresó en la Universidad Hindú de Henares. Cuando cursaba medicina en Inglaterra, se enamoró perdidamente de Surindar Ghosh, un compañero de estudios.
Lamentablemente Surindar era un harijan, un intocable, perteneciente a una casta tan odiada que para los brahmanes ortodoxos, con sólo mirarlos uno se contaminaba. Los antepasados de Surindar se vieron obligados a llevar una vida nocturna, como las lechuzas y los murciélagos. La familia de ella amenazó con desheredarla si contraían matrimonio. El padre le advirtió que, si se casaba, llevaría luto como si ella hubiese muerto. De todas formas se casaron. «No me quedaba otra salida; estábamos demasiado enamorados», confesó. Ese mismo año él murió de septicemia, que contrajo al practicar una autopsia sin la adecuada supervisión.
En vez de reconciliarla con su familia, la muerte de Surindar consiguió exactamente lo contrario. Devi se doctoró en medicina y decidió permanecer en Inglaterra. Descubrió su gusto por la biología molecular y muy pronto se dio cuenta de que tenía un verdadero talento para tan rigurosa disciplina. La reproducción del ácido nucleico la alentó a investigar el origen de la vida y eso a su vez la indujo a considerar la vida en otros planetas.
— Podríamos decir que mi carrera científica ha sido una secuencia de asociaciones libres; una cosa me fue llevando a la otra.
Últimamente se había dedicado a la caracterización de materia orgánica procedente de Marte. Si bien nunca volvió a casarse, decía que varios hombres la pretendían. Desde hacía un tiempo salía con un científico de Bombay, experto en computadoras.
Siguieron caminando hasta la Cour Napoleón, el patio interior del museo del Louvre. En el centro, la recientemente construida — y muy criticada — entrada piramidal; alrededor del patio, en altos nichos, había esculturas de los héroes de la civilización francesa. Debajo de cada hombre venerado — muy pocos ejemplos de mujeres pudieron ver — figuraba el apellido. Algunas de las inscripciones estaban gastadas, por la erosión natural o por la mano de algún ofendido visitante. Frente a una o dos estatuas, costaba mucho adivinar quién había sido el personaje ilustre. En uno de los monumentos, el que había provocado el mayor resentimiento del público, apenas quedaban tres letras.
A pesar de que se estaba poniendo el sol y el Louvre permanecía abierto casi hasta la noche, no entraron sino que continuaron caminando junto al Sena, siguiendo el curso del río hasta el Quai d'Orsay. Los puestos de venta de libros estaban ya por cerrar.
Prosiguieron su paseo tomadas del brazo, a la usanza europea.
Delante de ellas iba un matrimonio francés; los padres sostenían de la mano a su hijita, una niña de aproximadamente cuatro años quien, de vez en cuando, daba un brinco en el aire. Daba la impresión de que, en su momentánea suspensión en gravedad cero, la criatura experimentaba algo parecido al éxtasis. Los padres hacían comentarios sobre el Consorcio Mundial para el Mensaje, lo cual no era de extrañar puesto que era el tema dominante en todos los periódicos. El hombre aprobaba la idea de fabricar la Máquina, ya que ello implicaría utilizar nuevas tecnologías y crear más empleos en Francia. La mujer era más cautelosa, por motivos que no sabía exponer con claridad. La hijita, con sus trenzas al viento, no demostraba la más mínima preocupación por los planos que llegaban desde las estrellas.
Der Heer, Kitz y Honicutt convocaron una reunión a realizarse en la embajada norteamericana al día siguiente por la mañana, con el fin de prepararse para la llegada del secretario de Estado. El cónclave sería secreto y se llevaría a cabo en el Salón Negro, un recinto aislado del mundo exterior mediante mecanismos electromagnéticos que imposibilitaban la vigilancia, incluso con sofisticados dispositivos electrónicos. O al menos eso se suponía.
Luego de pasar la tarde con Devi Sukhavati, Ellie recibió el mensaje en su hotel y trató de hablar con Ken, pero sólo pudo comunicarse con Kitz. Se oponía a la idea de que la reunión fuese secreta, por una cuestión de principios, ya que el Mensaje venía destinado a todo el planeta. Kitz le respondió que no se ocultaban datos al resto del mundo; por lo menos los norteamericanos no lo hacían y que el objeto del encuentro era sólo proponer ideas al gobierno que lo ayudaran a afrontar las difíciles negociaciones que se avecinaban. Apeló al patriotismo de Ellie, a su desinterés y por último invocó la Resolución Hadden.
— Estoy seguro de que ese documento se halla aún guardado en su caja fuerte. Le aconsejo que lo lea.
Ellie intentó, otra vez sin éxito, hablar con Der Heer. «Primero se instala en Argos y me lo encuentro a cada instante. Después se muda a mi departamento y cuando ya estoy convencida de haberme enamorado no puedo conseguir siquiera que me conteste por teléfono.» Resolvió concurrir a la reunión, aunque fuera sólo para verlo cara a cara.
Kitz se manifestaba enteramente a favor de construir la Máquina; Drumlin apoyaba la idea con reservas; Der Heer y Honicutt no expresaban opinión, al menos exteriormente, y Peter Valerian se debatía en un suplicio de indecisión. Kitz y Drumlin hablaban incluso acerca de dónde podría fabricársela. El solo costo del transporte volvería prohibitiva la fabricación, o incluso el montaje, en el sector más alejado de la Luna, como insinuó Xi.
— Si empleáramos frenos aerodinámicos, sería más barato enviar un kilogramo a Fobos o Deimos que al sector más remoto de la Luna — expresó Bobby Bui.
— ¿Dónde diablos quedan Fobos y Deimos? — quiso saber Kitz.
— Son los satélites de Marte. Yo me refería a frenos aerodinámicos en la atmósfera marciana.
— ¿Y cuánto se tarda en llegar hasta allí? — preguntó Drumlin.