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Deseaba tener alguna amiga en Argos con quien poder comentar lo dolida que se sentía por la conducta de Ken. Pero no la tenía, y tampoco era muy afecta a utilizar el teléfono, ni siquiera con ese propósito. Consiguió pasar un fin de semana en Austin con Becky Ellenbogen, una antigua compañera de estudios, pero Becky, cuyo concepto sobre los hombres solía ser acerbo, en ese caso se mostró sorprendentemente discreta en sus críticas.

— No le exijas tanto, Ellie — le aconsejó —. Después de todo, él es asesor de la Presidenta, y este descubrimiento es el más asombroso en la historia del mundo. Dale tiempo, y vas a ver que recapacita.

Pero Becky era una de las tantas que encontraban «encantador» a Ken, y sentía una marcada complacencia por el poder. Si Ken hubiese tratado a Ellie con semejante indiferencia cuando era apenas un profesor de biología molecular, Becky habría estado tentada de vapulearlo.

Luego de regresar de París, Der Heer inició una discreta campaña de petición de disculpas y manifestaciones de cariño. Adujo un exceso de tensiones y una gran variedad de responsabilidades, incluso problemas políticos inéditos y difíciles de resolver. No hubiera podido desempeñar correctamente su doble tarea de jefe de la delegación norteamericana y copresidente de la sesión plenaria si se hubiera hecho público el vínculo que lo unía a Ellie. Kitz había estado insoportable. Además, durante muchas noches seguidas sólo pudo dormir unas pocas horas. «Son demasiadas explicaciones», pensó Ellie, pero permitió que continuara la relación.

Una vez más fue Willie, en el turno de noche, el primero en advertirlo. Con posterioridad, el técnico atribuía la rapidez del descubrimiento no tanto a la computadora supersensible ni a los programas de la NASA, sino más bien a los nuevos circuitos integrados Hadden para reconocimiento de contexto. Vega se hallaba en una posición baja en la esfera celeste una hora antes del amanecer, cuando la computadora emitió una alarma. Con cierto fastidio, Willie dejó el libro que estaba leyendo, y reparó en las palabras que aparecían en la pantalla:

REPET. TEXTO PÁGS. 4161741619: DESAJUSTE DE BITS 0/2271. COEFICIENTE DE CORRELACIÓN 0,99+ Enseguida el 41619 se convirtió en 41620, y luego en 41621. Los dígitos posteriores a la barra oblicua iban continuamente en aumento. Tanto el número de páginas como el coeficiente de correlación iban también creciendo, lo cual daba la pauta de lo improbable que era que la correlación se debiese al azar. Dejó pasar otras dos páginas antes de comunicarse por línea directa con el departamento de Ellie.

Como ella estaba profundamente dormida, durante un instante se desorientó, pero en el acto encendió la luz del velador y ordenó que se convocara al personal superior de Argos. Ella misma se encargaría de localizar a Der Heer, dijo, que se hallaba en algún sector del edificio. No le costó demasiado: bastó con que le tocara el hombro.

— Ken, despiértate. Me avisan que se ha repetido.

— ¿Qué?

— El Mensaje volvió al principio. Yo voy para allá. ¿Por qué no esperas unos diez minutos? Así no se dan cuenta de que estábamos juntos.

Cuando ya abría la puerta para salir, Ken le gritó:

— ¿Cómo es posible volver al comienzo si todavía no recibimos las primeras instrucciones?

En las pantallas se dibujaba una secuencia duplicada de ceros y unos, una comparación en tiempo real de los datos que se recibían en ese instante y los pertenecientes a una página anterior, registrada en Argos un año antes. El programa estaba en condiciones de advertir cualquier diferencia, pero como hasta el momento no había ninguna, sabían que no se trataba de aparentes errores de transmisión y que eran escasas las oportunidades de que alguna densa nube interestelar se interpusiera entre Vega y la Tierra. Argos contaba ya con una comunicación de tiempo real con decenas de otros telescopios que integraban el Consorcio Mundial para el Mensaje, y fue así como la noticia del reciclaje se propaló a las siguientes estaciones de observación hacia el oeste, a California, Hawaii, al Marshal Nedelin que surcaba en esos momentos el Pacífico Sur, y a Sidney. Si el descubrimiento se hubiera realizado cuando Vega se hallaba sobre alguno de los demás telescopios de la red Argos habría recibido la información al instante.

La ausencia de una cartilla de instrucciones era una angustiosa contrariedad, pero tampoco constituía la única sorpresa. La numeración de las páginas saltaba en forma discontinua desde la cuarenta mil a la diez mil, donde se había advertido la repetición.

Evidentemente Argos había captado la transmisión de Vega desde el primer momento de su llegada a la Tierra. La señal era muy potente, capaz de haber sido registrada hasta por pequeños telescopios omnidireccionales. Sin embargo, llamaba la atención la coincidencia de que la emisión arribara a la Tierra en el momento justo en que Argos exploraba Vega. Además, ¿por qué el texto comenzaba en la página diez mil? ¿No sería una costumbre anticuada de los terráqueos la de numerar los libros desde la página uno?

¿O acaso esas cifras no correspondían a números de páginas sino a otra cosa? Y lo que más preocupaba a Ellie, ¿existiría alguna diferencia fundamental entre la manera de pensar de los humanos y los extraterrestres? De ser así, el Consorcio se vería en figurillas para descifrar el Mensaje, llegara o no la cartilla de instrucciones.

El Mensaje se repitió exactamente, se completaron los blancos y todos siguieron sin entender ni una palabra. No parecía probable que a la civilización emisora, puntillosa en todos los detalles, se le hubiera pasado por alto la necesidad de remitir instrucciones. El interior de la Máquina daba la impresión de haber sido diseñado expresamente para seres humanos. Era muy raro que se hubiesen tomado semejante trabajo de elaborar y transmitir el Mensaje y luego no suministrar los datos imprescindibles para que los humanos pudiesen leerlo. En consecuencia, algo debían de haber omitido los humanos, quizás un cuarto nivel del palimpsesto. Pero, ¿dónde?

Los diagramas se publicaron en un libro de ocho tomos que muy pronto se reimprimieron en el mundo entero. En todo el planeta la gente procuraba descifrar la imagen del dodecaedro y las formas cuasibiológicas. El público presentó numerosas interpretaciones lúcidas, que luego analizaban los expertos de Argos. Se crearon industrias totalmente nuevas — que seguramente no previeron los inventores del Mensaje — dedicadas a utilizar diagramas para engañar a la población. Se anunció la formación de la Orden Mística del Dodecaedro. La Máquina era un OVNI. Un ángel reveló el significado del mensaje y de los diseños a un industrial del Brasil, quien se encargó de difundir por todo el orbe sus interpretaciones. Al haber tantos diagramas enigmáticos que descifrar, fue inevitable que muchas religiones reconocieran una parte de su iconografía en el Mensaje de las estrellas. Un corte longitudinal de la Máquina le daba un aspecto semejante a un crisantemo, hecho que despertó un enorme entusiasmo en Japón. De haber aparecido la figura de un rostro humano entre los diagramas, el fervor mesiánico habría alcanzado mayores proporciones aún.

Una cantidad asombrosa de personas arreglaban su situación, preparándose para la Venida. Muchos repartieron sus bienes a los pobres pero después, como el fin del mundo se demoraba, se vieron obligados a pedir subsidios de beneficencia. Dado que las donaciones de ese tipo constituían gran parte de los recursos de tales entidades benéficas, algunos filántropos terminaron siendo mantenidos por sus propias donaciones.

Algunos aseguraban que no existía ninguna cartilla de instrucciones, que el Mensaje sólo tenía por objeto inculcarnos la humildad, o llevarnos a la locura. Ciertos editoriales de diarios decían que no somos tan inteligentes como nos creemos; otros destilaban rencor por los científicos quienes, después de todo el apoyo recibido de los gobiernos, nos fallaban en el momento de necesidad. O quizá los humanos éramos mucho más tontos de lo que suponían los veganos. A lo mejor había algo que habían podido captar todas las civilizaciones con las que anteriormente se habían puesto en contacto los veganos, algo que nadie, en la historia de la Galaxia, se le había pasado por alto. Varios comentaristas apoyaron con verdadero entusiasmo esa teoría de la humillación cósmica porque era la prueba de lo que ellos siempre habían opinado sobre las personas. Pasado cierto tiempo, Ellie sintió la necesidad de buscar ayuda.