Entraron subrepticiamente por la Puerta de Enlil, con un acompañante enviado por el propietario. Los guardias estaban irritados pese, o tal vez debido a, la protección adicional.
A pesar de que aún había claridad, las calles estaban iluminadas por braseros, lámparas de aceite y alguna que otra antorcha. Dos ánforas, lo bastante grandes para contener a un adulto, flanqueaban la entrada de la tienda donde se expendía aceite de oliva. El cartel ostentaba caracteres cuneiformes. En un edificio público contiguo había un magnífico bajorrelieve de una cacería de leones del reino de Asurbanipal. Cuando se aproximaban al Templo de Asur, advirtieron una riña entre la multitud, razón por la cual el guardaespaldas realizó una maniobra para esquivar al gentío. Ellie pudo así apreciar el Zigurat, al fondo de una ancha avenida iluminada con teas. El espectáculo le resultó más imponente que en las fotos. Se oían sones marciales interpretados por un instrumento de bronce desconocido; un carruaje pasó a su lado. La cima del Zigurat se veía envuelta en nubes bajas, como en las ilustraciones medievales de alguna parábola admonitoria del Génesis. Entraron en el Zigurat por la calle lateral. Ya en el ascensor privado, su acompañante apretó el botón correspondiente al último piso: «Cuarenta», decía. Ningún número; sólo la palabra. Y después, como para aventar cualquier duda, se encendió un panel luminoso donde se leía «Los Dioses».
El señor Hadden la recibiría enseguida. Le ofrecieron algo de beber mientras aguardaba, pero ella no aceptó. Ante sus ojos se desplegaba Babilonia, la estupenda recreación de la ciudad de antaño. Durante el día llegaban autocares enviados por los museos, algunas escuelas y turistas en general que accedían por la Puerta de Ishtar, se colocaban el atuendo de rigor y se remontaban al pasado. Hadden astutamente donaba todo lo que se recaudara de día a obras benéficas de Nueva York y Long Island. Las visitas durante el día eran inmensamente populares, en parte porque constituían una oportunidad respetable de inspeccionar el lugar para aquellas personas que jamás se atreverían a recorrer Babilonia de noche.
Al caer el sol, Babilonia se convertía en una feria de diversiones para adultos. Su opulencia y esplendor superaban ampliamente el Reeperbahn de Hamburgo. Se trataba, con mucho, de la mayor atracción turística del área metropolitana de Nueva York, y la que producía ingresos mayores. Era por todos sabida la forma en que Hadden había convencido a las autoridades de Babilonia (Nueva York), y cómo había obtenido también que se «aliviara la severidad» de las leyes locales y nacionales sobre prostitución. El viaje en tren desde el centro de Manhattan llevaba una media hora; Ellie quiso tomar ese tren pese a la oposición de sus guardaespaldas, y allí notó que una tercera parte de los viajeros eran mujeres. No había inscripciones en las paredes ni peligro de ser asaltada, pero el vehículo producía un ruido blanco de calidad inferior al que emitían los subterráneos metropolitanos.
Si bien Hadden integraba la Academia Nacional de Ingeniería, Ellie creía que jamás había asistido a una de sus reuniones, y nunca lo había visto en persona. Años antes, sin embargo, millones de norteamericanos conocieron el rostro de Hadden debido a una campaña publicitaria lanzada contra él. «El Antinorteamericano», rezaba el epígrafe debajo de una foto suya, nada favorecedora. Así y todo, se sobresaltó cuando interrumpió sus pensamientos un hombrecito bajo y gordo, que le hacía señas de que se acercara.
— Ah, perdóneme. No entiendo cómo la gente puede llegar a tenerme miedo.
Su voz era sorprendentemente musical, tanto que parecía hablar en quintas. No creyó necesario presentarse, y una vez más inclinó la cabeza hacia un costado, indicando la puerta que había dejado entreabierta. A Ellie le costaba creer que pudiese ser objeto de un crimen pasional dadas las circunstancias, y por eso entró con él, callada, en la otra habitación.
La condujo hasta una mesa donde había una bellísima maqueta de una ciudad antigua, de aspecto mucho menos pretencioso que Babilonia.
— Pompeya — dijo a guisa de explicación —. Aquí lo principal es el estadio. Con tantas restricciones que hay sobre el boxeo ya no quedan saludables deportes sangrientos en los Estados Unidos. Son muy importantes porque eliminan algunas toxinas del torrente sanguíneo nacional. Se hace toda la planificación, se consiguen los permisos, y ahora esto.
— ¿Qué es «esto»?
— Me acaban de avisar desde Sacramento que se prohíben los juegos de gladiadores.
La legislatura de California tiene en estudio un proyecto para suprimir tales juegos por considerarlos demasiado violentos. Autorizan un nuevo rascacielos sabiendo de antemano que morirán dos o tres obreros de la construcción, cosa que también lo saben los sindicatos, y el propósito no es más que edificar oficinas para compañías petroleras o para abogados de Beverly Hills. Claro que perderíamos a algunos luchadores, pero nos interesan más el tridente y la red que la espada corta. Esos legisladores no tienen idea de las prioridades.
Sonriendo, le ofreció algo de beber, y ella volvió a rehusar.
— Así que quiere hablar conmigo por el asunto de la Máquina, y yo también quiero conversar con usted sobre el mismo tema. Supongo que le interesa saber dónde está la cartilla de instrucciones.
— Hemos decidido solicitar ayuda a personas importantes que puedan darnos alguna idea. Como usted es famoso por sus inventos, y dado que pudimos descubrir la repetición del Mensaje gracias al circuito integrado de reconocimiento de contexto, de creación suya, le pedimos que se ponga en el lugar de los veganos y piense, desde esa perspectiva, dónde incluiría usted la cartilla. Sabemos que está muy ocupado, y…
— No, no tiene importancia. Sí, estoy muy ocupado. Me he propuesto regularizar mis cosas porque voy a tener un gran cambio en mi vida…
— ¿Se prepara para el Milenio? — Trató de imaginarlo donando S. R. Hadden y Compañía, la financiera de Wall Street Ingeniería Genética S.A.; Cibernética Hadden, y Babilonia a los pobres.
— No exactamente, no. Para mí es un honor que se me consulte. Estuve observando los diagramas. — Señaló con un ademán los ocho tomos de la edición comercial, desparramados sobre una mesa —. Encontré muchas cosas que son una maravilla, pero no creo que las instrucciones estén ocultas allí, en los diagramas. No sé por qué suponen que deben hallarse dentro del Mensaje. A lo mejor las dejaron en Marte o en Plutón, y las descubriremos dentro de unos siglos. Por el momento, tenemos esta Máquina fabulosa, sus correspondientes planos y treinta mil páginas de texto explicatorio. Lo que no sabemos es si vamos a ser capaces de construirla; por eso, esperemos unos siglos y perfeccionaremos nuestra tecnología, en la certeza de que, tarde o temprano, podremos construirla. El hecho de no contar con la cartilla de instrucciones nos comprometerá con las generaciones futuras. El hombre recibe un problema que demorará siglos en resolver, y no creo que eso sea tan malo. Quizá sea un error buscar las instrucciones, y hasta sería mejor no encontrarlas.
— No; yo quisiera tenerlas ya mismo. No sabemos si van a esperarnos eternamente. Si cortan la comunicación porque nadie les responde, sería mucho peor que si jamás nos hubiesen llamado.