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Bastaba con elegir de antemano palabras tales como «Venida» o «Éxtasis» para poder seleccionar otra programación. Predicanex recibió una calurosa acogida por parte de una sufrida pero importante minoría de televidentes. Se comentaba, a veces no demasiado en serio, que el siguiente submódulo de Hadden se denominaría Pamplinex, y funcionaría sólo en presencia de disertaciones públicas a cargo de presidentes y primeros ministros.

A medida que avanzaba en el desarrollo de sus circuitos integrados de reconocimiento de contexto, Hadden comenzó a percatarse de que podía destinárselos a un uso mucho más amplio, por ejemplo en el campo de la educación, la ciencia, la medicina, los servicios militares de inteligencia y el espionaje industrial. Fue debido a una cuestión que le iniciaron el famoso juicio etiquetado Los Estados Unidos contra Cibernética Hadden. A raíz de que uno de los circuitos integrados de Hadden fue considerado demasiado bueno como para que los civiles adoptaran su uso, y siguiendo la recomendación de la Agencia Nacional de Seguridad, el gobierno se hizo cargo de las instalaciones y del personal superior que se dedicaba a la producción de los más avanzados circuitos de reconocimiento de contexto. La posibilidad de leer la correspondencia de los rusos era demasiado importante. Sólo Dios sabe, pretendieron justificarse, qué pasaría si los rusos lograran leer la nuestra.

Hadden se negó a colaborar y prometió diversificar la producción para abarcar áreas que no tuvieran ninguna repercusión posible sobre la seguridad nacional. Protestó porque el gobierno nacionalizaba la industria. Ellos afirman ser capitalistas, decía, pero si se ven en aprietos, muestran su perfil socialista. Había sabido detectar un descontento del público, y se valía de nuevas tecnologías legales para satisfacer sus deseos. Su actitud era la del capitalismo clásico. Sin embargo, muchos capitalistas sensatos opinaban que Hadden se había sobrepasado ya con Publicinex, y que constituía una verdadera amenaza contra el estilo norteamericano de vida. Un artículo de Pravda firmado por V.

Petrov, calificó el hecho como un ejemplo concreto de las contradicciones del capitalismo.

El Wall Street Journal le salió al cruce, quizás en forma algo tangencial, acusando al Pravda — que en ruso significa «verdad» — de ser un concreto ejemplo de las contradicciones del comunismo.

Hadden sospechaba que la incautación de su empresa había sido un mero pretexto, que lo que realmente los había ofendido era su osadía de haber atacado a la publicidad y al evangelismo de vídeo. Publicinex y Predicanex, no cesaban de argumentar, constituían la esencia de la economía capitalista. La idea central del capitalismo era proporcionar alternativas al consumidor.

— Bueno la ausencia de publicidad es una alternativa, les dije. Sólo se destinan abultados presupuestos para publicidad cuando no hay diferencia entre los productos. Si los productos fueran realmente distintos, la gente compraría el mejor. La propaganda le enseña al hombre a no confiar en su propio criterio, a comportarse como un estúpido. Un país poderoso requiere personas inteligentes; por lo tanto, Publicinex es patriótico. Los fabricantes podrían derivar una parte de su presupuesto publicitario para mejorar sus productos, y así saldría beneficiado el consumidor. Las revistas, los diarios y las ventas directas por correo prosperarían, aliviando de ese modo la labor de las agencias de publicidad. Por eso no entiendo cuál es el problema.

El cierre de las redes televisivas comerciales fue ocasionado directamente por Publicinex, mucho más que por los innumerables juicios por calumnias que Hadden inició contra ellas. Durante un tiempo comenzó a deambular un pequeño ejército de publicitarios sin empleo, directivos de televisión venidos a menos y religiosos empobrecidos, que juraron vengarse de Hadden. También existía un número cada vez mayor de adversarios más formidables aún. Sin lugar a dudas, pensó Ellie, Hadden era un personaje interesante.

— Por eso creo que ha llegado el momento de hacer algo. Tengo más dinero del que jamás podría gastar, mi mujer me odia y me he granjeado enemigos por todas partes.

Quiero hacer algo digno de encomio, algo de valor, como para que, dentro de unos siglos, la gente recuerde que yo existí.

— ¿Desea…?

— Construir la Máquina porque estoy plenamente capacitado para hacerlo. Cuento con lo más avanzado en el campo de la cibernética, mejores elementos de los que hay en MIT, en Stanford, en Santa Bárbara. Y si hay algo fundamental para la concreción de estos planes, es que no se trata de una labor de un fabricante del montón. Va a hacer falta recurrir a la ingeniería genética, y no va a encontrar a nadie más dedicado a ese campo. Además lo haría a precio de costo.

— Señor Hadden, la decisión acerca de a quién se le encomendará la construcción, si es que se llega a ese punto, no depende de mí sino que se trata de una decisión internacional que traerá aparejadas arduas negociaciones políticas. Todavía se sigue discutiendo en París sobre si debería fabricarse o no la Máquina, en caso de que lográramos decodificar el Mensaje.

— ¿Acaso cree que no lo sé? También estoy tendiendo mis redes por los habituales canales de la influencia y corrupción, pero pienso que no vendría mal que los ángeles me dieran una recomendación, por los motivos adecuados. Y hablando de los ángeles, usted se las ingenió muy bien para hacer flaquear a Palmer Joss y Billy Jo Rankin. Nunca en la vida los había visto tan agitados. Que Rankin haya llegado a afirmar que hubo mala fe al citar sus palabras acerca de la idea de apoyar la construcción de la Máquina… Dios mío.

Sacudió la cabeza con fingido aire de consternación. Era muy probable que existiera una enemistad personal de varios años entre esos proselitistas y el inventor de Predicanex, y por alguna razón Ellie sintió la necesidad de salir a defenderlos.

— Son mucho más inteligentes de lo que usted cree. Y Palmer Joss… me dio una profunda impresión de sinceridad. No es un farsante.

— ¿Está segura de que no es más que una cara bonita? Perdóneme, pero es fundamental que la gente sepa la opinión que a ellos les merece este tema. Yo conozco a esos payasos. Cuando se sienten arrinconados, son unos verdaderos chacales. A mucha gente la religión le resulta atractiva en el plano personal, sexual. Tendría que ver las cosas que suceden en el Templo de Ishtar.

Ellie contuvo un leve estremecimiento.

— Creo que ahora sí le acepto una copa.

Desde el sitio elevado donde se encontraban, Ellie alcanzó a divisar las escalinatas del Zigurat, adornadas con flores verdaderas y artificiales, según la estación. Se trataba de la reconstrucción de los Jardines Colgantes de Babilonia, una de las Siete Maravillas de la Antigüedad. De milagro se había conseguido que la decoración no se asemejara a la de un moderno hotel. Al pie del monumento, observó una procesión con antorchas que partía del Zigurat en dirección a la Puerta de Enlil. Encabezaba la marcha una especie de silla de manos transportada por cuatro hombres fornidos, con el torso descubierto. No pudo distinguir qué, o quién, iba sobre la silla.

Es una ceremonia en honor de Gilgamesh, uno de los héroes de la cultura sumeria.

— Sí; lo he oído mencionar.

— La inmortalidad era su ocupación. — Esto lo dijo como si tal cosa, a modo de explicación, y luego miró la hora —. Los reyes solían subir a la cima del Zigurat para recibir instrucciones de los dioses, especialmente de Anu, el dios del cielo. A propósito, investigué lo que ellos denominaban Vega, y así supe que era Tirana, la Vida de los Cielos. Curiosa manera de llamarla.

— ¿Y no recibió usted instrucción alguna?

— No; ésas se las envían a usted, no a mí. A las nueve va a haber otra procesión de Gilgamesh.

— Lamentablemente no podré quedarme hasta esa hora. Pero quisiera hacerle una pregunta. ¿Por qué eligió Babilonia y Pompeya? Es usted una de las personas con mayor inventiva que conozco. Fundó varias empresas de gran envergadura; derrotó a la industria publicitaria en su propio terreno. Podría haber hecho muchas otras cosas. ¿Por qué…