— Yo también me lo pregunté, pero Marvin Yang asegura que es imposible. Las fotografías tomadas por satélites, los aparatos electrónicos de inteligencia, todo parece confirmar que no hay indicios de ningún proyecto de construcción como el que se necesitaría para fabricar la Máquina. Ahora bien, a todos se nos pasó por alto. Nos dejamos seducir por la idea de que las instrucciones tenían que venir al principio, y no insertas en medio del Mensaje. Sólo cuando se reinició el Mensaje y vimos que allí no estaban, empezamos a considerar otras posibilidades. Este trabajo se realizó en estrecha colaboración con los rusos y todos los demás. Pienso que nadie nos lleva la delantera, pero al mismo tiempo todos disponen ahora de las instrucciones. Me inclino a pensar que no hay para nosotros un curso unilateral de acción.
— Yo no quiero un curso unilateral de acción, pero sí saber con certeza que nadie más lo tiene. Bien, volviendo al tema de la cartilla. Ya hemos aprendido a decir «verdadero», «falso», «si…» «el espacio es curvo». ¿Cómo se hace para fabricar una Máquina con tan pocos datos?
— Mire, me parece que el resfriado no le ha embotado a usted los sentidos en lo más mínimo. Bueno, partamos desde allí. Por ejemplo, nos envían una tabla periódica de los elementos, y así mencionan todos los elementos químicos, la idea del átomo, la idea de un núcleo de electrones, protones y neutrones. Repasan algo de la mecánica cuántica sólo para cerciorarse de que les estamos prestando atención. Luego se concentran específicamente en los materiales necesarios para la construcción. Por ejemplo, como van a hacer falta dos toneladas de erbio, describen una estupenda técnica para extraerlo de rocas comunes. — Levantó una mano, adelantándose a una probable interrupción —.
No me pregunte por qué precisamos dos toneladas de erbio, porque nadie tiene ni la más remota idea.
— No iba a preguntar eso, sino cómo hicieron para especificar cuánto es una tonelada.
— La contaron en masas planckianas. La masa planckiana es…
— No me explique. Se trata de algo que conocen todos los físicos del planeta, ¿verdad?
Y que yo, por supuesto, desconozco. Vamos a lo fundamental. ¿Entendemos las instrucciones lo suficiente como para comenzar a descifrar el Mensaje? ¿Seremos capaces de construir esa Máquina o no?
— Todo indicaría que sí. Hace apenas una semana que tenemos la cartilla, y ya hemos comprendido capítulos enteros del Mensaje, con sus esmerados diseños y su sobreabundancia de explicaciones. Seguramente podremos entregarle una maqueta tridimensional de la Máquina antes de la reunión del jueves, para la elección de los tripulantes. Hasta ahora no sabemos cómo funciona la Máquina ni para qué sirve. Se mencionan algunos compuestos químicos orgánicos que parecerían no tener sentido en una máquina. No obstante, casi todos opinan que será posible fabricarla.
— ¿Quién piensa que no?
— Bueno, Lunacharsky y los rusos. Y Billy Jo Rankin, desde luego. Todavía hay gente para quien la Máquina hará estallar el mundo o inclinar el eje de la Tierra… Pero lo que impresiona a la mayoría de los científicos es lo precisas que son las instrucciones, y cuántos enfoques distintos sugieren la misma cosa.
— ¿Y qué opina Eleanor Arroway?
— Ella piensa que, si quisieran liquidarnos, se presentarían aquí dentro de unos veinticinco años, y nada podríamos hacer para protegernos porque son demasiado superiores a nosotros. Por eso dice que hay que construir la Máquina, pero si nos preocupa algún posible daño al medio ambiente, habría que fabricarla en un sitio apartado. El profesor Drumlin sostiene que puede construírsela en el centro mismo de California, por lo que a él respecta. Más aún, promete estar presente todo el tiempo que demande la fabricación, de modo que sería el primero en morir si llegara a estallar.
— Drumlin es el hombre que dedujo que se trataba del diseño de una Máquina, ¿no?
— No exactamente…
— Ya, voy a leer todos los antecedentes antes de la reunión del jueves. ¿Tiene algo más que comentarme?
— ¿En serio va a permitir que Hadden se encargue de la construcción?
— Bueno, eso no depende sólo de mí. El tratado que están redactando en París nos asignaría un cuarto del poder de decisión. Los rusos tendrían otro cuarto; los chinos y japoneses, en conjunto, otro cuarto, y el último cuarto para el resto del mundo. Muchos países desean construir la Máquina, o al menos algunas partes. Está el incentivo del prestigio, de las nuevas industrias, de conocimientos inéditos. A mí me parece perfecto, siempre y cuando nadie nos lleve la delantera. Es posible que a Hadden se le encomiende una parte. ¿Qué pasa? ¿Acaso no lo cree técnicamente idóneo?
— Sí, claro que sí, pero…
— Si no hay más temas que tratar, lo veo el jueves, Ken, virus mediante.
En el momento en que Der Heer cerraba la puerta y entraba en la habitación contigua, se produjo un explosivo estornudo presidencial. Sentado muy erguido en un sofá, el oficial de turno se sobresaltó. Der Heer lo tranquilizó con un gesto, y el hombre le pidió disculpas con una sonrisita.
— ¿Eso es Vega? ¿Y por eso hacen tanto alboroto? — preguntó la Presidenta, con cierto desencanto. Sus ojos se habían acostumbrado ya a la oscuridad, luego de la arremetida de flashes y luces de televisión con que los periodistas registraron su presencia unos momentos antes. Las fotos de la Presidenta en el acto de mirar por el telescopio del Observatorio Naval, que aparecerían en los diarios del día siguiente, no serían del todo auténticas puesto que ella no pudo ver nada hasta que se retiraron los fotógrafos, restableciéndose la oscuridad del recinto.
— ¿Por qué se mueve?
— Hay turbulencia en el aire, señora — le explicó Der Heer — Algunas burbujas de aire tibio pasan por allí, y distorsionan la imagen.
— Es como mirar a mi marido en la mesa del desayuno cuando se interpone una tostadora entre nosotros — comentó ella afectuosamente, levantando la voz para que la oyera su esposo, que se encontraba cerca, conversando con el director del observatorio.
— Sí, pero últimamente ya no hay tostadora en la mesa del desayuno — acotó él, de buen humor.
Antes de jubilarse, Seymour Lasker ocupaba un alto cargo en el sindicato de obreros del vestido. Había conocido a su mujer años atrás, cuando ella representaba a una empresa de indumentaria femenina, de Nueva York, y se enamoraron en el curso de la negociación de un convenio laboral. Llamaba la atención la excelente relación del matrimonio teniendo en cuenta sus ocupaciones tan disímiles.
— Yo puedo prescindir de una tostadora, pero demasiadas son las veces en que no me es posible desayunar con él. — La Presidenta enarcó las cejas en dirección a su marido, y luego, prosiguió mirando por el ocular del telescopio —: Me recuerda a una ameba azul…
toda gelatinosa. — Luego de la ardua sesión para elegir a los tripulantes, la Presidenta se hallaba de muy buen humor, y el resfriado se le había curado casi del todo —. Y si no hubiera turbulencia, Ken, ¿qué vería?
— Sólo un punto brillante, con una luz fija, sin titilar.
— ¿Nada más que Vega? ¿Ningún planeta, ningún anillo?
— No, señora. Todo eso sería demasiado pequeño y tenue como para que lo captara incluso un telescopio de grandes dimensiones.
— Bueno, espero que los científicos sepan lo que hacen — expresó en un susurro —.
Estamos arriesgándonos muchísimo por algo que nunca hemos visto.
Der Heer se desconcertó.
— Sin embargo hemos visto treinta y un mil páginas de texto, figuras, palabras, y además, la cartilla de instrucciones.
— Según lo entiendo yo, eso no es exactamente verlo sino llegar a una deducción. No me diga que los científicos del mundo entero están recibiendo la misma información, porque ya lo sé. También sé que los planos de la Máquina son claros y precisos, y que si nos echamos atrás, algún otro va a pretender construirla. Todo eso lo sé, pero no por eso dejo de estar nerviosa.