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— Cuénteme cómo fue.

Así lo hizo Joss.

— Muy bien — dijo ella por fin —. Usted estuvo clínicamente muerto, luego revivió y recuerda haberse elevado en medio de las tinieblas hasta sumergirse en una luz brillante.

Vio un resplandor con forma humana y supuso que era Dios, pero no hubo nada que le dijera que ese resplandor había creado el universo o sentado una ley moral. Fue sólo una experiencia, que lo conmovió hondamente, sin lugar a dudas. Sin embargo, existen otras explicaciones posibles.

— ¿Tales como…?

— Bueno, por ejemplo el nacimiento. Al nacer atravesamos un largo túnel oscuro para ingresar luego en la luz. No se olvide de lo brillante que es para el bebé, luego de pasar nueve meses en la oscuridad. El nacimiento constituye el primer encuentro con la luz.

Imagínese el asombro que se debe de sentir ante el primer contacto con el color, con la luz, la sombra o el rostro humano, para reconocer los cuales seguramente estamos preprogramados. A lo mejor, si uno casi se muere, el cuentakilómetros vuelve de nuevo a cero por un momento. Que quede claro que no insisto en esta explicación porque es sólo una de muchas posibles, pero sí pienso que tal vez interpretó mal su experiencia.

— Usted no vio lo que vi yo. — Contempló nuevamente la titilante luz azul de Vega y luego miró a Ellie —. ¿Nunca se siente… perdida en su universo? ¿cómo sabe lo que tiene que hacer, cómo debe comportarse, si no existe Dios? ¿Se limita a cumplir la ley para no sufrir castigos?

— A usted no le preocupa el sentirse perdido, Palmer. Lo que le preocupa es no ser el centro, la razón de que se haya creado el universo. En mi universo hay muchísimo orden.

La gravedad, el electromagnetismo, la mecánica cuántica, todo gira en torno de leyes. Y en cuanto al comportamiento, ¿por qué no podemos determinar qué es lo que sirve a nuestro mejor interés… como especie?

— Ésa es una visión muy noble del mundo, y yo sería el último en negar que existe bondad en el corazón del hombre, pero, ¿cuánta crueldad se ha manifestado cuando no había amor a Dios?

— ¿Y cuánta cuando sí lo había? Savonarola y Torquemada amaban a Dios, o al menos eso afirmaban. Su religión toma a las personas como niños a los que hay que asustar con un coco para que se porten bien. Quieren que la gente crea en Dios para que obedezca los preceptos. Entonces lo único que se les ocurre es crear una estricta fuerza policial y amenazar con que un Dios que todo lo ve va a castigar cualquier transgresión que la policía haya pasado por alto. Palmer, usted supone que al no haber vivido yo su experiencia religiosa, no puedo apreciar la grandeza de su dios, pero es todo lo contrario.

Lo escucho hablar y pienso: «¡Su dios es demasiado pequeño! Un despreciable planeta, de unos pocos años de antigüedad, no merece la atención ni siquiera de una deidad menor, y mucho menos del creador del universo.»

— Me está confundiendo con algún otro predicador. Yo estoy preparado para un universo de millones de años, pero lo que digo es que los científicos todavía no lo han demostrado.

— Y yo sostengo que usted no ha comprendido la prueba. ¿En qué puede salir beneficiada la gente si la sabiduría convencional, las «verdades» religiosas son mentiras?

Cuando ustedes tomen plena conciencia de que el hombre es un ser adulto adoptarán otro estilo de predicación.

Se produjo un breve silencio, subrayado sólo por el eco de sus pasos.

— Perdóneme por ser demasiado vehemente.

— Le doy mi palabra, doctora, de que voy a reflexionar sobre lo que me ha dicho. Me ha planteado usted interrogantes para los cuales debería tener respuestas, pero con el mismo espíritu, permítame hacerle yo unas preguntas. ¿De acuerdo?

Ella asintió.

— Piense en la sensación que le produce, en este mismo instante, el hecho de tener conciencia. ¿Acaso siente los miles de millones de átomos en movimiento? Y mas allá de la maquinaria biológica, ¿dónde puede aprender un niño lo que es el amor?

En ese momento sonó el receptor de mensajes de Ellie. Seguramente la llamaba Ken para darle la noticia que estaba esperando. Se fijó en los números que se formaban en el indicador: era, en efecto, el teléfono de la oficina de Ken. No había teléfonos públicos en las inmediaciones, pero al cabo de unos minutos encontraron un taxi.

— Lamento tener que marcharme tan de prisa — se disculpó —. Fue un gusto conversar con usted y voy a pensar muy en serio en sus preguntas. ¿Quería hacerme alguna otra?

— Sí. ¿Qué precepto de la ciencia impide que los científicos actúen con maldad?

Capítulo quince — Clavijas de erbio

La tierra, eso es suficiente

No quiero que las constelaciones estén más cerca

Sé que están bien donde están

Sé que satisfacen a aquellos que pertenecen a ellas

WALT WHITMAN Hojas de Hierba, «Song of the Open Road» (1855)

Se demoraron años; fue un sueño de la tecnología y una pesadilla para la diplomacia, pero finalmente se logró construir la Máquina. Se propusieron varios neologismos para designar el proyecto, y nombres evocativos de antiguos mitos, pero como desde el principio todos le dijeron simplemente «la Máquina», ésa fue la denominación que se adoptó. Las complejas y delicadas negociaciones internacionales constituían, para los editorialistas occidentales, la «Política de la Máquina».

Cuando se obtuvo el primer cálculo confiable del costo total de la obra, hasta los titanes de la industria aeroespacial se asustaron. La cifra rondaría los quinientos mil millones de dólares anuales durante varios años, casi la tercera parte del presupuesto militar total — incluyendo armas nucleares y convencionales — del planeta. Se temía que la fabricación de la Máquina acarreara la ruina de la economía mundial. Si se los analizaba con imparcialidad, los titulares del New York Times eran aún más extravagantes de lo que habían sido los del extinto National Enquirer, una década antes.

La historia será testigo de que ningún profeta ni vidente, ningún adivino ni nadie que afirmara tener poderes precognoscitivos, ningún astrólogo ni numerólogo había anticipado el Mensaje ni la Máquina, y mucho menos Vega, los números primos, Adolf Hitler, las Olimpíadas y todo lo demás. Muchos sostenían haberlo pronosticado, especialmente personas que previeron los acontecimientos pero se olvidaron de poner sus vaticinios por escrito. Las predicciones de hechos sorprendentes siempre son más exactas si no se las escribe de antemano: se trata de uno de esos extraños casos habituales de la vida cotidiana. Algunas religiones correspondían a una categoría levemente distinta pues — se argumentaba —, mediante una lectura atenta de sus sagradas escrituras podía anticiparse claramente que habrían de suceder tales prodigios.

Para otros, la Máquina traería aparejada un período de bonanza en la industria aeroespacial, que atravesaba una etapa de declinación desde que se implantaron los Acuerdos de Hiroshima. Se estaban desarrollando muy pocos sistemas nuevos de armamento estratégico. Si bien se notaba un incremento en el negocio de los hábitat en el espacio, eso de ninguna manera compensaba por la pérdida de estaciones orbitales de láser y otros inventos del sistema estratégico de defensa con que soñara un gobierno anterior. Así, los que se preocupaban por la seguridad del planeta si alguna vez llegaba a fabricarse la Máquina, se tragaron sus escrúpulos al tomar en cuenta los beneficios, que se traducirían en un mayor número de empleos, más ganancias y un gran adelanto profesional.

Unos pocos personajes influyentes sostenían que no había panorama más alentador para las industrias de alta tecnología que una amenaza proveniente del espacio. Sería preciso contar con sistemas de defensa, poderosísimos radares de exploración y eventuales puestos de avanzada en Plutón. Esos visionarios no se acobardaban ni siquiera frente a las objeciones respecto de la disparidad militar entre terrestres y extraterrestres. «Aun si no pudiéramos defendernos de ellos, ¿por qué no quieren que los veamos venir?», preguntaban. Se habían invertido billones de dólares en la construcción de la Máquina, pero eso sería sólo el comienzo, si sabían jugar sus cartas.