Se formó una insólita alianza política para propiciar la reelección de la presidenta Lasker, lo que en efecto se transformó en un referéndum sobre si debía, o no, fabricarse la Máquina. Su adversario hablaba de Caballos de Troya y del fin del mundo, y del seguro desaliento de los norteamericanos al tener que vérselas con seres que ya habían «inventado todo». La Presidenta expresó su confianza en que la tecnología nacional sabría enfrentar el desafío, y dejó implícito — aunque no lo dijo con palabras — que el ingenio norteamericano alcanzaría el mismo nivel que el que existía en Vega. Resultó reelecta por un respetable, aunque no abrumador, margen de sufragios.
Un factor decisivo fueron las instrucciones mismas. Tanto en la cartilla vinculada con el lenguaje y la tecnología básica, como en el Mensaje específico sobre la fabricación de la Máquina, no quedó ningún punto sin esclarecer. En ocasiones, se explicitaban tediosos detalles de pasos intermedios que parecían obvios, como por ejemplo cuando, en los fundamentos de la aritmética, se demuestra que si dos por tres es igual a seis, luego tres por dos también da el mismo resultado. Se estipulaba la verificación de cada etapa de la fabricación: el erbio producido por ese proceso debía poseer un noventa y seis por ciento de pureza. Cuando se completara el componente 31 y se lo introdujera en una solución de ácido fluorhídrico, los restantes elementos estructurales debían presentar el aspecto que indicaba el diagrama de la ilustración adjunta. Cuando se montara el Componente 408, la aplicación de un campo transversal magnético de dos megagauss debería hacer girar el rotor a tantas revoluciones por segundo antes de regresar por sí solo a un estado de inmovilidad. Si alguna de las pruebas fracasaba, se rehacía el proceso entero.
Al cabo de un tiempo, uno se habituaba a las pruebas y esperaba poder pasarlas.
Muchos de los componentes subyacentes, construidos por fábricas especiales — diseñadas según las instrucciones de la cartilla —, constituían un desafío para el entendimiento humano. No se entendía muy bien cómo podían funcionar, pero lo concreto era que funcionaban. Aun en tales casos, podían contemplarse los posibles usos prácticos de las nuevas tecnologías. De vez en cuando aparecían nuevos conceptos, sobre todo en el campo de la metalurgia y de los semiconductores orgánicos. En ocasiones se proponían varias tecnologías alternativas para producir un mismo componente; al parecer, los extraterrestres no sabían con certeza qué sistema resultaría más sencillo para la tecnología de la Tierra.
Cuando se terminaron de levantar las primeras fábricas y se produjeron los primeros prototipos, disminuyó el pesimismo acerca de la capacidad del hombre para reconstruir una tecnología extraña, escrita en un lenguaje desconocido. La sensación general era la de ir a rendir un examen escolar sin haberse preparado, y encontrarse con que podían resolverse los problemas aplicando conocimientos previos y sentido común. Como sucede con las pruebas bien estructuradas, el solo hecho de darlas constituía de por sí una experiencia de aprendizaje. Se aprobaron todos los exámenes: la pureza del erbio era la requerida; se obtuvo la superestructura de la ilustración luego de eliminar el material inorgánico con ácido fluorhídrico; el rotor giraba a las debidas revoluciones. Los críticos sostenían que científicos e ingenieros se dejaban adular por el Mensaje, y que al estar tan atrapados por la tecnología, perdían de vista los posibles riesgos.
Para la construcción de un componente, se pedía una serie de reacciones químicas orgánicas particularmente complejas. El producto resultante fue introducido en un recipiente del tamaño de una piscina, que contenía una mezcla de aldehído fórmico y amoníaco. La masa creció, se diferenció y luego permaneció en ese estado. Poseía una complicada red de delgados tubos huecos, a través de los cuales seguramente habría de circular algún líquido. Era coloidal, pulposa y de una tonalidad roja oscura. No producía copias de sí misma, pero era lo suficientemente biológica como para atemorizar a muchos. Al repetirse el proceso, se obtuvo un producto aparentemente idéntico. El hecho de que el producto terminado fuese muchísimo más complicado que las instrucciones seguidas para su elaboración, era todo un misterio. La masa orgánica no se movió de su sitio, sino que permaneció estática. Su ubicación ulterior sería dentro del dodecaedro, en el sector contiguo superior e inferior a la cabina de la tripulación.
Se estaban elaborando maquinarias idénticas en los Estados Unidos y la Unión Soviética. Ambos países prefirieron realizar la construcción en sitios apartados, no tanto para proteger a la población contra posibles efectos perniciosos, sino más bien para controlar el acceso del periodismo, de los curiosos y los que se oponían a la construcción.
Estados Unidos eligió fabricar la Máquina en Wyoming, y la Unión Soviética, en una zona próxima a los Cáucasos, en la república de Uzbek. Se instalaron nuevos establecimientos fabriles en las cercanías de los lugares de montaje. Cuando los componentes podían elaborarse en fábricas ya existentes, la producción se dispersaba en gran medida. Un subcontratista de artículos ópticos de Jena, por ejemplo, producía y ponía a prueba ciertos componentes destinados tanto a la Máquina norteamericana como a la soviética.
Se temía que el hecho de someter un componente a un ensayo no autorizado por el Mensaje pudiera destruir alguna simbiosis sutil de la totalidad de los componentes al ponerse en funcionamiento la Máquina. Una importante subestructura de la Máquina eran tres cápsulas esféricas concéntricas, exteriores, que debían girar a alta velocidad. Si a una de dichas cápsulas se la sometía a una prueba no autorizada, ¿funcionaría luego correctamente al ser ensamblada en la máquina? Y por el contrario, si no se la ponía a prueba, ¿funcionaría después a la perfección?
El principal contratista norteamericano para la construcción de la Máquina era Hadden.
Su dueño prohibió que se practicara ninguna prueba no autorizada y ordenó que se cumplieran al pie de la letra las instrucciones del Mensaje. A sus empleados les sugería que obraran como los nigromantes del medievo, que interpretaban con precisión las palabras de un hechizo mágico: «No se atrevan siquiera a pronunciar mal una sílaba», les advertía.
Faltaban, según qué doctrina calendaria o escatológica uno prefiriera, dos años para el Milenio. Era tanta la gente que se «retiraba», preparándose para el Fin del Mundo o la Venida — o ambas cosas — que en algunas industrias se notaba la falta de mano de obra cualificada. Una de las claves del éxito obtenido por los norteamericanos hasta ese momento residía en la firme decisión de Hadden de reestructurar su plantel de operarios para que la fabricación de la Máquina alcanzara un óptimo nivel.
Sin embargo, también Hadden se había «retirado», toda una sorpresa teniendo en cuenta las conocidas opiniones del inventor de Predicanex. «Los milenaristas me volvieron ateo», afirmó. Sus empleados aseguraban que las decisiones fundamentales seguía tomándolas él. Sin embargo, la comunicación con Hadden se realizaba mediante una rápida telerred asincrónica: sus subordinados dejaban los informes sobre el progreso de la construcción, los pedidos de autorización y preguntas de cualquier índole en una caja cerrada de un popular servicio de telerred científica, y recibían las respuestas en otra caja similar. El sistema era insólito, pero daba resultado. A medida que se iban resolviendo las etapas más complejas y la Máquina comenzaba ya a tomar forma, cada vez se tenían menos noticias de Hadden. Los ejecutivos del Consorcio Mundial empezaron a preocuparse, pero luego de una larga charla con Hadden, mantenida en un sitio no revelado, regresaron mucho más tranquilos. Nadie más conocía el paradero del industrial.