La nueva urbanización que crecía en la inmensidad de Wyoming se llamaba Máquina.
Su contraparte soviética recibió el nombre ruso equivalente, Makhina. Cada una de ellas era un complejo de casas, edificios, barrios comerciales y residenciales, y — fundamentalmente — fábricas, algunas de las cuales presentaban un aspecto sencillo, al menos por fuera. Otras, sin embargo, impresionaban por lo exóticas, con cúpulas, alminares y kilómetros de intrincadas cañerías exteriores. Sólo las fábricas consideradas potencialmente peligrosas — por ejemplo las que producían los componentes orgánicos — se encontraban en Wyoming. Las tecnologías de más fácil comprensión se habían distribuido por todo el mundo. Una vez terminados los componentes, se los enviaba al Centro de Integración de sistemas, erigido en las proximidades de lo que antes fuera Wagonwheel (Wyoming). En ocasiones, Ellie veía llegar un componente y tomaba conciencia de que ella había sido el primer ser humano que vio su diseño. Cuando arribaba cada elemento nuevo y se lo sacaba de su embalaje, Ellie corría a inspeccionarlo. A medida que se realizaba el montaje de un componente sobre otro y que los subsistemas pasaban los controles de calidad, Ellie experimentaba una felicidad que, intuía, debía asemejarse al orgullo de madre.
Ellie, Drumlin y Valerian arribaron a una reunión de rutina vinculada con el ya superfluo monitoreo de la señal procedente de Vega. Al llegar se encontraron con que todos comentaban el incendio de Babilonia, ocurrido al amanecer, quizá la hora en que el sitio era frecuentado por sus más sórdidos visitantes habituales. Un comando agresor, equipado con morteros y bombas incendiarias, había lanzado un ataque simultáneamente por las puertas de Enlil y de Ishtar. El Zigurat fue consumido por las llamas. En una foto aparecía un grupo de visitantes de escaso ropaje, en el momento en que huían del Templo de Asur. Felizmente no hubo víctimas fatales, aunque sí numerosos heridos.
Un momento antes del hecho, una llamada anónima avisó al New York Sun que se estaba perpetrando el atentado. Se trataba de una represalia de inspiración divina — adujo el informante — realizada en nombre de la decencia y la moralidad, por personas hartas ya de tanta corrupción. El presidente de Babilonia S. A. repudió el acto y deploró una supuesta conspiración criminal, pero — al menos hasta ese momento —, nada había declarado S. R. Hadden, dondequiera que se encontrara.
Como se sabía que Ellie había visitado a Hadden en Babilonia, varios integrantes del proyecto le pidieron su parecer. Hasta Drumlin se mostró interesado en oír su opinión aunque, a juzgar por su obvio conocimiento sobre la geografía de Babilonia, era posible que hubiese estado allí más de una vez. Sin embargo, también podía ser que lo conociera sólo por las fotos y mapas del lugar que habían publicado las revistas.
Pasado el momento de los comentarios, se dispusieron a trabajar. El Mensaje continuaba emitiéndose en las mismas frecuencias, pasos de banda y constantes de tiempo, y tampoco se había variado la modulación de fase ni de polarización. El diseño de la Máquina y la cartilla permanecían aún debajo de los números primos y de la transmisión de las Olimpíadas.
Los extraterrestres daban la impresión de ser muy detallistas, o quizá se hubiesen olvidado de apagar el transmisor.
Valerian tenía una expresión perdida en los ojos.
— Peter, ¿por qué siempre mira el techo cuando piensa?
Muchos creían que Drumlin se había corregido con el paso de los años, pero cuando hablaba como lo acababa de hacer, demostraba que no se había reformado del todo. El hecho de haber sido elegido por la Presidenta de los Estados Unidos para representar al país ante los veganos era para él un gran honor. El viaje — les comentó a sus amigos — sería el punto culminante de su carrera. Su mujer, momentáneamente trasplantada a Wyoming, y aún obstinadamente fiel, tenía que soportar que Drumlin pasara las mismas diapositivas ante un nuevo público: los científicos y técnicos que construían la Máquina.
Dado que el emplazamiento fabril quedaba cerca de su Montana natal, Drumlin viajaba allí en ocasiones. En una oportunidad, Ellie misma lo llevó en auto hasta Missoula, y por primera vez desde que se conocían, Drumlin se mostró cordial con ella durante varias horas seguidas.
— ¡Shhh! Estoy pensando — respondió Valerian —. Aplico una técnica de silenciación.
Procuro eliminar las distracciones de mi campo visual, y viene usted a interferir en mi espectro de audio. Si me pregunta por qué no me basta con mirar un papel en blanco, le contesto que el papel es demasiado pequeño, que seguiría percibiendo las cosas con mi visión periférica. De todos modos, lo que me planteaba era esto: ¿por qué seguimos recibiendo el mensaje de Hitler y las Olimpíadas? Han pasado años. A esta altura ya deberían haber recibido la transmisión de la coronación británica. ¿Por qué no hemos visto primeros planos del cetro real, y una voz que anuncie que se ha «coronado a Jorge VI por la gracia de Dios, rey de Inglaterra e Irlanda del Norte, y, emperador de la India»?
— ¿Estás seguro de que Vega se hallaba sobre Inglaterra cuando se efectuó la transmisión de la coronación? — preguntó Ellie.
— Sí; eso lo verificamos al poco tiempo de recibir la emisión de las Olimpíadas. Y la intensidad fue muy superior a la del episodio de Hitler. No me cabe duda de que se podría haber captado en Vega.
— ¿Temes que ellos no quieran que sepamos cuánto saben sobre nosotros?
— Están apresurados. — Valerian solía a veces emitir expresiones ambiguas.
— Lo más probable — conjeturó Ellie —, es que quieran hacernos recordar que saben sobre la existencia de Hitler.
— Eso no es muy distinto de lo que he dicho yo — sostuvo Valerian.
— Bueno, no perdamos el tiempo con fantasías — protestó Drumlin, a quien ponían muy impaciente las especulaciones respecto de los posibles móviles de los extraterrestres.
Para él, de nada valía esbozar teorías puesto que pronto habrían de conocer la verdad.
Propuso que todos se dedicaran de lleno al Mensaje, con sus datos precisos, abundantes, expuestos con maestría —. A ustedes dos les vendría muy bien tomar un poco de contacto con la realidad. ¿Por qué no vamos a la zona de montaje? Creo que ya se comenzó la integración de los sistemas con las clavijas de erbio.
El diseño geométrico de la Máquina era sencillo pero los detalles eran sumamente complejos. Las cinco butacas para los tripulantes se hallaban en el sector medio del dodecaedro. No había un lugar especial para comer, dormir, ni para las necesidades fisiológicas, pero sí se indicaba expresamente el máximo peso permitido para la tripulación y sus pertenencias. En la práctica, dicha limitación beneficiaba a las personas de baja estatura. Eso quería decir, en opinión de algunos, que cuando se la activara, la Máquina remontaría vuelo para ir a reunirse con algún vehículo espacial interestelar, en las proximidades de la Tierra. El único problema era que, mediante una minuciosa exploración óptica y con radar, no se hallaba el menor indicio de dicha nave. No parecía muy posible que a los extraterrestres se les hubiera pasado por alto algo tan humano como las necesidades fisiológicas. A lo mejor la Máquina no iba a ninguna parte sino que les haría algo a los tripulantes. En la cabina central no había instrumento alguno, nada con qué guiar la Máquina, ni siquiera una llave de encendido; sólo los cinco sillones orientados hacia adentro, para que cada tripulante pudiera observar a los demás.
Encima y debajo de la cabina, en la parte más angosta del dodecaedro, estaban los elementos orgánicos, con su intrincada y desconcertante arquitectura. En el interior de ese sector, aparentemente ubicadas al azar, se encontraban las clavijas de erbio, y por fuera se hallaban las tres cápsulas esféricas concéntricas, cada una de las cuales representaba una de las tres dimensiones físicas. Se suponía que las cápsulas colgaban por suspensión magnética puesto que la cartilla incluía un potente generador de campo magnético, y el espacio entre las cápsulas y el dodecaedro debía ser un riguroso vacío.