Hadden bebía una gaseosa dietética y ella no había querido aceptar nada mas fuerte.
La tasa de recargo sobre el alcohol etílico debía de ser alta en la órbita, pensó.
— Claro que hay cosas que se extrañan… las largas caminatas, poder nadar en el mar, los amigos que caen de visita sin avisar. Pero de todas formas son cosas que yo tampoco hacía a menudo en la Tierra, y como ve, los amigos pueden venir a visitarme.
— El costo es carísimo.
— A Yamagishi, mi vecino, una mujer viene a verlo, llueva o truene, el segundo martes de cada mes. Después voy a presentárselo; es un personaje. Se trata de un famoso criminal de guerra, que fue sometido a proceso pero nunca llegó a ser condenado.
— ¿Qué es lo que le atrae de esto? Usted no piensa que está por terminar el mundo.
Entonces, ¿qué hace aquí?
— Me encanta la vista. Además, hay otros incentivos de orden jurídico. Una persona como yo, que ha propiciado nuevos inventos, industrias inéditas, está siempre expuesta a transgredir alguna ley. Esto suele ocurrir porque las leyes viejas no se han puesto a la par de la tecnología moderna. Se pierde mucho tiempo con los juicios, y eso disminuye el rendimiento. Pero todo esto — con un amplio ademán abarcó la Mansión y la Tierra — no pertenece a ningún país. Los propietarios de la Mansión somos mi amigo Yamagishi, yo y algunos otros. No puede ser nada ilegal surtirme de alimentos y satisfacer mis necesidades materiales, pero para estar más seguros, nos hemos propuesto trabajar sobre circuitos ecológicos cerrados. No existe tratado de extradición entre la Mansión y ninguno de los países de la Tierra. A mí me resulta más… efectivo residir aquí.
«No vaya a pensar que he cometido delito alguno, pero como nos dedicamos a tantos temas novedosos, preferimos no correr riesgos. Por ejemplo, algunos creen que fui yo quien saboteó la Máquina, y no toman en cuenta que invertí cifras descabelladas para intentar construirla. Y usted vio lo que hicieron en Babilonia. Mis investigadores de seguros consideran que los atentados quizás hayan sido obra de la misma gente. No sé por qué tengo tantos enemigos; no lo entiendo, por ser que he hecho tanto bien a la humanidad. Por todo esto supongo que lo mejor es que yo viva aquí.
«Ahora bien; era sobre la Máquina que quería hablar con usted. La catástrofe de la clavija de erbio fue terrible… Realmente siento muchísimo la muerte de Drumlin, un hombre tan luchador. Para usted debe de haber sido una conmoción. ¿Seguro que no quiere beber algo?
A Ellie le bastaba con mirar la Tierra y escuchar.
— Sí yo no me desanimé con lo de la Máquina — prosiguió Hadden —, no veo por qué tenga que desalentarse usted. Tal vez le inquiete la posibilidad de que nunca se termine la Máquina norteamericana, de que haya tantas personas empeñadas en su fracaso. La Presidenta comparte la misma preocupación. Además, esas fábricas que levantamos, no son meras plantas de montaje. Hemos estado elaborando productos artesanales y va a ser muy costoso reponer todo lo que se perdió. A lo mejor piensa que quizás haya sido una mala idea desde el principio, que fuimos unos tontos en apresurarnos y que convendría efectuar un análisis global. Y aunque no se plantee todo esto, sé que la Presidenta sí lo piensa.
«Por otra parte, si no lo hacemos pronto, temo que jamás podamos llevarlo a cabo. No creo que la invitación quede en pie eternamente.
— Me sorprende que lo diga, porque precisamente de eso conversábamos con Valerian y Drumlin en el momento previo al accidente. Al sabotaje — se corrigió —. Continúe, por favor.
— Casi todas las personas con convicciones religiosas, suponen que este planeta es un experimento; en eso se resumen sus creencias. Siempre hay algún dios que fisgonea, que se mete con las esposas de los mercaderes, que entrega tablas de la ley en una montaña, que nos ordena mutilar a nuestros hijos, que nos indica qué palabras podemos decir y cuáles no, que nos hace sentir culpa por el hecho de experimentar un placer. ¿Por qué no nos dejan en paz? Tal grado de intervención proviene de una gran incompetencia.
Si Dios no quería que la mujer de Lot se volviera, ¿por qué no la hizo obediente, para que le hiciera caso al marido? O tal vez si no lo hubiera hecho a Lot tan idiota, quizá la esposa lo habría respetado más. Si Dios es omnipotente y omnisciente, ¿por qué no creó el mundo tal como quería que fuese? ¿Por qué siempre lo está arreglando y quejándose? Si hay algo que la Biblia deja en claro es la chapucería de Dios como fabricante. No sirve para el diseño ni para la ejecución de una obra. Si tuviera que competir con otros, se fundiría de inmediato.
«Por eso no creo que seamos un experimento. A lo mejor hay otros planetas experimentales en el universo, sitios en donde los aprendices de dioses pueden poner a prueba sus aptitudes. Qué lástima que Rankin y Joss no hayan nacido en uno de esos planetas. Pero en éste — una vez más señaló hacia la ventana —, no hay ni la más mínima intervención divina. Los dioses no vienen a componer las cosas que nos salieron mal.
Fíjese en la historia del hombre, y se dará cuenta de que siempre estuvimos solos.
— Hasta ahora — dijo Ellie —. ¿Deus ex machina? ¿Eso es lo que cree? ¿Piensa que por fin los dioses se compadecieron de nosotros y por eso nos mandaron la Máquina?
— Yo más bien pienso Machina ex deo, o como se diga en latín. No, no creo que seamos un experimento, por el contrario, éste es el planeta que a nadie le interesaba, el sitio donde nadie quiso intervenir. Un ejemplo de todo lo que puede suceder si ellos no toman cartas en el asunto, una clase modelo para los aprendices de dioses. «Si no hacen las cosas bien», se les dijo, «les va a salir un planeta como la Tierra». Pero desde luego, como sería un desperdicio destruir un mundo útil, de vez en cuando nos controlan, por si acaso. La última vez que nos observaron, retozábamos en las praderas, tratando de emular a los antílopes. «Bueno, está bien», dijeron. «Esa gente nunca nos traerá problemas. Vamos a controlarlos dentro de diez millones de años, pero para estar más seguros, convendría supervisarlos mediante frecuencias de radio.»
«De pronto un día suena una alarma.» Mensaje de la Tierra. «¿Cómo? ¿Ya tienen televisión? A ver qué es lo que han hecho.» Estadio olímpico, banderas nacionales, ave de rapiña, Adolf Hitler, multitudes entusiastas. «Ajá», dicen. Ellos conocen las señales de peligro. Rápidos como la luz, nos advierten: «Basta, ya, muchachos. El planeta en que viven es perfecto. ¿Por qué no se ponen a construir esta Máquina?» Se preocupan al vernos bajar por una pendiente y piensan que algo hay que hacer para que no nos desbarranquemos. Por eso yo también considero que debemos fabricar la Máquina.
Ellie sabía lo que hubiera pensado Drumlin de argumentos semejantes. Pese a que mucho de lo expresado por Hadden coincidía con sus propias ideas, estaba cansada de oír engañosas especulaciones respecto de qué podían pensar los veganos. Deseaba que continuara el proyecto, que se terminara la Máquina y se la pusiera en funcionamiento, que comenzara una nueva etapa en la historia de la humanidad. Todavía desconfiaba de las motivaciones que la animaban, pensaba con cautela aun cuando se la mencionara como posible candidata a integrar la tripulación de la Máquina. Por ende, las demoras en reanudar la construcción le daban tiempo para poner en orden sus ideas.
— Vamos a cenar con Yamagishi. Ya verá usted que le cae muy bien. Pero estamos un poco preocupados por él porque de noche mantiene muy baja su presión parcial de oxígeno.
— ¿Eso qué significa?
— Bueno, cuanto menor sea el contenido de oxigeno en el aire, más se prolonga la vida, o al menos eso es lo que afirman los médicos. Por eso todos controlamos la cantidad de oxígeno en las habitaciones. Durante el día no puede ser inferior al veinte por ciento, porque uno queda como atontado; se deteriora el funcionamiento mental. Sin embargo, de noche podemos disminuir la presión parcial del oxigeno, aunque siempre existe el riesgo de bajarla demasiado. Este último tiempo Yamagishi la reduce al catorce por ciento porque quiere vivir eternamente, y en consecuencia, no lo notamos lúcido hasta el mediodía.