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— Yo he vivido siempre así, con un veinte por ciento de oxígeno — comentó Ellie, con una sonrisa.

— Él ahora está probando con drogas nootrópicas para eliminar el embotamiento y mejorar su memoria. No sé si también sirven para volvernos más inteligentes, pero al menos eso dicen. El hecho es que Yamagishi ingiere una cantidad enorme de nootrópicos y no respira suficiente oxigeno por la noche.

— ¿Su conducta es medio excéntrica?

— No sabría decirle, puesto que no conozco muchos criminales de guerra de noventa y dos años para compararlo.

— Precisamente por eso sería necesario verificar el experimento.

Hadden sonrió.

Pese a su avanzada edad, Yamagishi ostentaba el porte erguido adquirido durante sus largos años al servicio del Ejército Imperial. Era un hombre diminuto, completamente calvo, de fino bigote blanco y una plácida expresión en el rostro.

— Yo vine aquí por las caderas — explicó —. No me importa tanto la cura del cáncer, ni la prolongación de la vida, pero sí me preocupan las caderas. A mi edad, los huesos se quiebran con mucha facilidad. El barón Tsukuma se cayó de la cama y se murió. Medio metro, apenas, y se fracturó. En gravedad cero, las caderas no se quiebran.

El argumento parecía razonable.

Aunque hubo que hacer algunas concesiones de orden gastronómico, la cena fue de una asombrosa elegancia. Se había desarrollado toda una tecnología especializada para obtener comida sin peso.

Las fuentes eran cubiertas; las copas de vino tenían tapa y bombilla. Los alimentos tales como las nueces o los copos de maíz estaban prohibidos.

Yamagishi insistió para que probara el caviar. Se trataba de una de las pocas comidas occidentales — sostuvo — que era más barato enviar al espacio que comprar en la Tierra.

Era una suerte que hubiera tal cohesión entre las huevas de caviar, pensó Ellie. Trató de imaginar miles de huevas en caída libre, entorpeciendo el desplazamiento de ese asilo orbital. De pronto recordó que también su madre estaba internada en un asilo, aunque mucho más modesto que aquél. De hecho, orientándose por los Grandes Lagos — que en ese momento se veían a través del ventanal —, podía precisar el sitio exacto donde se encontraba ella. Se reprochó haberse dado el lujo de dedicar dos días a conversar con traviesos multimillonarios en la órbita terrestre, pero no encontrar nunca quince minutos libres para charlar con su madre. Se prometió entonces llamarla apenas regresara a la playa Cocoa. Enviarle un comunicado desde la órbita, se dijo, quizá sería demasiado novedoso para los ancianos que residían en el instituto geriátrico de Janesville (Wisconsin).

Yamagishi interrumpió sus pensamientos para informarle que él era el hombre de más edad que jamás hubiese estado en el espacio. Hasta el ex vicepremier chino era menor.

Se quitó la chaqueta, se arremangó, flexionó el bíceps y le pidió que le tocara un músculo.

En seguida pasó a enumerar con precisión de detalles todas las obras de beneficencia a las que había contribuido.

Ellie procuró establecer una conversación cordial.

— Todo es muy tranquilo y plácido aquí arriba. Usted seguramente disfruta del retiro.

Si bien el comentario iba dirigido a Yamagishi, fue Hadden quien respondió.

— No vaya a creer que aquí no pasa nada. De vez en cuando se presenta alguna crisis que nos exige obrar de prisa.

— El resplandor del sol es muy pernicioso porque provoca esterilidad — comentó Yamagishi.

— En efecto. Si se produce un importante resplandor solar, disponemos de unos tres días antes de que las partículas cargadas lleguen a la Mansión. Por eso, los residentes permanentes, como Yamagishi-san y yo, nos vamos al refugio contra tormentas. Todo muy espartano, muy cerrado, pero allí la diferencia es notable porque hay suficiente blindaje como para contrarrestar la radiación. Por supuesto, también hay cierto grado de radiación secundaria. Pero claro, el personal no permanente y los visitantes tienen que partir en ese lapso de tres días. Ese tipo de emergencia constituye un obstáculo para la flota comercial. En ocasiones hemos tenido que llamar a la NASA o a los soviéticos para que vengan a rescatar a alguien. Usted ni se imagina a las personas que tenemos que despachar durante esos episodios de resplandor solar: mañosos, jefes de servicios de inteligencia, mujeres hermosas…

— ¿Por qué me da la sensación de que el sexo ocupa uno de los primeros puestos entre los productos que se importan de la Tierra? — preguntó Ellie, sin mucho agrado.

— Porque es así, y debido a múltiples razones; entre ellas, la clientela, la belleza de este lugar… Sin embargo, el principal motivo es la gravedad cero, que le permite a uno hacer a los ochenta años cosas que ni siquiera creía posibles a los veinte. Tendría que venir a pasar unas vacaciones aquí… con su novio. Tómelo como una invitación formal de mi parte.

— Noventa — sentenció Yamagishi.

— ¿Cómo?

— Que se pueden hacer a los noventa años cosas que ni se soñaban a los veinte; eso decía Yamagishi. Por eso todos quieren instalarse aquí.

Cuando llegó el café, Hadden volvió a tratar el tema de la Máquina.

— Yamagishi-san y yo nos hemos asociado con otras personas. Él es presidente honorario del directorio de Industrias Yamagishi que, como usted sabe, es el principal contratista para la puesta a prueba de la Máquina, en Hokkaido. Ahora bien; para que se imagine nuestro problema le voy a dar un ejemplo. Pensemos en las tres cápsulas concéntricas. Están hechas de una aleación de niobio y obviamente la intención es que giren en tres direcciones ortogonales, a alta velocidad, en un vacío. Benzels, se las llama.

Todo esto usted ya lo sabe, desde luego. ¿Qué pasa? Los más prestigiosos físicos aseguran que no ocurrirá nada, pero claro, nadie hizo el experimento, de modo que no puede saberse. Supongamos que algo sucede cuando se ponga en funcionamiento la Máquina. ¿De qué dependerá? ¿De la velocidad de rotación? ¿De la composición de los benzels? ¿Será una cuestión de escala? Nosotros hemos fabricado estas cosas, en escala y en su verdadero tamaño. Queremos hacer girar nuestra propia versión de los benzels grandes, los que se acoplarán a los demás componentes de la Máquina.

Supongamos que lo hacemos y no ocurre nada raro. Después, vamos a querer ir agregándole los componentes de a uno, en un trabajo de integración de sistemas.

Imagínese si, en el momento de incorporar uno de los componentes — no el último —, la Máquina reacciona de manera sorprendente. El único interés que nos anima es poder entender cómo funciona la Máquina. ¿Ve adónde quiero llegar?

— ¿Dice usted que están montando en secreto una réplica fiel de la Máquina en el Japón?

— Bueno, no es exactamente un secreto. Estamos poniendo a prueba cada componente, pero nadie dijo que hubiera que hacerlo de a uno por vez. Le cuento lo que Yamagishi-san y yo proponemos: cambiaríamos las fechas fijadas para los experimentos de Hokkaido. Haríamos una integración total de sistemas, y si no pasa nada, comenzaríamos después la verificación de cada componente en particular. De todos modos, el dinero ya está invertido.

«Tenemos la convicción de que van a pasar meses — años quizás — antes de que los norteamericanos recuperen lo perdido, y no creemos que los rusos logren adelantarse en dicho período. Japón es el único que tiene posibilidades. No habría por qué anunciarlo en este momento, ni tomar ahora la decisión de activar la Máquina, puesto que sólo comenzaremos a probar los componentes.