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En el momento en que se zambullían en otro túnel — éste más ancho y sinuoso que los anteriores — Lunacharsky le preguntó a Eda qué razón habría para que se hubiesen instalado las estaciones del subterráneo en sistemas estelares tan poco auspicios.

— ¿Por qué no están alrededor de una única estrella joven y sin residuos?

— Yo supongo — repuso Eda —, que el motivo es que todos los sistemas están deshabitados.

— Y tampoco quieren que los turistas amedrenten a los nativos — acotó Sukhavati.

Eda sonrió.

— O a la inversa.

— Pero eso es lo que piensas tú, ¿no? Que existe una especie de ética de no interferencia con los planetas primitivos. Ellos saben que de vez en cuando algunos primitivos podrían usar el subterráneo.

— Están muy seguros de los primitivos — continuó Ellie el pensamiento —, pero no pueden estarlo del todo. Al fin y al cabo, los primitivos son precisamente eso: primitivos, y por lo tanto sólo se les permite viajar en los subterráneos que van al interior, a los distritos rurales. Los fabricantes deben ser muy precavidos. Pero entonces, ¿por qué nos enviaron un tren local y no un rápido?

— Quizá sea muy complicado fabricar un túnel para trenes rápidos — sugirió Xi, con toda su experiencia en excavaciones. Ellie recordó el túnel que unía Honshu y Hokkaido, uno de los grandes orgullos de la ingeniería civil de la Tierra, y que medía apenas cincuenta y un kilómetros.

Las curvas se volvieron muy pronunciadas. Ellie pensó en su Thunderbird y sintió un amago de náuseas, que decidió contener mientras pudiera, puesto que el dodecaedro no contaba con bolsitas especiales para ese tipo de emergencias.

Bruscamente encararon una recta, y en el acto los rodeó un cielo estrellado.

Dondequiera que mirara había estrellas, pero no las comunes, que los observadores de la Tierra captaban a simple vista, sino multitudes, muchas que parecían casi rozarse unas con otras, que la envolvían en todas las direcciones algunas de una tonalidad amarilla, azul o roja, especialmente rojas. El firmamento resplandecía con la luminosidad de cercanos soles. Alcanzó a distinguir una inmensa nube de polvo en forma de espiral, un disco que al parecer se introducía en un agujero negro de sorprendentes proporciones, del cual partían fogonazos de radiación. Si ése era el centro de la Galaxia, como sospechaba, estaría bañado en radiación sincrotrónica. Deseó que los extraterrestres se acordaran de lo frágiles que eran los humanos.

A medida que el dodecaedro giraba, su campo visual abarcó… un prodigio, una maravilla, un milagro. Casi en el acto se hallaron delante de él, de ese algo que ocupaba medio cielo. Al sobrevolarlo, notaron que su superficie eran cientos, miles quizá, de puertas iluminadas, cada una de distinta forma. Muchas eran poligonales, circulares, otras poseían apéndices protuberantes o una secuencia de círculos superpuestos, levemente desviados del centro. Ellie comprendió que se trataba de puertos de amarre; algunos, de escasos metros de tamaño, mientras que otros medían kilómetros de largo, o más. Cada uno — supuso — era un gálibo para máquinas interestelares, como la que utilizaban ellos.

Las criaturas importantes, dueñas de complejas máquinas, poseían imponentes puertos de amarre. A las criaturas insignificantes, como los humanos, les estaban destinados atracaderos minúsculos. Se trata de un planteamiento democrático, sin privilegios hacia civilización alguna. La diversidad de puertos era un indicio de ciertas diferencias sociales entre las civilizaciones, pero sugería una pavorosa diversidad de seres y culturas. ¡Como si fuera la estación ferroviaria Grand Central, de Nueva York! pensó.

La perspectiva de una Galaxia poblada, de un universo rebosante de vida e inteligencia, le dio deseos de llorar de alegría.

Se aproximaban a un puerto con iluminación amarilla que, según advirtió, era el gálibo justo para el dodecaedro en el que viajaban. Reparó en un puerto contiguo donde un objeto, del tamaño del dodecaedro pero con forma de estrella de mar, se insinuaba suavemente bajo su gálibo. Miró a diestra y siniestra, arriba y abajo, estudió la curvatura casi imperceptible de esa estación Grand Central, situada, en su opinión, en el centro mismo de la Vía Láctea. ¡Qué reivindicación para la especie humana que por fin los hubiesen invitado allí! «Aún nos quedan esperanzas», se dijo. «¡Nos quedan esperanzas!»

— Bueno, esto no es Bridgeport — comentó en voz alta, mientras concluía en silencio la maniobra de amarre.

Capítulo veinte — Estación Grand Central

Todas las cosas son artificiales, puesto que la naturaleza es el arte de Dios.

THOMAS BROWNE «On Dreams», Religio Medici (1642)

Los ángeles necesitan un cuerpo supuesto, no por ellos mismos sino para beneficio de nosotros.

SANTO TOMÁS DE AQUINO Summa Theologica, I, 51. 2

…pues al diablo le es dado presentarse en forma grata.

WILLIAM SHAKESPEARE Hamlet, II, 2, 628

La cámara de aire tenía capacidad para una persona por vez. Cuando se plantearon cuestiones de prioridad — qué país debía ser el primero representado en otra estrella —, los Cinco habían reaccionado con fastidio puesto que no los alentaba ese tipo de sentimientos competitivos. Luego se propusieron expresamente no tratar ese tema entre ellos.

Ambas puertas de la cámara de aire, la interior y la externa, se abrieron en forma simultánea. Al parecer, ese sector de Grand Central contaba con una adecuada presurización y suficiente oxígeno.

— ¿Y bien? ¿Quién quiere salir primero? — preguntó Devi.

Mientras aguardaba en fila con su cámara de vídeo en la mano, Ellie decidió que debía llevar consigo la hoja de palmera en el instante en que pisara por primera vez el nuevo mundo. Cuando fue a recogerla, oyó exclamaciones de júbilo afuera, quizá de Vaygay.

Ellie se internó presurosa bajo la brillante luz solar. En el umbral de la puerta exterior divisó arena. Devi se había sumergido hasta los tobillos en el agua, y salpicaba a Xi. Eda ostentaba una ancha sonrisa.

Era una playa y las olas morían sobre la arena. En el cielo azul, se veían unos perezosos cúmulos. Había grupos de palmeras a espacios irregulares, retirados de la orilla, y un sol en lo alto. Un solo sol, amarillo. Igualito al nuestro, pensó Ellie. Un tenue aroma perfumaba el aire; clavo de olor, quizás, y canela. Bien podía haber sido una playa de Zanzíbar.

De modo que habían viajado treinta mil años luz para caminar por una playa. Podría ser peor, pensó. La brisa formaba remolinos de arena ante sus ojos. ¿Acaso eso era una copia de la Tierra, reconstruida tal vez por los datos aportados por una expedición exploradora millones de años antes? ¿No sería que los cinco habían realizado ese viaje épico con el fin de aumentar su conocimiento sobre la astronomía descriptiva, para ser luego abandonados, sin mucha ceremonia, en algún bello rincón de la Tierra?

Al volverse, descubrió que el dodecaedro había desaparecido. A bordo había quedado la supercomputadora con su biblioteca de referencia, así como también parte del instrumental. La preocupación les duró escasamente un minuto. Estaban sanos y salvos, y el viaje valía la pena ser relatado luego en la Tierra. Vaygay miró la hoja que tanto se había empeñado Ellie en llevar; luego posó sus ojos en las palmeras de la playa y se rió.

— Como llevar carbón a Newcastle — comentó Devi.

Sin embargo, su hoja era distinta. Tal vez allí crecieran especies diferentes; o quizá la variedad local la hubiese producido un fabricante chapucero. Contempló el mar y no pudo menos de imaginar la primera colonización de la Tierra, cuatrocientos millones de años antes. Dondequiera que estuviesen en ese momento — ya fuese en el Océano Indico o en el Centro de la Galaxia —, los Cinco habían protagonizado un hecho sin precedentes.