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— Me desperté con dolor de cabeza, y creo que tuve unos sueños insólitos. No me cepillé los dientes ni bebí mi habitual café negro. También me agradaría leer el diario de la mañana. Salvo todo eso, estoy bien.

— Entonces no es nada grave. A mí también me duele un poco la cabeza. Cuídate, Ellie, y trata de recordar todo, así me lo cuentas… la próxima vez que nos veamos.

— Te lo prometo.

Se desearon suerte y se despidieron con un beso. Devi pisó el umbral y desapareció.

La puerta se cerró a sus espaldas. Luego Ellie creyó percibir cierto aroma a curry.

Se lavó los dientes con agua salada. Siempre había tenido un sesgo demasiado puntilloso de carácter. Desayunó con leche de coco y quitó con sumo cuidado la arena que se había juntado en la parte exterior de su microcámara y en el pequeño arsenal de videocasetes donde había registrado maravillas. Enjuagó la hoja de palmera en el mar, tal como lo había hecho el día en que la encontró en la playa de Cocoa, antes de emprender el viaje a Matusalén.

Decidió darse un baño ya que la mañana se había vuelto calurosa. Dejó la ropa doblada sobre la hoja de palmera y se internó, audaz, entre las olas. «No importa lo que pase», pensó, «es muy improbable que a los extraterrestres los excite ver una mujer desnuda, por bien conservada que esté». Trató de imaginar a un microbiólogo arrastrado a cometer crímenes pasionales luego de analizar la constitución de las células de un protozoario.

Flotó de espaldas, dejándose mecer por las olas. Pensó en miles de… cámaras, mundos simulados — o lo que fueren —, cada uno de ellos una copia fiel de la zona más hermosa del planeta madre de cualquier persona. Y cada representación con su cielo, su océano, su geología, su vida nativa idéntica a la del original. Parecía un despilfarro, aunque también sugería un resultado positivo de la experiencia. Por enormes que fuesen los recursos con que se contaba, cabía suponer que nadie iba a construir un paisaje tan imponente para cinco especímenes de un mundo condenado.

Por otra parte… también se mencionaba la idea de que los extraterrestres fuesen una especie de guardianes de zoológico. ¿Y si esa inmensa estación, con semejante cantidad de puertos de amarre, fuera verdaderamente un zoológico? «Pasen a ver los exóticos animales en su hábitat natural» imaginaba pregonar a un anunciante.

Llegarían turistas procedentes de toda la Galaxia, en especial durante las vacaciones escolares. Después, el jefe de estación, despejaría momentáneamente el sitio de turistas y de bestias, borraría las pisadas de la playa, para que a su llegada, el nuevo contingente de nativos disfrutara de medio día de descanso y recreación antes de someterlos al suplicio de las pruebas.

A lo mejor, ésa era la forma que tenían de abastecer los zoológicos. Recordó los animales enjaulados en los zoológicos terrestres que tenían dificultades para la reproducción al estar en cautiverio. Dio una voltereta en el agua, se zambulló debajo de la superficie, dio luego unas brazadas en dirección a la costa y, por segunda vez en veinticuatro horas, lamentó no haber tenido nunca un bebé.

La playa estaba desierta, y no se veía siquiera una vela en el horizonte. Unas pocas gaviotas rondaban cerca de la orilla, al parecer en busca de cangrejos. Deseó haber llevado pan para arrojarles unas migajas. Cuando ya estuvo seca, se vistió y fue a inspeccionar de nuevo la puerta, que simplemente estaba allí, aguardando. Todavía no se sentía con voluntad de entrar. Quizá más que desgana sintiese temor.

Se alejó, sin dejar de tenerla en su campo visual. Se sentó debajo de una palmera, flexionó las piernas hasta apoyar el mentón sobre las rodillas, y recorrió con la mirada la playa de arenas blancas.

Al rato se puso de pie. Con la hoja de palmera y la microcámara en una mano, se aproximó a la puerta e hizo girar el picaporte. Le dio un empujoncito y la puerta se abrió sin el menor chirrido. Al otro lado vislumbró la playa serena, desinteresada. Ellie entonces sacudió la cabeza, regresó al árbol y volvió a sentarse en actitud pensativa.

Le intrigaba saber dónde estarían sus compañeros. ¿Se encontrarían en algún edificio estrafalario, tildando respuestas en alguna prueba de elección múltiple? ¿O acaso la evaluación sería oral? ¿Y quiénes eran los examinadores? Una vez más se dejó dominar por la inquietud. Cualquier otro ser inteligente — que hubiera crecido en un mundo remoto, en condiciones físicas extrañas y con una serie completamente distinta de mutaciones genéticas —, un ser de esas características, seguramente no se asemejaría a nadie conocido, ni siquiera imaginado. Si ésa era la estación ferroviaria de la Prueba, debía de haber jefes de estación sin el más mínimo rasgo humano. Sentía en lo profundo de su ser un rechazo instintivo por los insectos, los topos y las serpientes. Era de esas personas que se estremecen — peor aún, que sienten asco — cuando se ven frente a seres humanos hasta con la más leve malformación. Los tullidos, los niños mongólicos, incluso los que padecen el mal de Parkinson, le provocaban desagrado y deseos de huir. Por regla general conseguía dominarse, pero se preguntaba si, con su actitud, no habría herido los sentimientos de alguien en alguna oportunidad. Nunca reflexionaba demasiado sobre el tema, tomaba conciencia de su turbación y enseguida pensaba en otra cosa.

No obstante, en ese momento temía no poder enfrentarse — y mucho menos conquistar — a un extraterrestre. No se había tenido en cuenta ese aspecto al seleccionar a los Cinco. Nadie les preguntó si les daban miedo los ratones, los enanos o los marcianos porque sencillamente no se le cruzó por la mente a ningún comité examinador.

Le llamaba la atención que a nadie se le hubiese ocurrido puesto que se trataba de algo importante.

Había sido un error enviarla a ella. Tal vez caería en desgracia si debía representarse delante de un galáctico con serpientes en el pelo, o peor aún, era probable que, si la sometían a una prueba, inclinaría la balanza en contra, y la especie humana sería suspendida en el examen. Contempló con aprensión y añoranza a un mismo tiempo la enigmática puerta cuya base había quedado bajo el agua al subir la marea.

Divisó la silueta en la playa, a lo lejos. Primero supuso que era Vaygay, que ya había terminado su prueba y venía a contarle la buena noticia. Luego reparó en que la persona no vestía mono y que era más joven, más vital. Tomó la cámara, pero por alguna razón vaciló. Se puso de pie y se llevó la mano a los ojos para protegerse del resplandor del sol.

Por un momento tuvo la sensación… No, eso era imposible. No creía que fuesen a aprovecharse de ella con tanto descaro.

Sin embargo, no pudo contenerse y echó a correr hacia él por la parte firme de la arena, junto a la orilla. El hombre estaba igual que en la última foto suya, feliz, lleno de energía, con la barba crecida luego de un día sin afeitarse. Ahogada en sollozos, se echó en sus brazos.

— Hola, Pres — la saludó él, acariciándole el pelo.

La voz era exacta, tal como la recordaba. También el porte, el aroma, la risa, el roce de la barba contra su mejilla. Todo junto contribuyó a hacerle perder el aplomo. Ellie tuvo la sensación de que se descorría una imponente roca y entraban los primeros rayos de luz en una tumba antigua, casi olvidada.

Tragó saliva y procuró dominarse, pero la enorme angustia que la conmovía le provocó otro acceso de llanto. Él le dio tiempo para reponerse, dirigiéndole la misma mirada tranquilizadora que recordaba haber visto en su rostro al pie de la escalera aquel día en que por primera vez ella se atrevió a emprender el temible descenso sin ayuda de nadie.

Lo que más había añorado era poder volver a verlo, pero siempre contuvo su anhelo dado lo imposible de llevarlo a cabo. En ese momento, en cambio, lloraba por todos los años que los habían separado.

De niña aún, y hasta de joven, solía soñar que llegaba él y le anunciaba que su muerte había sido un error, que en realidad estaba vivo. Pero esas fantasías le costaban caras, al despertarse luego en un mundo donde él ya no estaba.