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— Ésa es la cuestión principal, ¿no?

— Una de ellas. Puedes comprobar que, al cabo de un tiempo, las civilizaciones con perspectivas de corto plazo desaparecen.

Deseaba preguntarle qué era lo que sinceramente opinaba sobre los humanos, que le dijera desde el fondo de su corazón — o de cualquiera fuere su órgano interno equivalente — si la consideraba de la misma forma como ella tomaba a una hormiga. No obstante, no se atrevió a formular el interrogante por temor, quizás a la respuesta.

Por la cadencia de su voz, por los matices de su lenguaje trató de adivinar quién era ese ser disfrazado de su padre. Ella contaba con una enorme experiencia directa en el trato con los humanos, mientras que los jefes de estaciones galácticas tenían apenas un día. ¿No sería capaz de percibir algo acerca de la verdadera naturaleza que se escondía bajo esa fachada amable? No pudo. Por el contenido de sus palabras, ese hombre no era su padre, ni tampoco fingía serlo. Sin embargo, en todo lo demás era misteriosamente parecido a Theodore F. Arroway 1924–1960, ferretero, marido y padre ejemplar.

Procuraba con toda su voluntad no ser excesivamente sensiblera frente a esa… copia de su padre. También deseaba preguntarle qué había pasado desde que él llegó al cielo.

¿Qué opinaba de la Venida y el éxtasis? ¿Sobrevendría algún acontecimiento especial con el advenimiento del Milenio? Algunas culturas humanas prometían a los bienaventurados una vida ulterior en la cima de una montaña, en las nubes, en cavernas u oasis, pero no recordaba ninguna que ofreciera recompensar a los justos, después de su muerte, enviándolos a una playa.

— ¿Nos queda tiempo para algunas preguntas antes de… lo que haya que hacer?

— Sí, para una o dos.

— Háblame del sistema de transporte que utilizáis.

— Mejor te lo muestro directamente. No te muevas.

Una ameba de negrura total se desprendió del cenit, oscureciendo el sol y el cielo azul.

— Muy bueno el truco — musitó Ellie.

Bajo sus pies, la misma arena. Sobre su cabeza… el cosmos. Tenía la sensación de que se hallaba a una gran altura, por encima de la Vía Láctea, que miraban hacia abajo y divisaban su estructura en forma de espiral, mientras descendían hacia allí a una velocidad inaudita. El le explicaba con sencillez, empleando el lenguaje científico que a ella le resultaba familiar, en qué consistía esa estructura con forma de molinete. Le mostró el brazo espiral de Orión, en el cual se hallaba enclavado el Sol en esa época. Más hacia el interior en orden decreciente de importancia mitológica, se hallaba el brazo de Sagitario, el del Cisne-Carena y el de tres mil pársecs.

Apareció una red de líneas rectas que representaban el sistema de transporte que habían usado. La imagen le recordó los mapas indicadores de los subterráneos de París.

Eda había acertado. Cada estación — dedujo Ellie — se hallaba en el sistema de una estrella con doble agujero negro, de muy poca masa. Sabía que los agujeros negros no podían ser producto de un colapso estelar, de la normal evolución de los sistemas estelares puesto que eran demasiado pequeños. Quizá fueran primordiales, residuos que hubieran quedado del Big Bang, capturados por alguna inimaginable nave estelar, arrastrados luego hasta su correspondiente sitio. Quería preguntar sobre ese tema, pero la gira continuaba sin pausa.

Alrededor del centro de la Galaxia giraba un disco de hidrógeno, y dentro de él, un anillo de nubes moleculares que se desplazaban hacia la periferia. Él le mostró los movimientos ordenados del gigantesco complejo molecular Sagitario 82, lugar que, durante décadas, los radioastrónomos de la Tierra habían explorado en busca de moléculas orgánicas. Más cerca del centro encontraron otra inmensa nebulosa molecular, y luego Sagitario A, una intensa fuente de emisión de radioondas que la misma Ellie había observado desde Argos.

A continuación, en el propio núcleo de la Galaxia, trabados en un apasionado abrazo gravitacional, había un par de portentosos agujeros negros. La masa de uno de ellos era cinco millones de soles. De sus fauces emergían ríos de gas, del tamaño de los sistemas solares. Dos colosales — pensó en cuántas limitaciones tenían los idiomas terrestres —, dos monumentales agujeros negros giraban en órbita, uno alrededor del otro, en el centro de la Galaxia. Sobre uno se tenían noticias, o al menos se sospechaba su existencia; pero… ¿dos? Ese fenómeno, ¿no debía haber aparecido como un desplazamiento Doppler de las líneas espectrales? Se imaginó un cartel, debajo de uno de ellos, que dijera ENTRADA, y junto al otro, SALIDA. Por el momento, la entrada se encontraba en uso; la salida estaba simplemente allí.

Y era precisamente allí donde se hallaba la estación Grand Central, apenas en el límite exterior de los agujeros negros del núcleo de la Galaxia. Los cielos brillaban debido a los millones de estrellas jóvenes cercanas; sin embargo las estrellas, el gas y el polvo, eran consumidos por el agujero negro de entrada.

— Esto va a alguna parte, ¿verdad?

— Por supuesto.

— ¿Puedes decirme adonde?

— Claro. Todo termina en Cygnus A.

Sobre Cygnus A sí sabía algo. A excepción de unos restos de supernova que permanecían en Casiopea, Cygnus A era la más brillante fuente de emisión de radioondas de los cielos. Ella había calculado que, en un segundo, Cygnus A produce más energía que el Sol en cuarenta mil años. La fuente emisora se hallaba a seiscientos millones de años luz, mucho más lejos que la Vía Láctea, en el reino de las galaxias. Tal como ocurría con muchas fuentes extragalácticas de radioondas, dos enormes chorros de gas, que se desplazaban casi a la velocidad de la luz, estaban produciendo una compleja red de frente de choque con el gas intergaláctico, dando origen a una radiobaliza que brillaba con notable luminosidad en la mayor parte del universo. Toda la materia de esa inmensa estructura, a quinientos mil años luz, partía de un diminuto punto del espacio, exactamente a mitad de camino entre los chorros.

— ¿Quieres decir que están haciendo Cygnus A?

Le vino a la memoria una noche estival de su infancia, en Michigan, cuando sintió miedo de caerse al cielo.

— Pero no sólo nosotros. Se trata de un proyecto… de colaboración entre numerosas galaxias. Nuestra tarea consiste principalmente en el trabajo de ingeniería. Somos muy pocos los que nos dedicamos a las civilizaciones en surgimiento.

En cada pausa, Ellie experimentaba una especie de hormigueo en la cabeza, cerca del lóbulo parietal izquierdo.

— ¿Existen proyectos de cooperación intergalácticos? — preguntó —. ¿Quieres decir que hay infinidad de galaxias, cada una con su Administración Central, y a la vez formadas por cientos de miles de millones de estrellas? ¿Vierten millones de soles en Centauro… perdón, en Cygnus A? Discúlpame, pero la escala me deja anonadada. ¿Para qué lo hacéis? ¿Con qué intención?

— No debes pensar en el universo como en un desierto porque hace miles de millones de años que no lo es. Considéralo más bien… cultivado.

Nuevamente el hormigueo.

— Pero ¿con qué objeto? ¿Qué es lo que se puede cultivar?

— La cuestión básica es sencilla. No te dejes impresionar por la escala; al fin y al cabo, eres astrónoma. El problema radica en que el universo se expande, y no hay en él suficiente materia como para frenar la expansión. Después de un tiempo ya no hay otras galaxias, estrellas, planetas ni nuevas formas de vida… sólo lo mismo de siempre. Todo va a agotarse, y resultará aburrido. Por eso, en Cygnus A estamos poniendo a prueba la tecnología para producir algo novedoso, que podríamos denominar un experimento en remodelación urbana. No es nuestro único ensayo. Puede suceder que, más adelante, decidamos clausurar un sector del universo e impedir que el espacio se quede cada vez más vacío a medida que transcurren los eones. La manera de lograrlo, por supuesto, es aumentando la densidad de la materia local. Es un trabajo como cualquier otro.