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Igual que dirigir una ferretería en Wisconsin.

Si Cygnus A se hallaba a seiscientos millones de años luz, los astrónomos de la Tierra — o de cualquier punto de la Vía Láctea, para el caso — lo veían tal como había sido seiscientos millones de años atrás. Sin embargo, sabía que, seiscientos millones de años antes no había en la Tierra ni el menor signo de vida. Ellos eran viejos.

Seiscientos millones de años antes, en una playa como ésa… pero sin cangrejos, gaviotas ni palmeras. Trató de imaginar una planta microscópica arrastrada a la costa, mientras esos seres se ocupaban de experimentar con la galactogénesis y los principios básicos de la ingeniería cósmica.

— ¿Hace seiscientos millones de años que venís arrojando materia en Cygnus A?

— Bueno, lo que captasteis mediante la radioastronomía fue sólo una de nuestras primeras pruebas de factibilidad. Ahora hemos avanzado mucho más.

Y a su debido tiempo, al cabo de millones de años, los radioastrónomos de la Tierra — si aún quedaban — detectarían un adelanto sustancial en la reconstrucción del universo alrededor de Cygnus A. Se preparó para enterarse de ulteriores revelaciones, proponiéndose no dejarse apabullar. Existía una jerarquía de seres en una escala que ella jamás imaginó. Sin embargo, la Tierra tenía su lugar, un puesto clave en dicha jerarquía porque seguramente ellos no se habían tomado semejantes molestias si no era con algún fin.

La negrura se desplazó hasta el cenit y allí fue consumida. Retornaron entonces el Sol y el cielo azul. El paisaje era el mismo: marejada, arena, palmeras, puerta, microcámara, hoja de palmera, y su… padre.

— Esas nubes interestelares y esos anillos que se mueven cerca del núcleo de la Galaxia ¿no se deben a explosiones periódicas que se producen por aquí? ¿No es peligroso situar la Estación en este lugar?

— Episódicas, no periódicas. Las hay de pequeña magnitud, no como las que provocamos en Cygnus A. Y puede controlárselas. Cuando sabemos que se avecina una, nos acurrucamos. Si el riesgo es grande, trasladamos provisoriamente la Estación a otro sitio. Pero todo esto es trabajo de rutina.

— Claro, de rutina. ¿Vosotros lo construisteis todo? Digo los subterráneos. ¿Vosotros y los otros… ingenieros de las demás galaxias?

— No, no. No construimos nada.

— Explícamelo mejor, porque no entiendo.

— Al parecer, ocurrió lo mismo en todas partes. En nuestro caso, surgimos hace mucho tiempo en muchos mundos distintos de la Vía Láctea. Los primeros de nosotros desarrollaron los vuelos interestelares y por azar descubrieron una de las estaciones de tránsito. Desde luego no sabíamos qué era. Nosotros ni siquiera podíamos asegurar que fuese algo artificial, hasta que algunos valientes se atrevieron a deslizarse por allí.

— ¿Quiénes son esos «nosotros»? ¿Te refieres a los antepasados de tu… raza, de tu especie?

— No, no. Somos numerosas especies de muchos mundos. Llegamos a hallar gran cantidad de subterráneos — de diversas edades y estilos de ornamentación —, todos abandonados. Como la mayoría se encontraba en buenas condiciones, lo único que hicimos fue repararlos e introducirles algunas mejoras.

— ¿No había ningún otro artefacto, ciudades muertas, crónicas de la época?

Él negó con la cabeza.

— ¿Ningún planeta industrializado que hubiese sido abandonado?

Él repitió el gesto.

— ¿Quieres decir que hubo una civilización que abarcó toda la galaxia, y que desapareció sin dejar rastros, salvo las estaciones?

— Fue más o menos así. Y lo mismo sucedió en otras galaxias. Hace miles de millones de años se fueron a otra parte, y no tenemos ni idea de a qué sitio.

— Pero, ¿dónde pueden haber ido?

Él meneó la cabeza por tercera vez.

— ¿Entonces vosotros no…?

— Somos meros guardianes. Quizás algún día regresen.

— Bueno, una sola más — imploró Ellie, blandiendo el dedo índice como seguramente habría sido su costumbre a los dos años —. Una última pregunta.

— Está bien — aceptó él, tolerante —. Pero mira que nos quedan pocos minutos.

Ellie echó otro vistazo a la puerta y contuvo un estremecimiento al ver que pasaba a su lado un cangrejo pequeño, casi transparente.

— Quiero que me hables de vuestros mitos, vuestras religiones. ¿Hay algo que os inspire sobrecogimiento, o acaso los creadores de lo sobrenatural no sentís nada frente a ello?

— También vosotros hacéis lo sobrenatural, pero ya sé qué es lo que me preguntas.

Claro que lo sentimos. Comprenderás que me cuesta mucho comunicarte algunas de estas cosas, y por eso prefiero ilustrarte con un ejemplo, que no será del todo exacto, pero al menos te dará…

Hizo una pausa y ella sintió de nuevo el hormigueo, esa vez en el lóbulo occipital izquierdo. Tuvo la sensación de que él le estaba efectuando disparos a sus neuronas.

¿Hubo algo que él no había captado la noche anterior? De ser así, se alegraba puesto que eso quería decir que no eran seres perfectos.

— …cierta idea de qué es lo sobrenatural para nosotros. Se refiere a pi, o sea la relación entre la circunferencia y el diámetro de un círculo. Esto lo conoces, por supuesto, como también sabes que pi es inconmensurable. No hay criatura en el universo, por inteligente que sea, que pueda calcular pi hasta su último dígito porque no existe, sino que las cifras se prolongan hasta el infinito. Los matemáticos humanos realizaron el esfuerzo de calcularlo hasta…

De nuevo el hormigueo.

— …su diez mil millonésimo dígito. Me imagino que no te sorprenderá enterarte de que otros matemáticos han avanzado aún más. Bueno, cuando se llega a diez a la vigésima potencia, ocurre algo. Desaparecen los números fortuitos, y durante un período increíblemente prolongado se obtiene sólo una larga serie de unos y ceros.

Distraídamente, él trazó un círculo en la arena con un dedo del pie.

— ¿Los ceros y los unos por último se interrumpen y se vuelve a la secuencia de números al azar? — Al ver una expresión de aliento en el rostro masculino, ella se apresuró a seguir —. Y la cantidad de ceros y de unos, ¿es producto de los números primos?

— Sí, de once de ellos.

— ¿Sugieres que existe un mensaje en once dimensiones oculto en lo más profundo del número pi, que alguien del universo se comunica mediante… la matemática? Explícame más, porque me cuesta comprender. La matemática no es arbitraria, o sea que pi debe tener el mismo valor en cualquier parte. ¿Cómo es posible esconder un mensaje dentro de pi? Está inserto en la trama del universo.

— Exacto.

Se quedó mirándolo.

— Hay algo todavía más interesante. Supongamos que la secuencia de ceros y unos aparece sólo en la matemática de base diez y que los seres que efectuaron este descubrimiento tenían diez dedos. Sería como si, durante millones de años, pi hubiese estado aguardando la llegada de matemáticos con diez dedos y veloces computadoras.

Por eso pienso que el Mensaje venía destinado a nosotros.

— Pero esa no es más que una metáfora, ¿verdad? No se trata de pi ni de diez elevado a la vigésima potencia. Y vosotros en realidad no tenéis diez dedos.

— Te diría que no. — Sonrió.

— Por Dios, ¿qué es lo que dice el Mensaje?

El levantó un índice y señaló la puerta, por donde, en ese momento, salía un grupito de personas trabadas en alegre conversación.