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– Mi sacerdocio. -Movió la cabeza para abarcar un tanto vagamen____________________guista de mañana. Nada místico. Es lo que pasa. Espera y verás.gativos a rondar Colorado algún día, porque es una ley tan universal e implacable como la de la Gravedad que el esquirol de hoy es el huelte a toda la población sin trabajo-. Estos chicos austríacos que ahora mismo parecen tan sumisos y atentos volverán como espectros ven

– ¿Dónde se alojará, Reverendo?

– En ningún sitio más de una noche. Simplifica las cosas. En cuan_to a ti, me han dicho que esa casa en la otra acera está bastante bien. A no ser que prefieras el hotel Nacional o algo así.

– ¿Nos volveremos a ver?

– Cuando me necesites. El resto del tiempo seré invisible. Ve con cuidado, Frank. Dale recuerdos a tu madre.

Frank consiguió una habitación, se pasó por el Oíd Yellowstone Saloon, empezó a beber, se llevó una botella a la habitación, no tardó en emborracharse, se sintió desdichado y se sumió en el estupor, del que unos chillidos en la habitación contigua lo sacaron en algún mo_mento de la noche.

– ¿Todo bien ahí dentro?

Un chico de unos quince años estaba acuclillado contra la pared, con los ojos abiertos como platos.

– Claro, sólo nos peleábamos con unas chinches. -Movió las cejas con vigor y fingió que blandía una fusta-, ¡Atrás! ¡Atrás!

Frank sacó su bolsa de tabaco y papel de liar.

– ¿Fumas?

– Habanos, básicamente, pero no me importaría echarme uno de esos que estás liando.

Fumaron un rato; Julius, que así se llamaba el chico, había venido de Nueva York, formando parte de una compañía de cantantes, baila__dos y huido en plena noche.rines y cómicos de gira por todo el país. Cuando llegaron a Denver, se encontraron con que el artista principal había cogido la paga de to

– La patrona es amiga del señor Archer, por eso estoy aquí condu_ciendo la carreta de comestibles.

– Y supongo que los animales del tiro te están haciendo pasar un mal rato, ¿eh?

– Sólo cuando quiero dormir. -El chico fingió lanzar una mirada desquiciada alrededor, moviendo los ojos a toda velocidad-. Es la vie_ja maldición del mundo del espectáculo, ¿verdad? Buscas trabajo, lo que te den, y dices que sí a cualquier cosa. Fui tan loco como para decirle al señor Archer que sabía conducir una carreta. Todavía no sé cómo se hace, pero ahora sí que estoy loco de verdad.

– Los caballos de por aquí se conocen los caminos bastante bien. Se_guro que los tuyos sabrían ir y volver a Víctor sin conductor siquiera.

– Formidable, eso me ahorrará mucho trabajo la próxima vez.

– ¿Y por qué no pruebas a ver si te deja hacer algo más?

– Necesito el dinero. Al menos el suficiente para volver a la vieja Noventa y tres Este.

– Muy lejos de casa.

– Lo bastante. ¿Y tú?

– Ando buscando a mi madre; lo último que sé es que está aquí, en Cripple, mañana daré una vuelta. ¿O ya es hoy?

– ¿Cómo se llama?

– Señora Traverse.

– ¿Mayva? Vaya, si vive a un par de manzanas de aquí, lleva el lo_cal de helados, Cone Amor, detrás de Myers.

– ¿Te burlas de mí? ¿Es una señora de tu altura más o menos, con unos ojos muy bonitos y que fuma en pipa a veces?

– ¡Sí! Viene a la tienda a comprar sal de roca, chocolate para coci_nar, cosas así. Los mejores refrescos helados a este lado de las Rocosas. Y tanto. Así que es tu madre, ¿eh? Pues debiste de tener una infancia cojonuda.

– Bueno. Se pasaba el día en la cocina, preparando lo que fuera, no me sorprende que también haya aprendido a hacer helados. Mu_cho después de mi época, claro.

– Entonces le espera un buen festín, caballero.

Antes de saludarla con un beso, ella ya lo tenía dándole a la ma_nivela de la máquina.

– Albaricoque y cereza, el helado del día; suena raro, pero el ca_mión de Fruita sólo aparece cada dos días, y es lo que tenemos.

Salieron por una puerta lateral a un callejón, Mayva sacó su pipa de mazorca de maíz y la rellenó de Prince Albert.

– ¿Sigues rezando tus oraciones, Frankie?

– No todas las noches. Y no siempre arrodillado.

– Más de lo que esperaba. Yo sí rezo por ti, a todas horas.

Kit estaba en Alemania y escribía cartas con regularidad. Reef nunca escribió mucho, pero ella creía que también andaba por Euro_pa. Antes de que surgiera el nombre de Lake, se oyó un tintineo en la puerta de la calle y entró una acomodada matrona con un par de niñas de unos ocho y diez años. Mayva dejó la pipa en lugar seguro y fue a atenderlas.

– Las niñas quieren unos cucuruchos, señora Traverse.

– Ahora mismo, señora. Lois, qué bonito vestido de guinga, ¿es nuevo?

La niña cogió el cucurucho de helado y clavó la mirada en él.

– Y ten Poutine, éste es el tuyo, el helado del día, que resulta que también es mi favorito.

La hermana pequeña esbozó una rápida sonrisa de disculpa y em_pezó a decir en voz baja:

– No podemos hab…

– Poutine. -Las monedas tintinearon sobre el mostrador de már_mol. La mujer recogió a sus hijas y salió rápidamente dejando tras de sí una nube de aroma a manzana silvestre.

– Me temo que he dicho algo poco republicano.

– ¿Te ves con cosas así a menudo, mamá?

– Pues bastantes veces. Pero no te hagas mala sangre; yo no me la hago.

– ¿Qué está pasando?

– Nada que te convenga saber.

Temiendo lo peor, aventuró:

– Los propietarios te están pagando. Una indemnización de viudez, un cheque mensual que dejará todo perfectamente en orden.

– He estado recibiendo uno de éstos desde hace un tiempo, Frankie.

– Estás dejando que esos…

– No es que viva en la abundancia, por si no te has dado cuenta. -Cuando se rió, él vio que había perdido un par de dientes-. Son tiem_pos duros para todo el mundo, incluso para su gente.

Se hacía una vaga idea del alcance de los desprecios que ella ha____________________tón de esposas amargadas que habría habido en ellas sin nadie más a quien contar sus penas que Mayva…ba de salir por la puerta, de la cantidad de ciudades de paso y minas cerradas con indiferencia por las que habría tenido que pasar, y el monbría tenido que aguantar de personas respetables como la que acaba

Ella le miraba fijamente, con aquella mirada suya de siempre, pura como el humo.

– Me han dicho que has ajustado cuentas con Sloat Fresno.

– Debería de haber supuesto que te enterarías. Fue un espanto, mamá, en cuanto dejé de buscarlo me lo encontré.

– Algo te guía, hijo. Serán las oraciones que no siempre acabas.

Es posible que le faltara poco para preguntarle «¿Y del otro, qué?», pero desvió la mirada y se fue afanosamente tras el gato que estaba a punto de caer dentro del congelador de ocho litros; en cuanto a Lake, Frank supuso que prefería no hablar de ella. Cualquier tentativa de sa__to en detalle.car el tema, por cautelosa que fuera, sólo le granjeó miradas extrañas y un dolor en el rostro de Mayva que no podía soportar ver expues

La única ocasión en que ella mencionó a Lake fue su última no__to puesto en toda su vida. Estaban hablando de Webb.che en Cripple Creek. Habían ido al hotel Nacional a cenar. Mayva lucía una flor y el sombrero más nuevo que Frank jamás le había vis

– Oh, los dos creíamos que yo iba a salvarlo. Lo creí durante mu____________________yéndose que pueden salirse siempre con la suya, y por eso no paran de empujar, sólo para ver qué nos romperá…canta creernos ese cuento. Angeles que hacen todas las tareas duras, ésas somos nosotras, nunca nos hartamos. Así que los hombres acaban crecho tiempo…, que él quería que yo le salvara, pues a las mujeres nos en