El Siluro Dirigible a Lenta Corsa representaba un breve pero ro____________________te simplificados, aunque el factor de lalos matemáticos de la trayectoria y de la puntería se veían enormemenmántico capítulo en la historia de los torpedos. Con unos blancos limitados a objetos inmóviles, tales como barcos anclados, los cálcu virtu personal adquiría una se____________________nocidas de los puertos hasta queto sin que lo detectaran a través de defensas con frecuencia descoñalada importancia, pues el equipo tenía que trasladar el letal artefac tocara físicamente el casco del objetivo buscado, y tras iniciar una confusa secuencia de cuenta atrás, debían exfiltrarse tan rápido como pudieran antes de que estallara la carga. El uniforme de faena solía ser un traje de buzo de caucho vulcanizado para mantener el calor durante horas en aguas gélidas, pues el torpe_do se deslizaba casi siempre bajo la superficie pero muy cerca de ella, como también, por fuerza, debían hacerlo Rocco y Pino.
– ¡Menuda noche! -exclamó Pino-, Hay Garde Civique por todas partes.
– Cada vez que te das la vuelta te encuentras sombreros de copa y uniformes verdes -añadió Rocco.
– Bueno, tranquilos, tomad, si es que todavía no sois alérgicos al verde -dijo Policarpe ofreciéndoles la botella de absenta.
– ¿Cuántos barcos habéis…, habéis volado en realidad, Pino? -Fatou ya estaba coqueteando, mientras Rocco, lanzándole temibles mi_radas, murmuraba algo al oído de su socio.
– …es el tipo de pregunta que te haría una espía austríaca; piensa, Pino, piensa.
– ¿Qué te está diciendo, Pino? -preguntó Fatou dándose unos golpecitos en una oreja, cuyo lóbulo se había dejado misteriosamente sin ornamentar-. ¿De verdad Rocco se cree que soy un espía?
– Mira, hemos tenido tratos con un par de damas espías -ronroneó Pino, fingiendo una mirada de casta apreciación que no engañó a na____________________tejar toda la noche, mediante sus obsesiones sobreda narcosis a muchas reuniones, incluso a gitanos con cuerpo para festras que yo puedo tomarme estos episodios como gajes del oficio, el pobre Rocco no es capaz de olvidar. Ha hecho caer en una profungaba a reposar en nada, y menos todavía en la cara de nadie-. Mienrecer fino se veían contradichos por una maraña de rizos del sueño, un desaliñado uniforme de faena de la Marina Real Italiana manchado de vino y de lubricantes de motor y una mirada dispersa que nunca lledie, pues los esfuerzos que estaba haciendo en ese momento para pa el peligro de las da_mas espías.
– Macché, Pino! Ellas…, ellas me interesan, no hay más. Como ca_tegoría.
– Ehi, stu gazz', categoría.
– Conmigo está a salvo, Teniente -lo tranquilizó Fatou-. Para que un gobierno me contratara como espía, tendría que estar compuesto de completos imbéciles…
– ¡Justo ahí quería llegar yo! -dijo Rocco mirando con densidad virtuosa.
Ella le echó un vistazo superficial, ante la posibilidad recién des_cubierta de que, como el indiferente mezzogiornismo de su compa__te con ella.ñero Pino, ésta fuera la forma de Rocco de coquetear sibilinamen
– Para variar -le había advertido Eugénie a Fatou-, eres demasia_do suspicaz. Tienes que aprender a escuchar mejor a tu corazón.
– Mi corazón. -Fatou negó con la cabeza-. Mi corazón sabía que él era un canalla, mucho antes de que se acercara lo bastante para oír_lo latir. Por supuesto, es un mal partido, pero ¿qué tiene eso que ver con nada de esto?
Eugénie tocó con timidez la manga de su amiga.
– Pues resulta que, a lo mejor, me…, me… podría gustar… Rocco.
– ¡Aah! -Fatou se derrumbó en la cama y la aporreó con puños y pies.
Eugénie esperó a que acabara.
– Lo digo en serio.
– ¡Podríamos ir juntos a bailar! ¡A cenar! ¡Al teatro! ¡Como hacen los chicos y las chicas! Sé que lo dices «en serio», Génie, y eso es lo que me preocupa.
Ambas mujeres se sentían un tanto inquietas cada vez que el dúo italiano tenía que pasar un tiempo en Brujas, la Venecia de los Países Bajos, que estaba tan sólo a un corto trayecto por canal, y que desde la Edad Media era famosa por sus jóvenes bonitas. Eso no importaba tanto, juraban Rocco y Pino repetidamente, como la necesidad de rea__les nocturnos, invisiblemente, hasta la costa y ciertolizar frecuentes ejercicios a medianoche con el Torpedo, cuyo motor de combustión interna estaba siendo modificado por el personal del Atelier de la Vitesse de Raoul, casi todos ellos mecánicos rojos de Gante. Cuando todos estuvieron satisfechos con el funcionamiento, Rocco y Pino planearon llevarlo por aquellos fantasmagóricos cana royal rendez-vous.
– Le han colocado un Daimler de seis cilindros -explicó Rocco-, con un carburador militar austríaco, todavía altamente secreto, y un tubo de escape múltiple rediseñado, lo que significa que tenemos una potencia de cien caballos, y eso a velocidad de crucero, guaglion.
– ¿Por qué no les vendisteis los planos a los ingleses? -se le había ocurrido preguntar a uno de los mecánicos de Gante-. ¿Por qué dár_selos a una pandilla de anarquistas sin estado?
Rocco se quedó de piedra.
– ¿Robar a un gobierno para dárselo a otro?
Pino y él se miraron.
– Matémoslo -sugirió animadamente Pino-. Yo maté al último, Rocco, ahora te toca a ti.
– ¿Por qué se escapa? -dijo Rocco.
– ¡Vuelve, vuelve! -gritó Pino-. Oh, bueno. Vaya si son secos por aquí.
El personal del hotel, que iba menos acicalado que si estuviera de servicio a plena luz del día, mantenía un delicado equilibrio entre la irritación y el desconcierto ante el espectáculo de esos artistas del Cuaternión que, a esas alturas, ya llevaban varios años retirados de su lucha por la existencia pero seguían todavía resueltos e insomnes. Si ésta era la otra vida, sólo algunos de los que vestían las libreas del Grand Hotel de la Nouvelle Digue podrían clasificarse como ángeles guar__niosos.dianes; los demás estaban más cerca de ser diablillos molestos e inge
– ¿Se trata de una reunión masculina o es posible que asistan un par de damas cuaternionistas? -preguntó Kit, se diría que con cierto tono quejumbroso.
– Raras aves -dijo Barry Nebulay-, aunque, claro, está la señorita Umeki Tsurigane, de la Universidad Imperial de Japón, una discípula del Profesor Knott cuando él enseñó allí. Una joven asombrosa. Ha pu__mo la tenemos -dijo haciendo un gesto con la cabeza hacia el bar.blicado tanto como el que más (artículos, monografías, libros), y creo que Kimura ha traducido algunos de sus textos al inglés… Ah, ahí mis
– ¿Aquélla?
– Sí. Atractiva, ¿no te parece? Deberías llevarte bien con ella, aca_ba de llegar de América. Ven, te la presentaré.
Pantalones negros, sombrero de vaquero…, pantalones negros de cuero, es más, de cuero de guante.
– ¿No te parece que sería mejor dejarlo para otro mo…?
– Demasiado tarde. Señorita Tsurigane, el señor Traverse, de New Haven.
Alrededor del esbelto cuello, la hermosa asiática llevaba también un furoshiki con un motivo boscoso estampado en azul eléctrico, gris oscuro y rojo chino, plegado en forma de triángulo para que pare_ciera un pañuelo de vaquero, y a un ritmo vertiginoso se echaba al gaznate whiskies y cervezas. Se había montado ya una modesta porra sobre cuánto tiempo aguantaría antes de desarrollar cierta forma de parálisis.