A la deriva, como si estuvieran permanentemente desamarrados de la vigilia cotidiana, los insomnes habían salido a mirar, y las órbi__jar pasar la casi insoportable luz de la luna. Una sombra se separó y se acercó, haciéndose más marcada y sólida a medida que se aproximaba. Kit miró alrededor. Rocco y Pino habían desaparecido.tas de sus ojos se volvían negras cuando la bruma se disipaba para de
– ¿Y ahora qué coño pasa?
La sombra estaba haciendo algo con las manos.
Woevre. Ahí mismo, delante de él. Kit no había estado huyendo de su probable destrucción, sino más bien corriendo hacia ella.
Sonó siseante un disparo, que le salpicó la mejilla con diminutos fragmentos de piedra, y el ruido repercutió entre las antiguas superfi_cies. Se dirigió al refugio más próximo, un pasaje abovedado bajo el cual podía esperarle cualquier cosa, y gritó:
– ¡Está disparando al hombre equivocado!
– Tanto da. Tú me sirves.
Cuando sonó el siguiente tiro, Kit, con el corazón desbocado, ya se había agazapado y estaba bien oculto, hasta donde podía intuir. Tal vez él no era el único objetivo, o a lo mejor Woevre sólo disparaba por disparar. El melancólico campaneo proseguía.
Woevre estaba al descubierto bajo la luz nocturna, presa de una exaltación que no había sentido nunca, ni siquiera en sus tiempos en África. Ya no estaba siquiera seguro de a quién disparaba ni de cómo había llegado hasta allí. Creía que tenía algo que ver con los italianos y su torpedo tripulado, algo que estaba en el mensaje que había llega__cido a un obús acuático en esos canales brillantes y vacíos. La actividad verdaderamente interesante parecía desarrollarse en el cielo.do a la oficina antes, ese mismo día, pero no veía moverse nada pare
Cada vez que se aventuraba a mirar hacia arriba, allá estaba, jus_to encima de él, el objeto que llevaba viendo varios días, que emergía ahora del cielo, desde detrás del cielo, transportando a los visitantes sin identificar que había visto paseando por el Digue, como si estuvieran en la ciudad en una misión organizada.
Sabía que tenía que intentar derribar la nave voladora. Se metió su Borchardt en el bolsillo y buscó el arma que había traído de Bru_selas, sin la menor idea de cómo abrir el estuche ni, mucho menos, de cómo usar lo que había dentro. No sabía si tenía que cargarlo de algún modo, con munición. Pero eso no eran más que detalles. El era quien era, y confiaba plenamente en su intuición con cualquier arma cuando llegara el momento.
Pero Woevre no la había visto antes, al menos no al aire libre, en una noche como ésta, bajo la inmisericorde luz de la luna. Le abrumó la certidumbre de que la cosa tenía conciencia, que lo miraba, y no pa__da, y percibió una delicada vibración. ¿Cómo era posible? Gevaert no había mencionado nada al respecto, ¿o sí?recía especialmente contenta de ser una posesión suya. Estaba templa
– Jou moerskont! -gritó.
No sirvió de nada, fuera cual fuese el idioma en el que se pudie____________________ran sido orquestadas con precisión diabólica en un inmenso coro.ñó al destello no era de los que le hubiera gustado volver a escuchar en su vida, como si las voces de todos a los que había matado hubiedando su campo visual de un verde luminoso. El sonido que acompase gritar a la máquina, ciertamente no el afrikaans, puesto que parecía proceder de algún lugar muy alejado de aquellas selvas, de aquellos ríos lentos y fatales… Algo centelleó, cegándole por un instante, inun
Levantó la mirada. Se había caído, no sabía cómo, estaba boca arri_ba sobre la acera, esforzándose por respirar, y el americano estaba allí, agachándose para ayudarle a levantarse.
– ¿Qué le ha pasado, amigo, se le ha disparado? Es un trozo de quin_calla muy traicionero, ese que lleva…
– Quédeselo. Quédese esa mierda. No puedo soportarlo…, esa luz espantosa… Voetsak, voetsak!
Se alejó tambaleándose por el canal, cruzó un puente, se perdió en la intrincada red de paredes limpias de la ciudad muerta. Kit oyó va____________________ma del hombro, con la intención de examinar el contenido más tarde.panas callaron por fin y el humo de la cordita se hubo disipado por completo, cuando los mirones volvieron uno por uno al pliegue del sueño y la luz de la luna se tornó oblicua y metálica, Kit se encontró a solas con el enigmático objeto, guardado de nuevo en su estuche de cuero. Se lo colgó despreocupadamente echándose la correa por encirios disparos más procedentes de aquella dirección, y cuando las cam
Kit no acababa de entender el motivo de tanto alboroto. Pero Umeki no tardó en pasarse horas con el instrumento, frunciendo y relajando el ceño como si sucesivamente la apabullara un pesar y a continuación se librara de él, como si contemplara a través del visor el despliegue de un prolongado, quizás interminable, espectáculo dra__mente del instrumento, pasaban a estar desenfocados, hinchados, como sometidos a otro conjunto de leyes. Cada vez que Kit preguntaba qué pasaba, ella empezaba respondiendo en una voz baja y como ronca de tabaco, con conmovedora largueza, en lo que él suponía que debía de ser japonés.mático de su propio país. Cada vez que sus ojos se apartaban fugaz
Y por último:
– Muy bien. En primer lugar, los espejos… Mira aquí, uno semiazogado, pero no sobre cristal sino sobre calcita, y esta pieza… ¡es tan pura! Todo rayo de luz que entra se escinde en dos: uno «ordinario» y el otro «extraordinario». Al llegar a uno de estos fondos semiazogados, cada rayo es en parte reflejado y en parte refractado, así que se dan cua____________________tro «dimensiones» del espacio-tiempo minkowskiano o, en un sentido más trivial, a los cuatro picos de la superficie recíproca a la de la onda, lo que los cuaternionistas denominan la superficie índice. Tal vez se supone que hemos de olvidarnos de la óptica por completo, como si los rayos ya no se refractaran doblemente, sino que semos que cada uno de los cuatro estados está asociado a una de las cuaponesa, literalmente fatal. El mismo carácter con el que designan la muerte. Tal vez fue eso lo que me atrajo de los Cuaterniones. Digatro posibilidades, ambos rayos reflejados y ambos refractados, uno de cada, y a la inversa. El fatídico número cuatro; para la mentalidad ja emitieran doble_mente, desde todo objeto que observamos a través de esto…, como si en lo consciente hubiera un equivalente del Rayo Extraordinario y nosotros miráramos con el ojo de ese reino inexplorado.
»Y eso es sólo el visor.
Ella quitó una cubierta, metió la mano dentro, pareció realizar unas hábiles y elegantes rotaciones y desplazamientos, y la sacó sosteniendo un cristal del tamaño de un ojo humano. Kit lo cogió y examinó de cerca cada cara.
– Todas estas caras son equilaterales.
– Si, es un verdadero icosaedro.
– El sólido regular, no un 12 + 8 como el que se encuentra en las piritas, sino… Esto es imposible. No existe tal…
– ¡No es imposible! ¡Hasta hoy sencillamente no se ha identifica_do! Y la esfera descrita mediante doce vértices…
– Espera, no, no me lo digas. No es una esfera ordinaria, ¿me equi_voco? -El objeto centelleó en sus manos, como si le guiñara un ojo-. Algo así como… una esfera de Riemann.
Ella esbozó una sonrisa resplandeciente.
– El reino de x + ry, ¡estamos dentro! Tanto si queremos como si no.
– Un icosaedro imaginario. Fenomenal -dijo intentando recor_dar lo que podía del magistral Vorlesungen iiber das Ikosaeder de Félix Klein, que había sido lectura obligatoria en Gotinga, aunque sin mu_cha fortuna.