Выбрать главу

Como era de esperar, la pregunta la hizo merecedora de una mirada.

– Quítate el gorro, echemos un vistazo. -Cuando ella se soltó los tirabuzones-: Eres una chica.

– Más bien diría una mujer joven, pero no discutamos por eso.

– Y te has estado haciendo pasar, maravillosamente bien, por un curtido pilluelo callejero.

– Hace que la vida resulte más fácil, al menos hasta cierto punto.

– Tienes que posar para mí.

– En Inglaterra, signore, al menos eso es lo que se dice, una mo_delo puede ganar un chelín por hora.

Él se encogió de hombros.

– No puedo pagar tanto.

– Que sea la mitad, entonces.

– Eso son doce soldi. Tendría suerte si vendiera un cuadro por un franco siquiera.

Pese al rostro joven, casi adolescente, de Hunter, lo que ella veía de su cabello era gris, casi blanco, cubierto con un sombrero de paja elegantemente retorcido para cambiar su forma original de estilo Santos-Dumont, lo que sugería al menos alguna residencia previa en París. Se preguntó cuánto tiempo llevaría en Venecia esta pieza. Fingió que entrecerraba los ojos ante los lienzos de una manera pro_fesional.

– No eres Canaletto, pero tampoco te subestimes, he visto cosas peores que éstas vendidas por diez francos, y en temporada alta puede que más.

Por fin él sonrió, un momento de fragilidad, como un trecho de niebla que se disipara.

– Tal vez podría pagarte seis peniques a la hora si…, si además me hicieras de agente.

– Claro, ¿diez por ciento?

– ¿Cómo te llamas?

– Casi todos me llaman Beppo.

Montaron su tenderete cerca de Bauer-Grünwald, en la estrecha callejuela entre San Moise y la Piazza porque, tarde o temprano, to_dos los visitantes de la ciudad acababan pasando por allí. Mientras tanto, en fondamenta, él la esbozaba o pintaba en varias poses: ha____________________des, alzando la mirada hacia ventanas que daban aminada sólo por la luz del sol que reflejaba el pavimento, soñando entre paredes rosas, paredes de ladrillos rojos, canales navegables verciendo volteretas a la orilla del canal, comiendo una rodaja de sandía de un rojo sangrante, simulando estar dormida al sol con un gato en el regazo, con un garabato de trepadora escarlata sobre una pared de blanco hueso a sus espaldas, recostada en un umbral, con la cara ilu calli tan estrechas que parecía que bastaba con estirar el brazo para tocarlas, pero no era así, con flores delante desbordándose de balcones de hierro forjado, posando para él como chico y, al instante, con ropa prestada, como chica.

– Espero que no te sientas demasiado incómoda con falda.

– Me estoy acostumbrando, gracias.

Hunter había acabado estableciéndose allí después de que, a causa de una herida misteriosa, lo desmovilizaran de una guerra de la que nadie sabía nada, buscando refugio del tiempo, seguridad detrás de las capas y máscaras y las nieblas de mil nombres de Venezia.

– ¿Hubo una guerra?, ¿dónde?

– En Europa. En todas partes. Pero nadie parece saberlo… aquí… -vaciló, con una mirada cansina-, todavía.

– ¿Por qué no? ¿Acaso está tan lejos que «todavía» no ha llegado la noticia? -Dejó escapar el aliento y añadió-: ¿O es que «todavía» no ha sucedido?

El le devolvió la mirada, no exactamente con inquietud, sino más bien como si le concediera un extraño perdón, como si fuera reacio a culparla por no saberlo. ¿Cómo iba a saberlo ninguno de ellos?

– Entonces supongo que debes de ser un viajero del tiempo que viene del futuro. -Lo dijo sin asomo de burla, de verdad, ni tampoco demasiado sorprendida.

– No lo sé. No sé cómo podría suceder.

– Muy fácil. Alguien en el futuro inventa una máquina del tiempo, ¿me sigues? Todos los empresarios desquiciados de ambas orillas del Atlántico han trabajado en eso, está claro que alguno de ellos lo con_seguirá, y cuando lo haga, esos artefactos serán tan comunes como los taxis de alquiler. Así que…, dondequiera que estuvieras, debiste de parar uno. Te subiste de un salto y le dijiste al conductor a cuándo que_rías ir y ehi presto! Y aquí estás.

– Ojalá pudiera acordarme. De cualquier cosa. Sea cual sea la in_versión del tiempo que suponga «recordar»…

– Bueno, lo cierto es que parece que has escapado de tu guerra. Estás aquí…, estás a salvo -lo dijo sólo con la intención de tranquili_zarlo, pero la expresión de abatimiento de Hunter se acentuó.

– «A salvo»…, a salvo.-Fuera quien fuese con quien hablara en ese momento, ya no era ella-. El espacio político tiene su terreno neutral. Pero ¿y el Tiempo? ¿Existe algo parecido a una hora neutral?, ¿una hora que no vaya ni hacia delante ni hacia atrás? ¿Es eso esperar de_masiado?

En ese preciso instante, no del todo como una respuesta, de uno de los navíos de guerra reales anclados en Castello resonó el Cañonazo de Retreta, una campanada de advertencia, profunda y sin melodía, que repicó por toda la Riva.

Fue por entonces cuando Dally empezó a llevarle los lienzos, el caballete y el resto del equipo, ahuyentando a los pilluelos demasiado molestos, y a ocuparse en general de las faenas que podía.

– … Inesperadamente, durante un partido, el Doctor Grace se me apareció en un sueño, me mandó a Charing Cross y al tren que enla_zaba con el barco… para el continente…

– Sí, sí.

– … era muy real, llevaba traje blanco de criquet y una de aque____________________ra fosa común de Europa, como si un poco más adelante hubiera una puerta de hierro, entreabierta, que diera a un país bajo y sombrío, con una multitud incontable de gente por todos lados, deseosa de pasar adentro, que me llevaba con ella, sin tener en cuenta mis propios deseos…ba yo, rindiéndome a la extraordinaria llamada de la fosa, de la futución, pero sencillamente ahí no la percibía por ninguna parte…, no era accesible. Ya me ves, sólo soy un chico sanote de pueblo, un pintorzuelo aficionado, sin nada profundo de lo que hablar. Pero allí estatrucciones sobre mi deber, había una…, una guerra, dijo en «Europa Exterior», eso dijo, una geografía muy extraña, ¿verdad?, incluso para un sueño…, y nuestro país, nuestra civilización, estaba en peligro. Yo no tenía el menor deseo de intervenir, ni la menor pasión, más bien al contrario. Ya había participado en «aventuras», conozco esa exaltallas gorras anticuadas, sabía cómo me llamaba y empezó a darme ins

Se alojaba en un hotel de Dorsoduro, con un restaurante en el piso de abajo. Las maravillas envolvían los herrajes.

– Imaginaba que te alojarías en una pensione, hay un par un poco más arriba de aquel pequeño Rio San Vio.

– Esto es más barato, de hecho… las petisioni incluyen la comida, y si me hubiera parado a comer, me habría perdido la mejor luz, y si no, pagaría por una comida que no me comería. Pero aquí, en La Calcina, la cocina está abierta a todas horas, y puedo pedir casi todo lo que quiero. Además, tengo la compañía de fantasmas eminentes, Turner y Whistler, Ruskin, Browning y tipos así.

– ¿Murieron aquí? ¿Seguro que es buena la comida?

– Oh, en ese caso llámalos «rastros de conciencia». La Investigación Psíquica está empezando a aclarar estas cuestiones. Los fantasmas pue_den ser…, bueno, mejor míralos. -Levantó y bajó el brazo abarcando el Zattere-. Todos los turistas que ves pasando por ahí, todos los que planean dormir esta noche en una cama extraña son potencialmente ese tipo de fantasma. Por alguna razón, las camas de paso son capaces de captar y retener esos sutiles impulsos vibracionales del alma. ¿No te has dado cuenta de que en los hoteles, a veces inquietantemente, tus sueños no son tuyos?

– No donde yo duermo.