– Bueno, es verdad, sobre todo en estos lugares más pequeños, don__dos para mantener alejados a losde los armazones de las camas suelen ser de hierro o acero, esmalta amia. De algún modo, el armazón de metal también se comporta como antena receptora, permitiendo que los soñadores capten rastros de los sueños de quienquiera que haya dormido ahí antes que ellos, como si, durante el sueño, emitiéramos en frecuencias todavía no descubiertas.
– Gracias, lo probaré alguna vez.
Camas y dormitorios, vaya. Ella lanzó un rápido parpadeo lateral. Hasta el momento, él no había insinuado nada que pudiera conside_rarse impropio, ni a Dally ni a nadie con quien se hubieran cruzado a lo largo del día. No es que él le interesara desde el punto de vista romántico; por descontado, no era su tipo, aunque había días, tenía que reconocerlo, en que cualquiera era su tipo: nudosos pescadores, gigolós con hoyuelos, austríacos en pantalón corto, camareros, gondolieri, un deseo que tenía que aliviar discretamente por su cuenta, pre_feriblemente a horas tardías de la noche, cuando la luz de la luna era tenue.
Se preguntaba si esa «Guerra» de la que él tanto hablaba era la causa de la extirpación de la pasión física de su vida. ¿Cuánto tiempo tenía él pensado quedarse en Venecia? Cuando el bora soplara desde las montañas, anunciando el invierno, ¿se subiría a él para marchar_se de la ciudad? ¿Y ella? En septiembre, cuando llegara el vino forte de Brindisi, Squinzano y Barletta, ¿desaparecería también él a las dos semanas?
Un día, paseando por la Piazzetta, Hunter la llevó bajo los sopor_tales, entraron en la Biblioteca y le señaló la Traslación del cuerpo de San Marcos, de Tintoretto. Ella lo contempló un rato.
– Vaya, no me digas que no es lo más espeluznante que has visto nunca -murmuró Dally por fin- ¿Qué está pasando? -Hizo un ges__tasmagóricos huían, ya demasiado tarde, siempre puertas adentro, ante un agravio impío.to nervioso hacia las viejas sombras alejandrinas, donde testigos fan
– Es como si estos pintores venecianos hubieran visto cosas que nosotros ya no podemos ver -dijo Hunter-, Un mundo de presencias. De fantasmas. La historia pasa, Napoleón, los austríacos, un centenar de formas de literalismo burgués, que conducen a su encarnación defi_nitiva, el turista…, qué asediados debieron de sentirse. Pero quédate un tiempo en esta ciudad, mantén los sentidos abiertos, no rechaces nada, y de vez en cuando los verás.
Unos días después, en la Accademia, como si continuara ese pen_samiento, añadió:
– El cuerpo, es otra forma de ir más allá del cuerpo.
– Hasta el espíritu que hay tras él…
– Pero no para negar el cuerpo, sino para reimaginarlo. Aunque -dijo haciendo un gesto con la cabeza hacia el Tiziano colgado en la pared más lejana- «en realidad» sólo sean diferentes tipos de barro en_grasado untado sobre tela, reimaginarlo como luz.
– Más perfecto.
– No tiene por qué. A veces, mi terrible…, mortal, doliente, defor_me, incluso descoyuntado, fragmentado en superficies geométricas, pero siempre, de alguna manera, cuando el proceso sale bien, trascendido…
Trascendida ella, supuso Dally. Ella intentaba seguirle, pero él no se lo ponía fácil. Un día le contó una historia que ella ya había oído, como una especie de cuento para dormir, de boca de Merle, que la consideraba una parábola, tal vez la primera de la que se tenía cons_tancia, sobre la alquimia. Estaba extraída del Evangelio para la Infancia del Pseudo Tomás, uno de los muchos fragmentos de las Escrituras que la política de la Iglesia primitiva había impedido que se incluyera en el Nuevo Testamento.
– Jesús, de niño, era una especie de gamberro alborotador -en la versión que le contó Merle-, de hecho, el tipo de joven díscolo con el que siempre te veo en compañía, y que conste que no me quejo -aña____________________de lima, no verde Kelly, ¿eres ciego a los colores o qué?», no, esta vez cada pieza es del color exacto que debía tener.nía que debía tener, y no sólo eso, sino también con el tono exacto de ese color; ya no habría más amas de casa aullando: «Eh, quería vervantada en el aire, igual que en los cuadros, tranquilo como siempre: «Calmaos, calmaos todos», y empieza a sacar las telas de la tinaja y, quién lo diría, cada tela emerge justamente del color que se supocancía. Incluso los gamberrillos amigos de Jesús creen que esta vez se ha pasado de la raya, pero entonces reaparece Jesús con la mano letes de que nadie pueda detenerlo, llega hasta la tinaja más grande, la del tinte rojo, sumerge en ella todas las telas y se aleja corriendo sin parar de reír. El tintorero, furioso, grita maldiciones asesinas, se mesa las barbas, se revuelca por el suelo; acaba de ver arruinada toda su mertorero, donde hay muchas tinajas con tintes de distintos colores y montones de telas al lado, todos ordenados y cada pila preparada para que la tiñeran de un color distinto. Jesús dice: «Mirad», y agarra todas las telas formando un gran fardo, mientras el tintorero grita: «¡Eh, Jesús!, ¿qué te dije la última vez?», deja lo que estaba haciendo y sale corriendo tras el chico, pero Jesús es demasiado rápido para él y, ancos a sus padres, por no decir a la mayoría de los vecinos adultos, que siempre iban a su casa a quejarse: «Más vale que le digáis a Jesús que se ande con cuidado». Un día sale con algunos amigos sin más intención que meterse en líos, y pasan casualmente por delante del taller del tindió mientras ella se incorporaba en la cama y buscaba algo con lo que agredirle-; el caso es que andaba por la ciudad haciendo las típicas chiquilladas, modelando muñequitos de barro a los que insuflaba vida, pájaros que volaban, conejos que hablaban, y cosas así, lo que volvía lo
– No es que sea muy distinta -siempre le había parecido a Dally-, bien mirado, de aquella narración sobre Pentecostés que se encuen_tra en los Hechos de los Apóstoles, y que sí entró en la Biblia, pero en ese caso no eran colores sino lenguas: los Apóstoles están reunidos en una casa de Jerusalén, como recordarás, y entonces desciende el Espíritu Santo como un viento poderoso, con lenguas de fuego y todo lo demás, y los tipos salen a la calle y empiezan a hablar a la multitud, que hasta entonces farfullaba en diferentes lenguas, pues hay romanos y judíos, egipcios y árabes, mesopotámicos y capadocios y tipos del este de Texas, todos esperando escuchar el mismo dialecto galileo, pero esta vez cada uno se queda pasmado al oír a esos Apóstoles hablándole en su propio idioma.
Hunter lo comprendió.
– Sí, bueno, se llama redención, ¿no? Uno espera el caos, pero en vez de eso recibe orden. Expectativas decepcionadas. Milagros.
Un día, Hunter anunció que se pasaba a los nocturnos. Y a partir de entonces, todos los crepúsculos salía de su alojamiento y, cargado con su material, emprendía camino para dedicar toda la noche al tra_bajo. Dally también invirtió su día para adaptarse.
– Y esa luz veneciana de la que siempre estás hablando…
– Ya verás, es luz nocturna, del tipo que requiere un barniz azul verdoso. La humedad de la noche en el aire, los contornos borro_sos, los destellos y la dispersión del cielo, la luz de las farolas reflejada en los rii, y por encima de todo, claro, la luna…
A veces Dally se preguntaba qué habría pensado él de la luz ame____________________ras de las iglesias o se filtraban entre los árboles en verano, proyectando parábolas brillantes sobre paredes de ladrillos pálidos o aureoladas de insectos, farolas en postes de granjas, velas en cristales de ventanas, cada luz sujeta a una vida que venía de antes y seguiría después, mucho después de que Merle, ella y la carreta hubieran pasado, y la tierra muda se elevaba una vez más para anular la breve revelación, la oferta tácita, la mano de cartas nunca repartida por completo…mas de los puentes sobre grandes ríos, o las que salían por las vidriedo volar la imaginación, casi rindiéndose a la imposibilidad de llegar jamás a sentirse de ningún sitio, ya desde la infancia, cuando ella y Merle habían pasado por todos aquellos pueblos perfectos, atraídos por las luces a las orillas de los arroyos y las luces que definían las fortemplando paisajes de ventanas iluminadas y sin luz, llamas vulnerables y filamentos a miles ondeándose como agitados por las olas del mar, las superficies rotas y en movimiento de las grandes ciudades, dejanricana. Ella se había sentado a la deriva, insomne durante horas, con