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– Umm. Bueno, acompáñeme…

Replevin guió a Lew al piso de arriba, a través de la red resplan__minada por una lujuriosa escultura realizada en piedra púrpura con venas en varios colores de la familia del rojo.deciente del suelo del recibidor, hasta una suite privada de oficinas, do

– Pavonazzetto -dijo Replevin-, también conocido como mármol frigio, que en el pasado, se cree, adquirió su color de la sangre del jo_ven frigio Attis, al que de hecho está viendo aquí, que se volvió loco por los celos de la semidiosa Agdistis y que se muestra en el acto de castrarse y así fundirse con Osiris, por no mencionar Orfeo y Dioniso, y convertirse en una figura de culto entre los antiguos frigios.

– Vaya si se tomaban las cosas a pecho por entonces, ¿eh?

– ¿Lo dice por éste? Pues me temo que es plenamente contempo_ráneo, La mutilación de Attis, de Arturo Naunt, del mismísimo Chelsea, que lleva epatando a los burgueses desde 1889. Si quiere ver algunas pie_zas frigias auténticas, hay muchas por aquí.

Lo condujo entre bridas, trozos de seda del Turquestán chino, sellos de cerámica y tallados en jade.

– Aquí, por ejemplo, un cuenco de koumiss escita, del siglo VI a.C. Puede ver claramente la influencia griega, sobre todo en el friso. Y casi con toda seguridad se trata de una imagen de Dioniso.

– Que vale unas cuantas de las que ustedes llaman libras.

– Ya veo que no es coleccionista.

– Sé apreciar que es antiguo. ¿Cómo encuentra material como éste?

– Ladrones, expoliadores de tumbas, empleados de museos tanto de aquí como del extranjero. ¿Es una crítica moral lo que estoy per_cibiendo?

– Lejos de mi intención, pero si quiere puedo fruncir un poco el ceño.

– Ahora se ha desatado una fiebre del oro -dijo Replevin-. Los alemanes en concreto están por todas partes. Se llevan caravanas en__mello.teras. Naturalmente, de vez en cuando siempre se cae algo de un ca

– ¿Qué es esto? -Lew señaló con la cabeza hacia un rollo de per__tos, como si alguien lo hubiera estado consultando.gamino que había sobre la mesa, desplegado sesenta centímetros jus

Replevin se puso inmediatamente a la defensiva, y Lew fingió que no se daba cuenta.

– Uigur tardío. Acabó en Bujara, como tantas de estas piezas. Me gustó el diseño, de una interesante complejidad, una serie de deidades iracundas del Budismo Tántrico, diría yo, aunque, dependiendo del ángulo en que uno lo sostenga, a veces no se parece a nada de nada.

Bien podría haber estado gritando «¡No te fíes!». A Lew le pare_cían símbolos, palabras, números, tal vez un mapa, tal vez incluso el mapa de Shambhala que tanto querían ver en Chunxton Crescent. Sonrió vagamente y fingió que desviaba su atención a una estatuilla de bronce de un caballo con su jinete.

– ¡Se ha fijado! Es una criatura magnífica y poderosa, ¿verdad?

– Eran sobre todo jinetes -dijo Replevin-; ustedes, los cowboys americanos, se habrían sentido como en casa.

– No le importará si… -dijo Lew sacando una diminuta cámara de mano alemana a la que quitó la cobertura del objetivo.

– Por favor, adelante -dijo Replevin tras vacilar el tiempo justo para que Lew comprendiera que había estado evaluando su idiotez ino_fensiva y finalmente la consideraba genuina.

– ¿Podemos subir la luz de gas?

Replevin se encogió de hombros.

– No es más que luz cruda, ¿no?

Lew acercó también algunas lámparas eléctricas y empezó a to__se el pergamino incluyera también otras piezas, sólo como tapadera. Salió del despacho para tomar algunas más, manteniendo siempre una charla profesional para seguir con el engaño.mar instantáneas, asegurándose de que cualquiera en la que aparecie

– Espero que no me malinterprete, pero ¿colgarse boca abajo con la cabeza metida en el horno y el gas encendido? Considerando es_trictamente el punto de vista del riesgo, no cumpliría con mi deber si no le preguntara cómo le arreglaron el seguro de vida.

Replevin no se mostró reacio a regalar los oídos de Lew con ex____________________ra análoga al voltaje en un sistema electromagnético, podía modularse para transmitir información.brimiento histórico de Schwärmer de que la presión del gas, de maneplicaciones sobre la gasofilia, que, podía decirse, se remontaba al descu

– Ondas en un flujo atemporal de Gas incesante, de gas iluminador en concreto, aunque incluye también ondas de sonido que podrían, como en ese pilar de la ciencia victoriana, la Llama Sensible, modu_lar las ondas de luz. Para la nariz del conocedor en particular, el sector olfativo, u olor, como se suele denominar, puede ser un medio para la más exquisita poesía.

– Suena casi religioso, caballero.

– Bueno, en el sur de la India, si se entra en un tipo particular de templo, por ejemplo el de Chidambaram, en el Salón de las Mil Co__cío», aunque claro que está vacío, pero de otro modo, que no quiere decir que allí no haya nada, no sé si me sigue…lumnas, y pide ver a la diosa Shiva, lo que le enseñan es un espacio vacío, salvo que no es en realidad lo que nosotros entendemos por «va

– Claro.

– Ellos le rinden culto a ese espacio vacío, es su forma más elevada de adoración. Este volumen o, supongo, no volumen de Akasha, que es la palabra en sánscrito para lo que nosotros denominamos Éter, el elemento más parecido al Atman, que todo lo impregna y de lo que todo lo demás ha surgido, que en griego luego se convierte en «Caos» y así hasta Van Helmont en su taller de alquimista, quien, siendo ho_landés escribe la fricativa del principio como una G en lugar de una chi, lo que nos da Gas, nuestro Caos moderno, nuestro portador de sonido y de luz, el Akasha que fluye de nuestro manantial sagrado, las fabricas de gas locales. ¿Se pregunta ahora por qué algunos adoran el Horno de Gas, como si fuera un altar?

– Pues la verdad es que no. Aunque también es verdad que nunca me pregunto nada.

– ¿Le estoy aburriendo, señor Swallowfield?

Por la experiencia de Lew con el inglés inglés, eso solía significar que estaba a punto de sobrepasar los límites de su hospitalidad.

– He acabado. Llevaré esto a la oficina, le mandaremos un borra__chazarla.dor de la póliza, no dude en hacer los cambios que quiera, o en re

Y así se retiró de nuevo al alumbrado del extrarradio vacío, a la noche estridentemente despoblada.

Un día, el día en que acabaría asumiendo su propia idiotez por no haberlo visto venir, Kit fue convocado a la sucursal local del Banco de Prusia en la WeenderstraBe y conducido a sus regiones traseras por Herr Spielmacher, el Director Internacional, que hasta entonces se había mostrado amistoso, pero hoy, cómo decirlo, parecía más bien un poco distante. Llevaba un fajo de documentos.

– Hemos recibido una comunicación de Nueva York. Su Kreditbriefya no está…-Se quedó mirando un buen rato una interesante fo_tografía del Káiser en una mesa contigua.

¿Por dónde íbamos?

– Vigente -sugirió Kit.

Animándose, el banquero se aventuró a echar una mirada rápida al rostro de Kit.

– ¿Ha tenido noticias de ellos?

Desde el principio, se dio cuenta Kit en ese momento, sólo que no atendía.

– Estoy autorizado a pagarle el saldo de los fondos que todavía no se han retirado de este periodo.

Ya tenía la suma preparada en una pequeña pila de billetes, casi todos de cincuenta marcos.

– Herr Bankdirektor -Kit extendió la mano-, es un placer ha_cer negocios con usted. Me alegro de que podamos despedirnos sin vergonzosas demostraciones de sentimentalismo.

Se escurrió afuera, aceleró el paso, giró por algunos callejones traseros y entró en el Banco de Hannover, donde, a su llegada a Go__to una cuenta con sus ganancias en las mesas de juego de Ostende, una cuenta que, esperaba, quedara al margen de cualquier manejo de Vibe.tinga, tal vez con algún talento oculto para la presciencia, había abier