Cuando estuvo seguro de que Foley se había marchado, Kit en_contró una botella de cerveza, la abrió y la alzó hasta su tenebrosa cara reflejada en el cristal de la ventana.
– «Lejos de Gotinga no hay vida» -citó el lema inscrito sobre la pared del Rathskeller y, al poco, el de su familia-: «Bueno. Creo que 'tengo que' sacar 'el' funking culo de 'aquí'».
No parecía que hubiera llegado el fin de semana, no parecía que siguiera ya en vigor ningún calendario. Sin embargo, cuando ano__queño grupo de compañeros de clase.checía sobre la ciudad, Kit fue abordado y casi secuestrado por un pe
– Zum Mickifest! Komm, komm!
Entre los estudiantes de matemáticas de por allí, la droga preferida era el hidrato de doral. Tarde o temprano, fuera cual fuese el proble____________________catrices de duelo de la cloralomanía». Los sábados por la noche en Gotinga, nunca faltaba una fiesta cloral ogaban a reconocerse unos a otros por los efectos secundarios, los más visibles: las erupciones de espinillas rojas, conocidas como «las citancia-, y sin darse cuenta se habían convertido en habitúes y llemir -el mismísimo Geheimrat Klein era un gran defensor de la susma con el que se hubieran estado peleando, tras haberse obsesionado hasta el insomnio, empezaban a tomarse unas gotas sedantes para dor Mickifest.
Fue una reunión peculiar; sólo a ratos, diríamos, animada. Los asistentes hablaban por los codos, a menudo para sí mismos y sin que aparentemente hicieran pausas para respirar, o bien se estiraban presas de una agradable parálisis sobre el mobiliario o, a medida que avan_zaba la noche, cuan largos eran, por el suelo, sumidos en una pro_funda narcosis.
– ¿En Estados Unidos tenéis K. O. Tropfen? -le preguntó una dulce jovencita que atendía por Lottchen.
– Claro -dijo Kit-, se ve mucho en las bebidas, a menudo con in_tenciones delictivas.
– Y ten presente -anunció Gottlob, con largas pausas entre las pa_labras- que la palabra inglesa «pun» al revés es… «und».
Kit entornó los ojos, esperando que acabara el razonamiento. Pero finalmente sólo dijo:
– Yo, bueno…, en realidad no estoy muy seguro.
– Implicaciones de la teoría de grupos -explicó Gottlob lenta_mente-, al principio…
Alguien empezó a gritar. Poco a poco, todos fueron mirando alre_dedor y luego se dirigieron a la cocina para ver qué había pasado.
– Está muerto.
– ¿Qué quieres decir con muerto?
– Pues muerto; míralo.
– No, no, no -dijo Günther negando irritadamente con la cabe__zontal-. ¡Has vuelto a envenenarte! -Humfried emitió un alarmante ronquido-. Primero tendremos que despertarlo. -Günther buscó a su anfitrión-.za-, lo hace siempre. ¡Humfried! -gritó al oído del matemático hori Gottlob! Wo ist deine Spritze?
Mientras Gottlob iba a buscar la jeringuilla, que parecía un acce_sorio habitual en estas reuniones, Günther fue a la cocina y encontró una olla de café que se había dejado enfriar, reservada para este tipo de contingencias. Humfried había empezado a murmurar, pero no en alemán, sino en un idioma que ninguno de los presentes reconocía.
Gottlob trajo una jeringuilla gigantesca de una aleación mellada y deslustrada, que llevaba grabado «Propiedad del Zoo de Berlín» y «Streng reserviert für den Elefanten!», y le enganchó una larga cánula de ébano.
– Ah, gracias, Gottlob, y ahora que alguien me ayude a darle la vuelta…
– Este es el momento en que me voy -dijo Lottchen.
Humfried, cuyos ojos se abrieron parpadeando como alas lo bastante para atisbar la jeringuilla, se puso a gritar e intentó escapar arrastrándose.
– A ver, dormilón -le regañó juguetonamente Günther-, lo que te hace falta es un poco de café, sólo para reanimarte, pero no queremos que te lo bebas, ¿a que no?, y que se te derrame por toda la camisa, no, así que procura que vaya por donde tiene que ir…
Los que todavía se mantenían despiertos empezaron a congregar_se alrededor para mirar, algo que Kit sabía que era rutinario en estas Mickifesten. Cobró fuerza la intensidad del monólogo de Humfried, como si fuera consciente de su público y de sus obligaciones como artista. A esas alturas, Gottlob y Günther le habían bajado los panta_lones e intentaban insertar la enorme cánula en su recto mientras discutían los detalles técnicos. Alguien, en la cocina, preparaba un emético de mostaza y huevos crudos.
Cualquiera que esperara una oportunidad de asomarse a los misterios de la muerte y la resurrección se sentiría decepcionado esa noche.
– ¿Sólo el vomitivo? ¿No vais a administrarle estricnina?
– La estricnina es para los escolares franceses, no es un antídoto tan bueno para el cloral como el cloral lo es para la estricnina.
– ¿Entonces no es conmutativo?
– Asimétrico, en cualquier caso.
Günther echó un vistazo profesional a Humfried.
– Me temo que tendrá que ir al hospital.
– Dejad que me encargue yo de eso -dijo Kit, que se sentía me_nos amable que ansioso sin saber por qué, hasta que, a una manzana del hospital, apareció Foley, inmenso y fuera del control de nadie, y menos que nadie de él mismo, corriendo hacia Kit con algo en la mano.
– ¡Traverse! ¡Ven aquí, maldito!
Puede que el tipo estuviera borracho, pero Kit no se engañó a sí mismo suponiendo que eso le concediera la menor ventaja sobre Foley.
– Un amigo tuyo -dijo Gottlob, que sostenía a Humfried por el otro lado.
– Le debo dinero. ¿Se te ocurre algún modo de que nos libremos de él?
– Esta zona de la ciudad es mi segundo hogar -empezó a decir Gotüob cuando se oyó el sonido, desalentadoramente nítido, de un disparo-. Verfluchter cowboy! -gritó Gottlob, y salió corriendo.
Humfried, debilitado por el doral, pero que repentinamente ya podía andar, agarró a Kit por el brazo y lo empujó rápidamente a la entrada más cercana del hospital.
– Confía en mí -farfulló-. Achtung, Schwester! ¡Aquí tenemos a otro drogadicto!
Antes de darse cuenta, Kit estaba rodeado de enfermeros que lo arrastraban por un pasillo.
– Esperad un momento, chicos, ¿dónde está el tipo que he traído? -Pero no había rastro de Humfried.
– Síndrome del acompañante imaginario, típico -murmuró un interno.
– Pero si yo soy el sobrio.
– Claro, quién lo duda, y aquí tienes un recuerdo especial que regala__dió clavándole con destreza una hipodérmica. Kit se desplomó como una piedra. Y así fue a parar a lamos a todos los visitantes como recompensa por estar tan sobrios -aña Klapsmühle.
A Foley, vestido con uno de sus conjuntos canónicos, se le vio marcharse de la ciudad a la mañana siguiente, con lo que fue descri_to como una expresión malhumorada en el rostro.
Kit se despertó y vio cerniéndose sobre él la cara de un tal Doc_tor Willi Dingkopf, enmarcada por un corte de pelo que infringía más de una ley de la física, y una llamativa corbata de color fucsia, heliotropo y turquesa verdoso, regalo de uno de los pacientes, como el Doctor se molestó en explicar al instante con una voz áspera de tanto fumar cigarrillos:
– Pintada a mano como terapia, para expresar, aunque lamentable_mente no para controlar, ciertos impulsos recurrentes de naturaleza homicida.
Kit miró, o tal vez se perdió en, el diseño ultramoderno de la cor____________________rarse, ¿cómo se diría?, divertidas…ger formas conocidas, algunas de las cuales incluso podrían considebía? Tal vez, si se estudiaba el tiempo necesario, empezaran a emerbata, en el que el perturbado artista no había incluido gran cosa de lo que podría encontrarse en el mundo natural, aunque ¿quién sa