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– ¿Cuánto tiempo lleva aquí?

Encogimiento de hombros.

– Un caso difícil. El Jelly-doughnut es una metáfora tan potente para el cuerpo y el espíritu que encontrar el camino de vuelta a la cordura simplemente mediante la razón resulta muy problemático, así que tenemos que recurrir a la Fenomenología, y aceptar la verdad li_teral de esta ilusión, por eso lo llevamos a Gotinga, a cierta Konditerei donde se lo empolva de pies a cabeza con Puderzucker y se le permite sentarse, o de hecho recostarse, en uno de los estantes reservados nor_malmente para la bollería. Cuando empieza con su «Ich bin ein Berliner», la mayoría de los clientes se limita a intentar corregir su dicción, como si él fuera de Berlín y hubiera querido decir «Ich bin Berliner»…, aunque en ocasiones llegan a comprarlo de verdad… «¿Quiere una bolsa para llevárselo, madame?» «No, gracias, me lo comeré aquí mismo, si no le importa.»

– Bueno…, si eso no lo devuelve a la realidad…

– Ach, ni por asomo, él permanece inmóvil, incluso cuando in_tentan… morderlo…

Varias horas más tarde, Kit se percató de la presencia de una masa enorme, blanda y borrosa en la penumbra del dormitorio, que des_prendía el aroma inconfundible de la pasta recién horneada.

– Chiss…, no haga nada, por favor.

– Muy bien. Sólo estaba tumbado aquí, mirando el papel pintado a oscuras.

– ¿Ah? ¿De verdad? ¿Es eso lo…, qué es lo que le dice?

– Me ha llevado a ciertas conclusiones inesperadas sobre las fun_ciones automórficas. Y a usted, ¿cómo le va?

– Bueno, antes que nada, permítame aclararle que en realidad yo no soy un jelly doughnut.

– Pues debo decir que el parecido es, vaya, asombroso, y ¿sabe ha_blar y todo lo demás?

– Era el único modo de ponerme en contacto con usted. Me en_vía su amiga, la señorita Halfcourt.

Kit miró con atención. Otra víctima del hechizo; lo único que Yashmeen tenía que hacer, le pareció, era darle un beso a su cliente.

– Es como la divisibilidad -prosiguió la aparición-, aunque un poco distinto. La mayoría de la gente se niega a admitir que me ha visto. Y así, en efecto, no me ven. Aparte está, claro, la cuestión del canibalismo.

– El…, no acabo de…

– Bueno, eso los confunde, ¿no? Me refiero a que, si soy huma_no y ellos están pensando en tomarme de desayuno, eso los convier_te en caníbales, pero si soy en realidad un donut, entonces, tratándose de caníbales, todos ellos también tienen que ser donuts, ¿lo entiende? -Empezó a reírse con ganas.

Kit levantó la mirada hacia la esfera de radio del reloj de la pared. Eran las tres y media de la madrugada.

– Pongámonos en marcha ¿le parece? -El desproporcionado pastelito le condujo por un pasillo, doblaron algunas esquinas, hasta que salieron por una sala de herramientas a la luz de la luna-. Me gusta_ría acompañarle hasta el final, pero pronto será la hora del desayuno y…, bueno, ya me entiende.

Encontraron a Kit dormido junto a la valla. El Doctor Dingkopf le esperaba en su consulta con un gran fajo de documentos que auto_rizaban su salida, pendientes de que él los firmara.

– Sus amigos británicos han intercedido por usted. Qué importa mi propia opinión profesional, mis veinte años de experiencia clínica, frente a esta siniestra conspiración tribal…, incluso en Inglaterra…, que ya no es la nación de sangre pura que fue en el pasado… ¿Halfcourt…? ¿Halfcourt? ¿Qué clase de apellido es ése?

Yashmeen lo encontró en el café donde habían estado unas no_ches antes. Él no había podido dormir más ni tampoco había creído que importara afeitarse.

– Vamos. Paseemos por Der Wall.

Era una mañana tranquila, la brisa agitaba las hojas de los tilos.

– ¿Cuánto sabes de Shambhala, Kit?

El volvió la cabeza, la miró por un solo ojo. ¿No estaba todo el mundo demasiado preocupado por cuestiones profesionales esta ma_ñana?

– Es posible que haya oído mencionarla un par de veces.

– Una antigua metrópolis de lo espiritual, algunos dicen que ha____________________contado, siempre habrá quienes te dirán que la verdadera Shambhala está dentro de nosotros.gún punto bajo las arenas del desierto del Asia Interior. Y, por desbitada por los vivos, otros dicen que vacía, en ruinas, enterrada en al

– ¿Y? ¿Cuál es?

Ella frunció rápido el ceño.

– Supongo que es un lugar real sobre el planeta, en el mismo sen__nes para «descubrir» el lugar es, sin duda, bien real. Las fuerzas políticas que se han desplegado…, políticas y militares también…tido que el Punto del Infinito es un lugar «sobre» la esfera de Riemann. El dinero que hasta la fecha han invertido las Potencias en expedicio

– Pero no se trata precisamente de un plato de tu gusto.

– Mi…-Se permitió un semisilencio puntuado-. El Coronel Halfcourt tiene algo que ver. Estoy intentando descifrarlo correctamente.

– ¿Tiene problemas?

– Nadie lo sabe. -No era la primera vez que le asaltaba la desa_lentadora sensación de que ella esperaba algo de él que él ni siquiera sabía nombrar ni, mucho menos, darle-. Hay mil razones por las que debería estar allí con él…

– Y una sola por la que no deberías.

¿Tenía que intentar adivinarle el pensamiento o algo así?

Se miraron fijamente a través de lo que podrían ser distancias etéricas.

– Con tu nivel de intuición, Kit -dijo ella por fin con una sonri_sa inquieta-, podríamos pasarnos horas aquí.

– ¿Quién se queja de las horas pasadas en encantadora compañía?

– Me parece que se dice «en tan encantadora compañía».

– Glups.

– La última vez hablamos de un empleo en el CRETINO.

– ¿Fue eso lo que me sacó del Klapsmühle?

– Lionel Swome. Estás a punto de conocerlo. ¿Qué estabas hacien_do allí?

– Ocultándome, supongo. -Le contó la visita nocturna de Foley.

– Parece como si lo hubieras soñado.

– Tanto da. Lo que importaba era el recado que me transmitía. Cuanto antes salga de aquí, mejor.

– Paseemos un poco por el Hainberg, ¿quieres?

Sin dejar de mirar hacia delante y a sus espaldas, ella lo condujo hasta un restaurante en una ladera, con vistas a las murallas de la tran__brilla y desapareció montaña abajo.quila ciudad, donde estaba el coordinador de viajes del CRETINO, Lionel Swome, sentado a una mesa bajo una sombrilla para protegerse de la luz vespertina, con una botella de Rheinpfalz del otoño anterior y dos vasos. Tras las presentaciones, Yashmeen abrió su propia som

– Bien -empezó Swome-, según me han dicho está a punto de largarse.

– ¡Increíble! Acabo de decidirlo hace sólo un par de minutos, cuando subíamos para aquí…, pero ustedes, claro, con su telepatía…, siempre me olvido.

– Y no tiene ninguna restricción con respecto al lugar adonde que ir.

Kit se encogió de hombros.

– Cuanto más lejos, mejor, a mí tanto me da, ¿por qué?, ¿a uste_des no?

– ¿Asia Interior?

– Me va bien.

Swome estudiaba su vaso de vino, sin beber.

– Algunos prefieren otros Deidesheimers, Herrgottsackers y por el estilo, antes que estos del Hofstück. Pero, año tras año, si uno se toma su tiempo…

– Señor Swome.

Un encogimiento de hombros, como si hubiera llegado a un acuerdo consigo mismo.

– Muy bien… Encontrándose la señorita Halfcourt en una situa_ción comparable, ustedes dos están a punto de resolver sus dificultades mutuas… fugándose juntos a Suiza.