– Ella fue siempre mi inspiración, ¿lo sabías?
– ¿Todo bien por ahí, entre tú y el dios teutón?
– Está muy triste. Dice que te echará de menos. Quiere decírtelo en persona, me parece.
Ella se alejó cuando Günther, con los ojos brillantes bajo la som__funda, aunque no insondable, insatisfacción. Tenía que irse a México a dirigir una de las plantaciones de café de la familia. Su padre se había mostrado inflexible, sus tíos esperaban ansiosos su llegada.bra del ala del sombrero, se acercó a Kit con una expresión de pro
– Es casi mi zona -dijo Kit-. Si subes hasta Denver…
– Se trata de nuestro extraño vértigo alemán, todo en movimien____________________queño papel en ello.león III antes…, y sin duda yo desempeño algún patético y ciego pedo tropismo del espíritu alemán hacia todas las manifestaciones de lo mexicano, allá donde ocurran. El Káiser busca ahora en México las mismas oportunidades para hacer daño a Estados Unidos que Napoto, como el agua escurriéndose por el fregadero, este no reconoci
– Günni, hoy parece que andas un poco escaso de, no sé, esa vieja seguridad en ti mismo tan tuya.
– Tenías razón, ya lo sabes. El día de nuestro duelo. Yo sólo he sido un Rosinenkacker de vacaciones más, perdido en sus banales ilusiones. Ahora debo despedirme de la vida que podría haber llevado, y reto__brá más matemáticas para Von Quassel. Es una línea de universo por la que, después de todo, nunca viajaré.mar el camino de piedra, como un peregrino en penitencia. No ha
– Günni, fui un poco brusco, me parece.
– Sé bueno con ella -con un, se diría, énfasis germánico en el im_perativo que Kit no sabía hasta qué punto debía tomarse en serio.
– Voy a ser su compañero de viaje durante una semana aproxima_damente, nada más. Luego, o eso me han dicho, intervendrán otras fuerzas.
– Ach, das Schicksal. Del doral al café -se puso melancólico Gün_ther-. El viaje antipodal desde una punta de la conciencia humana a su contraria.
– El Destino está intentando decirte algo -conjeturó Kit.
– El Destino no habla. Lleva un Mauser y de vez en cuando seña_la nuestro camino.
Siguieron adelante con pesar y reticencias, percibiendo a través de la pesada envoltura de piedra la tarde que caía. En la ciudad, les espe____________________cer algún día aquel abrazo abismal?dios matemáticos sino también, de hecho, de toda esperanza de conosecuencia de la observación sin mediaciones de la belleza. ¿Eran sus inminentes partidas una despedida no sólo de los programas de estudía sugerir que se alejaran de esos pasillos que rendían tributo a las personas que ellos mismos, en el pasado, se habían imaginado que serían algún día…, quienes, todos y cada uno de ellos, habían optado por someterse a la posibilidad de alcanzar el terrible éxtasis como conraba otra noche con su penultimancia coactiva, y aun así ninguno po
– Niños. -La voz era ilocalizable, resonaba por todos los rincones de los pasillos-. El Museum cierra. La próxima vez que lo visitéis tal vez no se encuentre donde hoy está.
– ¿Por qué no? -Yashmeen no pudo reprimir la pregunta, aunque ya sabía la respuesta.
– Porque la piedra angular del edificio no es un cubo sino su aná_logo tetradimensional, un hipercubo. Algunos de estos pasillos llevan a otros tiempos, épocas, que podríais querer reclamar con demasiada fuerza, y perderos en la perplejidad de la tentativa.
– ¿Cómo lo sabe? -dijo Günther-. ¿Quién es usted?
– Ya sabes quién soy.
Frank había jurado que una vez saliera de México se olvidaría, y que su asunto pendiente en Norteamérica sería prioritario para él. La política mexicana no era de su incumbencia, aunque hubiera po_dido hacerse cierta idea de la situación y las correlaciones de fuerzas, lo cual raramente ocurría. Así que, como era de esperar, ahí estaba él, de vuelta en el viejo caldo tlalpeño.
Trabajaba en las afueras de Tampico, no muy lejos de donde em__do del anarquismo rural al tráfico de armas, y al poco él y Frank movían modestos alijos de material bélico, casi siempre como meros intermediarios.pezaba una zona que llevaba directamente a la frontera con Estados Unidos, donde los contrabandistas se movían a sus anchas. Había vuelto a encontrarse con Ewball Oust, cuyos intereses habían pasa
Una noche, mientras cenaba en la Calle Rivera, cerca del merca____________________do Günther von Quassel. Cuando intercambiaron sus tarjetas y vio el nombre de Frank, se le arquearon las cejas.jilla derecha, con forma de tilde. En México lo conocían como «El Atildado», término que también designaba a un hombre de impecable porte personal, un talento con el que igualmente había sido bendecido, entablaron conversación con un viajero alemán, un cultivador de café que tenía una finca en Chiapas y una cicatriz de duelo en la me
– Conocí a un Kit Traverse en Gotinga.
– Mi hermano pequeño, seguro.
– Poco faltó para que una vez nos batiéramos en duelo.
– ¿Le hizo eso Kit? -preguntó moviendo la cabeza hacia la mejilla de Günther.
– La cosa no llegó tan lejos. Lo resolvimos pacíficamente. En rea_lidad su hermano me daba mucho miedo.
– Pues entonces seguro que era Kit.
Günther le contó a Frank cómo Scarsdale Vibe y sus ayudantes habían obligado a Kit a abandonar Gotinga.
– Bueno, tal vez sea una suerte -dijo Frank demasiado malhumo_rado para creerlo, en realidad-. Esos malditos tipejos.
– Es un joven con iniciativa. Saldrá adelante. -Günther llevaba consigo un termo lleno de café caliente-. Si me hace el honor -ofre_ció-. Una nueva variedad. Bohtien gigantes. Lo llamamos Maragogipe.
– Gracias. Pero he de decir que yo siempre he sido un hombre de Arbuckle. -Frank percibió que algo muy parecido a un estremeci_miento cruzaba el rostro del 'cafetalero'.
– Pero… ellos le añaden ceras -Günther adoptó un tono ofendi_do-, Resina de…, de árboles, creo.
– Crecí tomándolo, el favorito de la esposa de la frontera, vaya, desde que era un pequeñín, siempre he bebido Arbuckle.
– Ach, cómo han degradado su sentido del gusto. Pero parece jo_ven, todavía. Tal vez estemos a tiempo de corregir ese trastorno.
– Bromas aparte -dijo Frank sorbiendo-, es un café muy bueno. Se ve que conoce su negocio.
Günther resopló.
– No es mi negocio. Estoy aquí porque me lo impuso mi padre. Trabajo en la empresa familiar.
– He pasado por eso -dijo Ewball-. ¿La vida en la plantación no es lo que esperaba?
El joven Von Quassel se permitió esbozar una sonrisa gélida.
– Es exactamente como esperaba.
Ewball parecía condenado a toparse con viejos conocidos 'del otro lado' y de tiempos pasados, de los días en que hacerse mayor todavía no significaba hacerse peor y, a veces, alcanzar una mala fama que tampoco se habría imaginado en aquellos tiempos de alegría y des____________________fica compra de acciones baratas del norte, siempre en fuga, incapaz todavía de dejar de timar tan alto y rápido como podía, y que un día se presentó en la ciudad en medio de una breve tormenta de arena y fue a parar al mismo pequeño patio donde Ewball, Frank, Günther y un par de docenas de mirlos se habían refugiado casualmente. Elgería a los demás que lo llamaran «Ramón», huido de cierta catastrópreocupación. Estaba, por ejemplo, «Steve», que en la actualidad su 'norte' aulló como a una luna invisible. La arena silbaba y repiqueteaba sobre el elegante hierro forjado, y «Ramón» los entretuvo con cuentos de deudas sin fin.