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– Lo que os digo, estoy cada vez más desesperado. Si os enteráis de algo que os parezca demasiado descabellado o peligroso para vosotros, vaya, pasádmelo. En el norte hay una crisis de liquidez. Ahora mismo me follaría un caimán al mediodía en la Plaza de Toros si pudiera sa_car un peso.

Antes de desaparecer desgarbadamente en la opacidad amarilla, los invitó a todos a que lo visitaran esa noche en su villa, donde habría juerga.

– Venid a verla mientras la finca todavía sea nuestra, conoceréis a mi nueva esposa. Una pequeña 'reunión', un centenar de tipos o así, que durará una semana si queremos.

– Suena bien -dijo Ewball.

Günther se fue a hacer negocios con la numerosa colonia alema_na de Tampico y les estrechó la mano a Frank y Ewball.

– ¿Irán a esa fiesta esta noche?

– Nos alojamos en el Imperial -dijo Frank-, en el sótano, muy atrás. Pásese e iremos juntos.

Apartados, hacia el oeste y la Sierra, en espléndidas residencias apenas visibles a través de las brumas que se elevaban de las palúdi____________________sadoras, prometiendo justo castigo por crímenes ya olvidados…flejando columnas de llamas mientras los pozos ardían y explotaban, sin nada por delante más que el exilio, la pérdida, la desgracia, ningún futuro en ningún sitio al norte de Río Bravo, voces invisibles en el hedor del petróleo, que salían de los canales enfermos, señalando acusierto, cielos inmisericordes, ojos en los que no sólo los iris sino toda la superficie era negra, que brillaban en sus cuencas, implacables, reto nativo que todos creían inminente, mientras yacían boca arriba en sus dormitorios, noche tras noche, acosados, en las pocas horas que podían dormir, por pesadillas casi idénticas de huidas a través del demontorios fluviales azotados por el viento, a la espera del levantamiencas tierras bajas, la población gringa se encogía en la cima de sus pro

Frank y Ewball deambularon por la fiesta de Steve/Ramón y des____________________rar aquello, esta riqueza antinatural, esta desbordada violación de la realidad?daba entre las sombras del futuro próximo, pues ¿cuánto podía dulera de baúles, cerrados y preparados para el viaje. Los mismos baúles que se veían en la mayoría de las villas alquiladas por los gringos del círculo social de Ramón, como un recordatorio del abismo que aguartados bebían gin-fizz Ramos y mascaban coca fresca de las junglas de Tehuantepec. En la sala, las carcajadas eran más o menos constantes, pero de algún modo más fuertes y angustiadas que, pongamos, en una cantina un sábado por la noche cualquiera. En el vestíbulo delantero, ocultos por macetas gigantescas cargadas de orquídeas, había una hirejas bailaban versiones tropicales del bolero y el fandango. Los invizaban de una palmera ornamental a otra. Tocaba una orquesta. Las pates revestidas de azulejos, donde los loros, fuera de las jaulas, se deslicubrieron un salón de baile tranquilo y lleno de murmullos con fuen

– Es Bakú con mosquitos -le aseguraron viejos trabajadores del petróleo a Frank.

– Ha llegado la hora de marcharse del país -se oyó decir a juer_guistas más de una vez-, porque aquí, a este lado de la frontera, todos somos rehenes, en el norte están pidiendo préstamos como si llegara el fin del mundo, la mitad con acciones como garantía secundaria, y si los depósitos se hunden no importará cuánto petróleo haya en el suelo, será un adiós 'chingamadre', por así decirlo.

Günther se había presentado con una belleza alta y rubia llamada Gretchen, que no hablaba inglés ni español y sólo unas palabras de su alemán nativo, como «cocktail» y «zigarette». Resultó que mostraba cierta tendencia, rara en una joven dama tan llamativa, a desaparecer, y Frank reparó en la expresión preocupada de Günther.

– Se supone que la estoy cuidando para un socio -le explicó-. Tiene un historial de actos impulsivos. Si no fuera por… -dudó, como si estuviera a punto de pedir la intercesión de Frank.

– Si puedo ayudar…

– Tu nombre ha sido mencionado hoy, en un contexto que acabo de empezar a investigar.

– He tenido algunos tratos con la colonia alemana. En Tampico resulta difícil no tenerlos.

– Esto tenía que ver con cierta entrega en Tampico para un trans_bordo a Chiapas.

– Maquinaria para la recolección de café -sugirió Frank.

– Algo así. -Gretchen reapareció deambulando a la deriva ante las puertaventanas de un soportal, con una mirada vidriosa en los ojos, visible incluso a aquella distancia-. Cuando tenga un momento…, en cuanto yo haya… -Distraído, se apresuró a partir tras la inquieta valquiria.

El cargamento en cuestión era cierta cantidad de semiautomáticas Mondragón traídas de Alemania y destinadas al Ejército mexi_cano.

– Es una pequeña preciosidad -dijo Frank- que empezó siendo un diseño mexicano hace veinte años, y los alemanes la llevan refinando desde entonces. El cerrojo salta hacia atrás, expulsa el casquillo, carga en la recámara una nueva bala, ni tiene que tocarse. Pesa como un Springfield, lo único que hay que hacer es disparar hasta que se vacíe el cargador, eso son diez balas, a no ser que encuentres uno de esos cargadores Schnecken de treinta que hoy en día fabrican para los aviones alemanes.

– Ya preguntaré -dijo Günther.

Las cajas de fusiles podían ser re-expresadas como «maquinaria para las minas de plata», una de las mercancías para cuyo transporte se habían construido al principio las líneas de ferrocarril aquí y al norte, y así encontraban una forma de transporte segura, ajustada a las dobleces de un orden económico que algún día tal vez destrui__dicato de estibadores, que eran, por naturaleza, antiporfiristas.rían. A este fin, no habría problemas para conseguir la ayuda del sin

– Puede que también te interese hablar con Eusebio Gómez, que es el subagente -dijo Günther.

Frank lo encontró en los muelles del Pánuco; el flanco tosco de hierro de un vapor se elevaba a sus espaldas.

– Cobro mi comisión en mercancía en lugar de efectivo -explicó Eusebio-, porque tengo la teoría de que las Mondragón te ayudarán a salvar las épocas sin dinero, caso que no se da a la inversa, como le dirá cualquiera que haya intentado disparar a algo con un hidalgo.

– Habla un inglés increíblemente bueno, Eusebio -dijo Frank asintiendo.

– En Tampico todos hablan norteamericano, por eso lo llamamos «Gringolandia».

– Estoy seguro de que también ve a muchos irlandeses por aquí, ¿verdad?, '¿irlandeses?'.

– ¿Señor?

– Oh, son fáciles de distinguir: nariz roja de borracho, bocazas, ignorantes y sucios, ideas políticas idiotas…

– ¿Y qué coño sabrás tú?… 'Este…, perdón', señor, quería decir, claro…

– Ah, ¿ajá…? -Frank sonrió y meneó el dedo.

Los puños y cejas de Eusebio empezaron a relajarse.

– Bien, me ha pillado, sí. Wolfe Tone O'Rooney, señor, y sólo es__gado a tomar medidas.pero que usted no trabaje para los malditos británicos, o me veré obli

– Frank Traverse.

– ¿No me digas que eres el hermano de Reef Traverse? -Era la primera vez que Frank oía hablar de Reef desde Telluride.

Encontraron una pequeña cantina y pidieron un par de botellas de cerveza.

– El quería acabar el trabajo solo -dijo Wolfe Tone-, No le pare_cía bien pasarte la carga.

Frank le contó lo de la Flor de Coahuila y el fin de Sloat Fresno.

– Así que ¿se ha acabado?

– Por lo que a mí respecta, sí.

– Pero ¿y el otro?

– Deuce Kindred.

– ¿Todavía anda por ahí?

– Tal vez. No soy el único que lo busca. Alguien lo atrapará, si es que no lo han hecho ya. Si esa zorra sigue con él, incluso podría ser ella, no me sorprendería demasiado.