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– Estamos como cabras -informaba Nikos a Reef varias veces cada día, gritando por encima del estruendo de la perforación-. Hay que estar loco para trabajar aquí.

Algunos de los chicos del turno eran anarquistas a tiempo parcial interesados en ahondar en su educación química. La mayoría hacía cuanto podía para mantener la cara oculta a los visitantes que desfila____________________nes, cámaras de flash de magnesio y preguntas que abarcaban desde las muy entrometidas a las estúpidamente repetitivas.tificarse. Ingenieros, inspectores, empleados de la empresa, parientes políticos ociosamente curiosos, policía de los gobiernos de todas las jurisdicciones europeas se presentaban inesperadamente con maletiban por allí a diario, pocos de los cuales consideraban necesario iden

– Si quieres quitar de en medio a alguno de ellos -ofreció Ramiz, el albanés-, te haré un buen precio, tarifa plana, sin extras. No tengo nada que perder, porque no puedo volver. -Huía de una an__garse mientras él no saliese de sus tierras-. Por eso en casi todas las aldeas hay una familia o, a veces, dos como la mía, encerradas en sus casas.tigua vendetta sangrienta en su país. El antiguo código de la región, conocido como Kanuni Leké Dukagjinit, permitía a cada familia agraviada un disparo de rifle por el que no se le perseguiría, pero si el ofensor seguía vivo veinticuatro horas más tarde, no podían ven

Reef sintió un interés personal.

– ¿Y cómo coméis?

– A las mujeres y a los niños se les permite ir y venir.

– ¿Fuiste tú el que…?

– Yo no, yo era un bebé por entonces. Fue mi abuelo: se cargó a un invitado de la otra familia, que se alojaba con ellos una noche, por algo relacionado con la Liga de Prizren y los combates que se libra__quiera, al cabo de poco tiempo, del nombre del hombre muerto. Pero en el Kanuni las normas son las mismas para los invitados y para la familia.ban en aquella época. Más tarde, nadie se acordaba de mucho, ni si

Cuando Ramiz llegó a la adolescencia y se convirtió él mismo en un objetivo legítimo, verse encerrado no tenía para él el mismo atrac_tivo que hubiera tenido para un individuo más maduro. Una noche…

– Tal vez me volví loco, no me acuerdo -… salió por una ventana, subió un barranco, atravesó las colinas y llegó hasta el mar, donde en_contró un barco-. Turcos. Sabían lo que pasaba, claro, pero vivían según un código distinto.

– Y entonces… tu abuelo, tu padre, ¿siguen en casa?

Se encogió de hombros.

– Eso espero. No he vuelto a verlos. Jetokam, jetokam! Lo raro es que yo esté vivo. ¿Cómo os vengáis en América?

Reef le contó una versión de su propia historia. En ella, Deuce Kindred y Sloat Fresno aparecían más como criaturas del mal puro que como pistoleros a sueldo, y por supuesto que no había normas sobre si uno podía refugiarse en casa; de hecho, había tardado todo ese tiempo en caer en la cuenta de que en América no había nada ni lejanamente parecido al Kanuni de Ramiz, aunque a todos les gusta__bar los detalles.ba hablar del Código del Oeste como si existiera de verdad y pudiera pedirse en préstamo un ejemplar en la biblioteca local para compro

– Vengar a tu propia familia está todavía permitido, me parece, aunque últimamente, a medida que la civilización va entrando sigilo_samente desde el este, las autoridades suelen fruncir cada vez más el ceño. Y dicen: «No te tomes la justicia por tu propia mano».

– Entonces, ¿en manos de quién hay que dejarla?

– Del alguacil, del sheriff.

– ¿La policía? Pero eso… es no crecer, seguir siendo un niño.

Reef, que se había sentido bastante tranquilo hasta ese momento, notó que se le secaba la garganta. Se quedó allí sentado, con un ci__te, sin valor para mirar a los ojos al otro hombre.garrillo liado a mano pegado a los labios y consumiéndose lentamen

– Méfal. Quiero decir que no…

– No pasa nada. Yo no me fui por eso.

– Tú los mataste.

Reef se lo pensó un poco.

– Tenían amigos poderosos.

Entre las muchas supersticiones que corrían por dentro de la mon____________________rarse, otros eran privados y menos propicios al comentario.toria. La sufrían, y también iba a ser su libertadora, si es que de algún modo conseguían sobrevivir para ver ese día. En las duchas, al final del turno, el sufrimiento podía verse en todos los cuerpos, como un documento cubierto de insultos a la carne y a los huesos: cicatrices, deformaciones, miembros perdidos. Se conocían entre ellos como otros hombres más afortunados, en las salas de vapor de los balnearios, por ejemplo, no llegarían a conocerse jamás. Extracciones de balas y recolocaciones de huesos realizadas por aficionados, cauterizaciones y marcas al hierro; algunos recuerdos eran públicos y podían compataña, estaba la creencia de que el túnel era «territorio neutral», ajeno no sólo a las jurisdicciones políticas sino también al Tiempo mismo. Los anarquistas y socialistas del turno tenían sus dudas sobre la his

Un día, Reef se fijó casualmente en que Fulvio llevaba lo que pa_recía un mapa de ferrocarril realizado en tejido cicatricial.

– ¿Cómo te lo hiciste? ¿Te interpusiste entre dos linces que esta_ban fornicando?

– Un encuentro con una Tatzelwurm -dijo Fulvio-. Dramático, non é vero?

– No sé qué es -dijo Reef.

– Una serpiente con garras -explicó Gerhardt.

– Cuatro patas, tres dedos en cada garra, y una boca inmensa llena de dientes muy afilados.

– Hiberna aquí, dentro de la montaña.

– Eso intenta. Pero que Dios ayude al pobre que la despierte.

Se sabía que algunos hombres habían dejado de trabajar aquí afir_mando que las Tatzelwurms estaban furiosas por las perforaciones y las explosiones.

Reef se imaginó que se trataba de algún tipo de novatada a la que sometían a los recién llegados, pues ése era su primer trabajo en un túnel. Una especie de tommyknockers alpinos, se imaginó, hasta que empezó a ver largas formas en movimiento fluido en lugares ines_perados.

Los trabajadores de los túneles llevaban pistolas a sus puestos y dis_paraban cada vez que creían ver una Tatzelwurm. Algunos prendían cartuchos de dinamita y se los tiraban. Pero eso sólo conseguía que las criaturas se volvieran más descaradas, o tal vez más indiferentes a su destino.

– Por aquí no hay muchas ratas de mina.

– En Europa -especuló Philippe-, las montañas son mucho más antiguas que en América. Cuanto vive en ellas ha tenido más tiem_po para evolucionar hacia un tipo de criatura más letal o menos amistosa.

– También es un buen argumento para el Infierno -añadió Gerhardt-, para algún plasma primordial de odio y castigo en el centro de la Tierra que adopta diferentes formas a medida que se acerca a la superficie. Aquí, bajo los Alpes, se hace visible como la Tatzelwurm.

– Es un consuelo imaginar que se trata de una manifestación ex_terior y visible de otra cosa -dijo entre dientes uno de los austríacos mientras daba caladas a una colilla-, pero a veces una Tatzelwurm no es más que una Tatzelwurm.

– Lo más inquietante -dijo Fulvio con un escalofrío- es cuando ves una, ella levanta la mirada y se da cuenta de que la estás observando. A veces sale corriendo, pero si no, preparaos para el ataque. Ayuda no mirarla a la cara demasiado tiempo. Incluso en la oscuridad sabes dón_de está, porque chilla, un chillido silbante y agudo que te calará hasta los huesos como el frío invierno.

– Una vez que has tenido uno de esos encuentros -coincidió Gerhardt-, te acompaña para siempre. Por eso creo que nos las en_vían, nos las envían a algunos en concreto, con un propósito.

– ¿Cuál? -preguntó Reef.