– Más vale que vayas al spítal -dijo Reef-, a que te miren eso. ¿Puedes andar con la herida?
– Me parece que sí.
Habían llegado Philippe y un par más.
– Ahora voy con vosotros -dijo Reef-, sólo quiero comprobar que se ha ido.
– Ten. -Philippe le lanzó un Mannlicher de ocho tiros, y Reef, por el peso, supo que tenía el cargador lleno. Avanzó cuidadosamente en_tre las sombras.
– Hola, Reef. -La criatura pareció surgir de un salto de la superfi_cie rocosa, condensada en un borrón cinético de músculos y garras letales, chillando mientras se aproximaba.
– La muy puta. -Con la Tatzelwurm a menos de medio metro, Reef sólo tuvo tiempo de disparar una vez, y la bestia estalló en una gran nube verde pestilente de sangre y tejido. Disparó otra vez sólo por principios.
– ¿Sangre verde? -dijo Reef más tarde, tras una larga ducha.
– ¿Se nos olvidó mencionarlo? -dijo Philippe.
– Pronunció mí nombre.
– Ya, bien sur.
– Lo oí, Philippe.
– Me has salvado la vida -afirmó Ramiz-, y aunque ambos pre_feriríamos olvidar todo el asunto, ahora estoy obligado a, algún día, de algún modo, recompensarte. Un albanés nunca olvida.
– Creía que los que nunca olvidaban eran los elefantes.
Trabajó hasta el final del turno, se duchó otra vez, desató la cuer____________________ta Domodossola sin volver la mirada. Habían sido buenos amigos, esos trabajadores. Era un periodo muy agitado de la historia. Tal vez los vería de nuevo.sión se dirigió a la oficina, recogió su paga y bajó trabajosamente hasda de su polea personal, bajó su ropa desde arriba, colgó su equipo de trabajo húmedo del gancho, lo subió de nuevo y cerró el candado de la cuerda, se vistió, igual que cualquier otro día. Pero en esta oca
Se decía que los grandes túneles como el Simplón o el San Gotardo estaban hechizados, que cuando el tren entraba en ellos y había que renunciar a la luz del mundo, tanto diurna como nocturna, du____________________timo, con el Tiempo.tes del olvido, que no podían percibir a los visitantes con la nitidez con que lo hacían los fugitivos, los exiliados, los dolientes y los espías, es decir, todos aquellos que habían llegado a un acuerdo, a veces muy ínpreocupadamente de la cristalería tallada de los vagones restaurante, se difuminaban entre las formas ascendentes del humo del tabaco, susurraban propaganda del recuerdo y la redención a los vendedores, a los turistas, a los ociosos, a los suciamente ricos y a otros practicancían entre los pasajeros de pago, ocupaban asientos vacíos, bebían desvía imposible la conversación, ciertos espíritus que habían optado por refugiarse en la feroz tiniebla intestinal de la montaña reaparerante el tiempo de paso, por breve que fuera, y el rugido mineral vol
Se sabía que algunos de ellos, raramente pero nunca por casuali_dad, entablaban conversación con un pasajero. Reef estaba solo en el vagón de fumadores, a una indeterminada hora de la noche oscura, cuando una presencia no del todo opaca se materializó en el asiento afelpado de delante.
– ¿En qué estarías pensando? -preguntó. Era una voz que Reef no había escuchado antes pero que, sin embargo, reconocía.
– ¿Sobre qué?
– Tienes una mujer y un hijo que cuidar y un padre que vengar, y aquí estás, vestido con un maldito traje de calle que no has pagado, fumando unos puros que, en circunstancias normales, no sabrías dón_de comprar ni, menos aún, cómo pagar, en compañía de una mujer que nunca ha tenido una sola idea que no naciera entre sus piernas.
– Muy franco.
– ¿Qué te ha pasado? Eras un joven y prometedor dinamitero, hijo de tu padre, habías jurado alterar el orden social, y ahora no eres mu_cho mejor que la gente que querías volar. Míralos. Demasiado dinero y tiempo libre, y ni una jodida pizca de compasión, Reef.
– Me lo he ganado. Dediqué mi tiempo.
– Pero nunca te ganarás el respeto de esta gente, ni siquiera la menor credibilidad. Nunca conseguirás mucho más que desprecio. Quí____________________do llegues a Venecia, Italia. Mejor aún, más que mirarlo, ponlo en el punto de mira. Todavía puedes detener esta inane jodienda, darte la vuelta y volver a ser tú mismo.naran. Scarsdale Vibe está al alcance ahora. Scarsdale «qué os parece si todos vivís en la mierda y morís jóvenes para que yo me aloje en hoteles de lujo y me gaste millones en bellas artes» Vibe. Míralo cuantate toda esa dichosa mierda de la cabeza, intenta recordar al menos cómo era Webb. Luego piensa en el hombre que hizo que lo asesi
– Dando por supuesto, por seguir la argumentación…
– Estamos saliendo del túnel. Tengo que irme a otro sitio.
Kit y Yashmeen salieron del pequeño hotel de Intra y remonta____________________rarla cada uno o dos pasos, aunque era como mirar fijamente al sol.tas de mercancías pasaban por la carretera. La tramontana agitaba el pelo de Yashmeen, echándoselo hacia atrás. Kit no podía evitar miron la orilla del lago hasta llegar al cementerio de Biganzano, donde estaba la sepultura de Riemann. Vapores de lujo, lanchas privadas y veleros se veían a través de los árboles, en el lago. Carruajes y carre
Habían hecho el mismo viaje que Riemann, quien había llega__te estaba por todas partes. Cassel y Hannover habían caído en manos prusianas; el ejército de los Hannover, al mando de Von Arentschildt, veinte mil hombres, se había concentrado en Gotinga y empezaba a marchar hacia el sur intentando escapar de las columnas prusianas que convergían sobre él, pero se vio detenido por Von Flies en Langensalza y se rindió el 29 de junio.do allí en junio de 1866, en su tercera y última visita, para la que los profesores de Gotinga Wilhelm Weber y el Barón Von Waltershausen habían conseguido algún dinero del gobierno. Riemann sabía que se estaba muriendo. Si creía que estaba huyendo de algo, no era desde luego de la boca hambrienta de la muerte, pues hizo la visita en medio de lo que se conocería como la Guerra de las Siete Semanas, y la muer
Y no es que Riemann encontrara Italia más tranquila. Un poco al este del Lago Maggiore, se libraba la batalla final por el Véneto, en_tre Austria e Italia. Riemann había pasado del infierno racionalizado de la lucha por Alemania a la soleada Italia y el verano de Custozza, y a nueve mil muertos y cinco mil desaparecidos, y pronto a su propia inscripción en la lista de bajas.
Cuarenta años más tarde, durante su propia expedición al fondo de la Alemania Profunda, al folclore tenebroso de la Selva Negra, donde se decía que había espacio para cien mil soldados y diez veces más de elfos, Kit y Yashmeen descubrieron que querían pasar tanto tiempo como fuera posible en el tren. En Gotinga, al menos, se te__traba cada vez menos atractivos, y por todas partes se veían grutas de elfos, castillos erigidos dramáticamente en cumbres y a los que no había accesos visibles, gente de las cercanías ennía la sensación de que se seguía conectado, aun de un modo tenue, al resto de Europa. Pero a medida que se desplazaban hacia el sur y las consonantes se volvían más borrosas, el espíritu racional encon dirtidls y curio_sos sombreros verdes, iglesias góticas, destilerías góticas, y sombras de colas ondulantes y de alas en movimiento sobrevolaban el suelo de los valles.
– A lo mejor necesito una copa -dijo Kit-Schnapps, o algo así. ¿Qué te apetece, tortolita mía?
– Si me vuelves a llamar eso una vez más en público -le advirtió ella con serenidad-, te daré un palo con lo primero que pille.
Los demás pasajeros estaban encantados.
– ¿No son una monada? -comentaban las esposas, y los maridos los bendecían con el humo de sus pipas.
En la Haupt-Bahnhof de Frankfurt, la mayor estación de trenes de Alemania, conocida en la ciudad como «la Maravilla arquitectónica del Campo del patíbulo», el restaurante parecía respirar vacilante, como si todavía no se hubiera recuperado del todo del momento wagneriano de hacía cinco o seis años, cuando le fallaron los frenos a la loco_motora de un Orient-Express y éste se salió de las vías e irrumpió en el restaurante entre las columnas de mármol, los candelabros y las chácharas de los comensales, otra incursión en la calma burguesa que se sumaría a los desplomes, apenas un año antes, del Campanile en Vene__lentes no letales de una bomba anarquista, aunque algunos creían que no menos intencionados.cia y del techo de la estación de Charing Cross en Londres, equiva