En la calle, los músicos ambulantes brincaban y giraban ante las colas de los teatros, los magos sacaban de la nada pequeños animales, los acróbatas hacían números de cráneo-y-acera con un margen que se movía típicamente en la escala milimétrica, mientras delante del Duke of Cumberland's Theatre un cuarteto de ukeleles interpreta_ba un popurrí de melodías de Bailando el vals en Whitechapel que in_cluía una que, al estilo de Gilbert y Sullivan, intentaba cantar un coro de policías a un número parejo de paseantes:
Tú ya sabes que es una vil propagan-da decir que
los policías nunca cortejan, jan, jan
Tú ya sabes que sería tan cariñoso como un
Paaan-da,
si supiera
que tú quieres achucharme,
tan_to en Kenia como en Tanganica o en Ugaaan-da,
y no te sorprendas…, porque no es
más que una sucia campaña de propagan-da
decir que un pasma no puede enamorarse.
En el teatro, Lew dejó caer un chelín en la caja del respaldo del asiento que tenía delante, sacó un par de gemelos y empezó a escru____________________neral, acercándose al estado de una de esas estatuas que hay en los parques frecuentados por los espíritus problemáticos.cago, con la salvedad, tal vez, de que se había vuelto un poco más mitía un uniforme extranjero, a quien Lew sólo tardó un momento en reconocer como su antiguo colega de vigilancia archiducal, el Capitán Trabant, ahora convertido en Coronel del Landwehr K &K, Max Kháutsch, que apenas había cambiado desde los tiempos de Chitar la multitud. El campo de visión en movimiento se detuvo un buen rato en nada menos que el copropietario de la carta XV del Tarot, el Profesor P. Jotham Renfrew, que, según parecía, había venido desde Cambridge para asistir a la función, con la cara aplanada en un cromo bidimensional de sí misma, sentado en un palco con alguien que ves
Pero Lew pudo entretenerse poco con esos recuerdos, pues me_diante un ruidoso estruendo de platillos la orquesta dio inicio a la obertura.
Bailando el vals en Whitechapel resultó ser una de esas obras mo_dernas en las que un grupo de intérpretes se esfuerzan por montar una comedia musical sobre Jack el Destripador.
– En vez de dejar que el bueno de Jack vaya trinchando por ahí a su aire -se empezó a quejar Nigel ya durante la ovación que siguió al primer número.
– Pero, a ver, Nigel, en cualquier caso el tipo de ahí arriba sería un actor, ¿no? -objetó Neville.
– Puede que sea así, Neville -dijo sacando a hurtadillas de su cha_queta un frasco plateado de preparado para la tos Morphotuss, del que echó un par de tragos-, pero es un actor que interpreta a un actor que interpreta a Jack, ¿a qué viene tanto artificio?
– Sí, pero todo es artificial, Nigel, incluyendo la sangre por la que ha venido todo el mundo al teatro, y lo único que hay que hacer es pasarlo por alto, ¿no?
– Si prefiere sangre de verdad -intervino una voz tranquila desde un asiento de detrás-, estoy seguro de que algo podrá hacerse.
– Pues vaya -dijo Neville removiéndose en la butaca como si fue_ra a mirar hacia atrás.
– Por el amor de Dios, Neville -siseó Nigel con los globos ocu_lares disparándosele hacia delante y hacia atrás-, no te des la vuelta, podría ser El.
En el entreacto, Lew se dirigió al bar y se encontró al Coronel Khäutsch dando buena cuenta de un brandy con soda. Si le sorpren_dió ver allí a Lew, había madurado su cautela profesional a lo largo de los años para que no se le notara.
– Trabajo, siempre trabajo. Uno preferiría un par de semanas de permiso en Berlín, pero los asuntos de K. und K. a menudo le obligan a uno a posponer sus diversiones…-Kháutsch se encogió de hombros alzando las cejas a diferentes alturas-. Ya estoy otra vez quejándome. Souneso… ¿Cómo le va la vida, Lewis? ¿Ya no trabaja como «sabueso»?
– Últimamente más bien como matón a sueldo. Y usted, ¿ya no hace de pastor de Francisco Fernando, verdad?
Una sonrisa amarga y una sacudida de la cabeza.
– El imbécil irresponsable que nos volvió locos una vez sigue siendo exactamente el mismo que era; al fin y al cabo, ¿cuánto puede cambiar esta gente? Pero desde entonces el Imperio ha encontrado, misericordiosamente, otras formas para que lo sirva… Ah, pero aquí está alguien a quien quizá quiera conocer. -Hacia ellos se abría paso entre el público el Profesor Renfrew.
Bueno, no exactamente. No puede decirse técnicamente que Lew saltara, pero varios grupos musculares de su cuerpo sí parecieron disponerse a hacerlo. Reprimió el deseo de agarrarse la cabeza y rea_lizar un violento aunque sólo vagamente imaginado reajuste.
– Permítame que le presente a mi colega alemán, el Professor-Doktor Joachim Werfner.
El profesor alemán sin duda se parecía mucho a Renfrew, aun_que puede que tal vez fuera vestido un poco más informal, puños deshilachados, pelo despeinado, gafas tintadas de un extraño verde magullado.
Procurando no mostrarse demasiado impresionado por el pareci_do, Lew extendió el brazo para estrecharle la mano.
– ¿De visita en Londres, Profesor? ¿Se lo está pasando bien?
– Sobre todo he venido por trabajo, aunque Max ha sido tan ama_ble de darme a conocer Piccadilly Circus, donde es cierto que puede encontrarse un tipo de cerveza de Munich.
– Le entiendo perfectamente, es probable que compartamos la misma opinión sobre la cerveza inglesa, es como beberse la cena.
Estuviera hablando un rato de lo que la prensa popular había dado en llamar «Destripareta».
– Es curioso -dijo Kháutsch- que estos asesinatos de Whitecha_pel ocurrieran un poco antes que la tragedia de Mayerling, lo que para algunos de nosotros en Austria siempre ha sugerido un origen común.
– Otra vez no -fingió Werfner que gruñía.
– Es una de esas fuertes impresiones de juventud que se te quedan grabadas -explicó Kháutsch-, Por entonces yo era un teniente que se las daba de detective, así que pensé que podría resolverlo.
– El Príncipe Heredero austríaco y su novia tenían un pacto de suicidio o algo así -intentó recordar Lew-, y por eso acabamos con el viejo F.F.
– Al mundo se le contó un Liebestod para tontos románticos. Pero la cruda realidad es que a Rodolfo se lo quitaron de en medio.
Lew miró alrededor.
– ¿No deberíamos…?
Kháutsch se encogió de hombros.
– Sólo un pequeño e inofensivo Fachsimpelei. La muerte violenta en las alturas siempre ha despertado nuestro interés profesional, ¿no? El caso se cerró hace mucho, y lo cierto es que la «verdad» nunca fue tan importante como las lecciones que el sucesor de Rodolfo, Fran_cisco Fernando, extraería de ella.
– ¿Está diciendo que alguien de las altas esferas…?
Kháutsch asintió con solemnidad.
– Elementos que no habrían tolerado la presencia de Rodolfo en el trono. El heredero no encontraba mucho de admirable en Austria, y sus creencias eran sencillamente demasiado peligrosas, no paraba de despotricar contra nuestra corrupción, nuestro culto a los militares, sobre todo a los militares alemanes, temía la Triple Alianza, veía an__ban los Habsburgo, y además fue tan insensato como para publicar esas opiniones, naturalmente en periódicos judíos.tisemitismo por todas partes, en general detestaba cuanto representa