– Yashmeen…
– Es tu primera vez con una mujer, si no me equivoco.
– Yo…, esto… ¿qué estás…, nosotros… no…?
– ¿Que no…?
– Quiero decir que si alguna vez…
– ¿Si? ¿Alguna vez? Cyprian, puedo oler lo que ocurrió.
Convocado finalmente a Venecia, Cyprian, con tiempo para pen_sar en el tren, no dejaba de recordarse que, después de todo, la cosa no había sido como para tomársela demasiado románticamente y que, de hecho, sería un error fatal hacerlo. Sin embargo, en el caso de Derrick Theign eso era pedir demasiado: si habitualmente era un poco más taciturno, en cuanto Cyprian llegó a la pensione de Santa Croce se sumió sin previo aviso en una consternación de tesitura agu____________________gunos mucho. El viento pasaba ruidoso a través de todas las baldosas sueltas y todos los postigos mal cerrados.perativos de flacidez mortal y triste rendición para ponerlos sobre la mesa. Los vecinos, que no solían quejarse, pues no es que fueran muy ajenos ellos mismos a los dramas de vez en cuando, se quejaron, y altrajo de todos los bolsillos de desdicha y de malestar mental sus imtanas, contraventanas, maletines, tapas de ollas, cuanto podía cerrarse de golpe y tenía a mano. Avanzado el día, como si en esa percusión hubiera oído con retraso una señal de entrada, llegó el bora, que extrozando piezas de cristal de Murano, cerrando de golpe puertas, venda, expulsando ruidosamente lo que no tardaría en sumar litros de mocos y saliva, manchándose y torciéndose las gafas, tirando por todas partes las cosas de la casa, algunas de ellas frágiles e incluso caras, des
– Una novieta. Una mierda de novieta, por el amor de Dios, me dan ganas de vomitar. Voy a vomitar. ¿No tendrás una preciosa foto_grafía de tu amada para que vomite encima? ¿Tienes la menor idea de lo completa y mierdosamente que acabas de destruir años de traba_jo, pedazo de inútil, gordo, mal vestido…?
– Es una manera de verlo, Derrick, no te voy a decir que no, pero objetivamente no creo que pueda decirse de ella que sea una «no_vieta».
– ¡Nenaza! ¡Maricón! ¡Cabrón!
Aun así, Theign, pese a la visible y completa pérdida del control de sus impulsos, se cuidó de contener toda violencia física, que, en cualquier caso, a Cyprian, curiosamente, ya no le atraía tanto como hasta hacía poco.
El Signor Giambolognese, del piso de abajo, asomó la cabeza por la puerta.
– Ma signori, um po' di moderazione, per piacere…
– ¡Moderación! ¡Pero si eres italiano! ¿Qué coño sabéis vosotros de moderación?
Más tarde, cuando Theign se calmó un poco, o puede que sólo estuviera demasiado cansado para gritar, se reanudó la discusión:
– «Ayúdala.» Y tienes la cara dura de sodomita para pedirme eso.
– Una cuestión estrictamente profesional, ni más ni menos.
– Eso habría que pensarlo. -Theign alzó las cejas arrugando la frente, lo que no solía ser buena señal-, ¿Con qué puedes pagarme? ¿Con qué perversa moneda? La flor ya se ha caído de tu capullo hace tiempo…; si todavía la quisiera, de lo que no estoy nada seguro, bueno, la tomaría, ¿verdad? El precio por rescatar a tu doncella de esas bestias austríacas a las que a estas alturas uno pensaría que ya deberías cono____________________bio de tamaño, de eso estoy seguro.pas, que básicamente existen de hecho para enviar a miserables como tú, con la esperanza cierta y segura de que nunca más tendremos que veros. ¿Estás convencido de que es eso lo que quieres? Además, ¿para qué te crees que la estás «salvando»? Porque con la siguiente polla de la cola, o pollas, turcas más que probablemente, ella agradecerá el camcer mejor puede ser más alto del que estés dispuesto a pagar, podría incluso implicar que te envíen a algún sitio que haría que el desierto del Gobi pareciera Earls Court un día de fiesta, oh, sí, tenemos salas llenas de expedientes sobre todos esos horrores que no están en los ma
– Derrick. Quieres que te agreda.
– Qué intuitivo. Espero que seas lo bastante inteligente para no intentarlo.
– Bueno. No me digas que no es viril.
Cuando Foley Walker volvió de Godnga, Scarsdale Vibe y él se reunieron en un restaurante al aire libre en las faldas de los Dolomitas, cerca de un río que descendía clamoroso, cuyo entorno estaba inun_dado de una luz inocente reflejada no por las nieves alpinas sino por edificios de cierta antigüedad.
Scarsdale y Foley habían convenido en engañarse a sí mismos y creerse que en ese atrio salpicado de sol habían encontrado un refu_gio temporal, lejos de los campos asesinos de la iniciativa capitalista, sin ningún artefacto en kilómetros a la redonda que datase de menos de hace mil años, manos marmóreas en gestos fluidos conversando entre ellas como si acabaran de emerger de su reino gravitacional de calcio a este reposo emparrado… En la mesa, entre ellos, se ofrecía fontina, risotto con trufas blancas, caldo de ternera y champiñones…, botellas de Prosecco que aguardaban en lechos de hielo picado traído en pa_quetes desde los Alpes. Chicas con pañuelos de rayas y faldas sueltas rondaban atentas un poco fuera de campo. Otros clientes habían sido acomodados discretamente fuera del alcance del oído.
– Todo bien por Alemania, tengo entendido.
– El pequeño Traverse se ha esfumado.
Scarsdale miró fijamente una trufa, como si estuviera a punto de castigarla.
– ¿Adonde puede haber ido?
– Todavía lo estoy investigando.
– Nadie desaparece a no ser que sepa algo. ¿Qué sabe, Foley?
– Probablemente que usted pagó para quitar de en medio a su padre.
– Claro, claro, pero ¿qué ha pasado con el «nosotros pagamos», Foley? Sigues siendo el «otro» Scarsdale Vibe, ¿no?
– Supongo que me refería a que técnicamente el dinero era suyo.
– Eres un socio de pleno derecho, Foley. Ves los mismos libros de cuentas que yo. La mezcla de fondos es un misterio tan insondable como la muerte, y si quieres guardamos un minuto de silencio para reflexionar al respecto, pero no te hagas el tonto conmigo.
Foley sacó una navaja enorme, la abrió y empezó a hurgarse los dientes, al estilo de Arkansas, como había aprendido en la guerra.
– ¿Desde cuándo crees que lo sabe? -insistió Scarsdale.
– Bueno… -simuló que se lo pensaba y finalmente se encogió de hombros-. ¿Qué importancia tiene?
– ¿Y si aceptó nuestro dinero sabiendo desde el principio todo lo que sabía?
– ¿Quiere decir que nos debería ese dinero?
– ¿Llegó a verte cuando estuviste allí, en Gotinga?
– Umm…, no sabría decir.
– Mierda, Foley. -Las chicas que servían se retiraron bajo los pasajes abovedados, esperando solemnemente un mejor momento para acer_carse.
– ¿Qué?
– Te vio…, sabe que vamos a por él.
– A estas alturas es probable que se haya perdido en las profundi_dades, allá donde vayan las almas en pena, así que ¿qué más da?
– Tu garantía personal. ¿Me la puedes dar por escrito?
Del mismo modo que en Francia podía comprarse vino común de pueblo con la esperanza de encontrar sobrantes de un espléndido viñedo próximo, aquí, en el norte de Italia, la técnica de Vibe consistía en comprar todo aquello procedente de la escuela de Squarcione a lo que pudiera echar mano, con la esperanza de dar en algún lugar con un Mantegna sin atribuir que se le hubiera pasado por alto a alguien. Se había puesto de moda denigrar las habilidades pictóricas del famo__tado cantarleso empresario y coleccionista paduano, así que cualquier Squarcione que anduviera por ahí, incluyendo bordados y tapices (pues había empezado a trabajar como sastre), se compraba regalado. De hecho, Scarsdale ya se había hecho con un ángel menor que sólo le había cos On the Banks of the Wabash, Far Away a un sacristán que bien podría estar loco. Bueno, la verdad es que se la hizo cantar a Foley.