La vida cotidiana de la Principessa era un plexo incomprensible de secretos, amantes masculinos y femeninos, jóvenes y viejos, una rela____________________cesa no estaba. Losmado Derrick Theign, que pasaba al menos una vez por semana con un sombrero gris claro en la mano y dejaba su tarjeta cuando la Prinblar nunca más alto que un murmullo con un pulcro tipo inglés llajos de Venecia, y daba la impresión de que ella se comportaba como el enlace necesario, cuando no ocupaba directamente el lugar de su marido, enclaustrada durante horas en remotas salas cerradas, sin hadecido a quienquiera que, aunque sólo fuera con un gesto, hubiera osado tomarla por otra depravada joven esposa más. La ausencia del Príncipe era algo más que la de la mitad vacía y sin reclamar de la cama de la Principessa: había negocios en marcha, a veces, según parecía, leción no tanto con el Príncipe cuanto con su ausencia, pese a lo cual se sabía que ella había puesto mala cara y de vez en cuando hasta mal camerieri, por lo general entretenidos con el ir y venir de la casa, parecían escabullirse cada vez que él se mostraba a la vista: se tapaban los ojos, escupían, se santiguaban. «¿Pero qué pasa?», preguntaba Dally, pero nadie decía nada. No parecía tratarse de algo romántico, fuera lo que fuese. A veces Theign se presentaba cuando el Príncipe no estaba, pero todavía más a menudo se diría que era el Príncipe, que, como el levante, podía irrumpir en la ciudad en cual_quier estación, a quien Theign anhelaba ver.
Dally no había tardado en entender el mal bicho que podía ser esta Princesa, y a veces le entraban ganas de darle una patada.
– Tu amiga sin duda sabe cómo entristecer a la gente -le dijo a Hunter.
– Durante mucho tiempo pensé que era una persona bastante pro____________________pendientemente es tan superficial que casi se transparenta. No hay más que ver qué clase de visitantes vienen. O cuánto tiempo es capaz de concentrarse en algo. Vive en tiempo prestado.ce la ilusión de una dimensión más, aunque cada capa tomada indefunda -dijo Hunter-. Luego comprendí que estaba tomando por profundidad lo que sólo era confusión. Como un lienzo que produ
– Una impulsiva con tacones de aguja -dijo Dally procurando no parecer demasiado esperanzada.
– Oh, puede que no. Pero los riesgos que asume, no necesaria_mente del tipo romántico…, bueno…
– No pasa nada, Hunter, prefiero no saberlo.
– Allí no corres ningún peligro siempre que te andes con mucho cuidado.
Pero lo cierto es que en la casa siempre parecía haber algo al ace____________________ballero y no dejaba entreverlo.tados con jóvenes pulcras cuyas habilidades se ceñían oficialmente al secretariado y que nunca visitaban más de dos veces el Palazzo, y no es que Dally se molestara precisamente en llevar la cuenta. Jóvenes que al partir lanzaban miradas inquisitivas pero no del todo apenadas a las ventanas del dormitorio de la Principessa. Hunter era uno de sus pocos visitantes regulares, y si lo hacía para cuidar de Dally, era un cacho, aunque Dally no estaba segura de qué se trataba. A veces se veía a la Princesa hablando apresuradamente con los agentes de seguridad de Spongiatosta apostados por las calles cercanas, cuyas libreas lucían el antiguo escudo de armas familiar, una esponja acostada sobre un fondo a cuadros con llamas en la base. Se demoraba en huecos apar
En algún lugar del Atlántico entre Nueva York y Gotinga, Kit casi había llegado a esperar que algún día, en un futuro soñado, cuan__te negación de la noche. Donde actos como el que él pensaba realizar no recibían otro nombre que el de «Terror», porque el idioma de aquel lugar -ya nunca do su silencio se hubiera vuelto plausible para Pearl Street, llegaría su hora de regresar, agente por fin del fantasma vengativo de Webb, de regresar a la América diurna, a sus asuntos prácticos, a su contundendecía «hogar»- no poseía otros. Pero la hora había sonado aquí, inminente, en una ciudad que a él incluso le costaba en____________________rando cómo converge una variable compleja…bía hecho perderse más de una vez. Tenía la impresión de ser una de esas personas que sólo se sienten a gusto con los números reales, mitico subconjunto de la numeración de las calles venecianas, que le haficios, tipos de cambio, pero entre la serie de números reales los que quedaban en los espacios intermedios, los «irracionales», superaban abrumadoramente aquellos simples cocientes. Algo parecido estaba sucediendo aquí, incluso se ponía de manifiesto en este extraño y caópresentaba demasiado insensatamente todo cuanto el comercio, en la tenaz irrelevancia que concedía al sueño, jamás podría admitir. Los números del comercio eran «racionales», balances de pérdidas o benebía levantado gracias al comercio, pero la Basílica de San Marco retemplando en ese mismo momento. Se suponía que la ciudad se hamaba café, mientras las palomas buscaban en grupo o por separado el gris perla del cielo marítimo, Kit se preguntó cuánto más o menos real parecería el Asia Interior en comparación con lo que estaba contender. Sentado en la Piazza, entre otras doscientas personas, bebiendo diminutas tazas del lodo requemado y amargo que aquella gente lla
– Vaya, hombre, ¡tú otra vez! Ensimismado en tus pensamientos, no, no voy a interrumpirte, sólo había salido a buscar la comida. -El cabello de ella, como un gong, desvió su atención.
– Siento lo de esta mañana, Dahlia. No pretendía que te marcha_ras tan desbocada.
– ¿Yo? Si nunca calzo espuelas. Hace mucho que ya no me pon_go las botas de chica vaquera, he crecido.
– Escúchame, siéntate un momento. Deja que te invite a algo. Mira, aquí viene Reef, que te invite él.
Ella recorrió con la mirada el campo de mesitas rápidamente, como si no quisiera que la reconocieran.
– ¿Tiene que ser en Quadri?
– Sólo buscaba la primera silla vacía.
– Este local lleva cincuenta años mancillado, desde que los aus_tríacos empezaron a frecuentarlo, cuando ocuparon la ciudad. Aquí nunca se acaba nada. Prueba el Lavena alguna vez, el café es mejor.
– A propósito, Dahlia, gracias por tu discreción hoy con 'Pert. -Reef, dando caladas a un Cavour, de camino a otro sitio, se paró con ellos un momento-. Suele mostrarse un poco insegura cuando ve a chi_cas como tú, y ese estado puede alargarse durante semanas.
– Encantada de ayudar, creo. -Se hizo el silencio-. Bueno -soltó Dally al cabo de un rato-, chicos, os traéis algo ilegal entre manos. ¡Es_toy segura! Basta miraros para darse cuenta.
– Oh -dijo Reef, que parecía un poco nervioso-, para variar.
– Estáis sentados en el café equivocado, lo que llevaría a cualquier observador, y hay bastantes, a concluir que los dos sois extranjeros en la ciudad, puede que incluso con pocos recursos.
– Nos va bien, de verdad -murmuró Reef.
– Podría ayudaros un poco.
– En esto no -dijo Kit.
– Mira, es muy peligroso – explicó Reef, como si esto bastara para desanimarla.
– En cuyo caso no deberíais llamar la atención sobre vosotros cada vez que os movéis o abrís la boca; yo, por mi parte, sé ir por ahí sin que me vean ni me oigan y, más importante aún, conozco a gente que, si no es la que precisáis, posiblemente sí conozca a quien buscáis. Pero, por favor, seguid a vuestro aire.
Reef empezó a toquetearse el ala del sombrero, lo que nunca era buen presagio.
– Te lo voy a decir claramente: no andamos sobrados de dinero para regalarlo.
– No busco su dinero, señor Traverse, aunque no podría decir lo mismo de otros en esta ciudad, porque es lo de siempre: en el remo_to pasado, la gente solía hacer favores gratis, pero ya no se estila.
– ¿Ni siquiera cuando se trata de algo que es de interés público? -preguntó Kit, que recibió una de las habituales miradas de adver_tencia de su hermano.