– Ilegal pero de interés público. Interesante. ¿Y de qué puede tra_tarse? Dejádmelo pensar un momento.
– ¿Dónde encontraste a ésta? -preguntó Reef mirando a ambos con los ojos entornados- ¿Es una de tus «novietas» del colegio?
– ¡Ja! -exclamaron Kit y Dally, casi al unísono.
– Es de confianza, Reefer.
– Eso ya me lo has dicho.
¿Sí? Llevaba un rato sin sonrojarse, así que Dally pensó que tam_poco era ése el momento. Reef la examinaba cuidadosamente:
– Señorita Rideout, no tengo por costumbre imponer nada a nadie.
– Sobre todo a insignificantes chiquitas americanas que parecen algo descerebradas, ¿no?
– Oh, vamos. -Reef se volvió a poner el sombrero y se levantó-. Tengo que hacer algunos recados para Pert, ya hablaremos más tarde. Arriverdisco, chicos.
– ¿Qué ha dicho?
– Italiano macarrónico, me parece.
Kit y Dally empezaron a caminar, y de tanto en tanto ella metía la cabeza en una tienda de artículos de fumador para encenderse otro cigarrillo en la lámpara del establecimiento. En ese momento no era su paso lo que se aceleraba, sino cierta concentración entre ellos, pro_ducida en buena medida por la propia ciudad. Ella encontró una mesa apartada en un jardín, en la parte de atrás de una diminuta osteria que había entre el Rialto y Cannareggio. Comieron polenta con calama_res en su tinta y una insuperable zuppa di peoci. En otros tiempos, ella habría pensado: nuestra primera «cita»; en esta ocasión, sin embargo, lo único que pensaba era: en qué maldito lío se habrá metido este chi_co ahora.
– Pues lo que pasa es… -dijo Kit tragándose un vaso entero de grappa.
Ella esperaba, con los ojos abiertos de par en par.
– Hemos venido aquí sólo para eso. Si se te escapa una sola pala_bra, somos hombres muertos; todos, ¿entiendes?
– Sordomuda -lo tranquilizó ella.
– Voy a decirte de qué se trata. ¿Estás preparada? -Kit…
– Muy bien, ya sabes quién es Scarsdale Vibe.
– Claro. Carnegie, Morgan, todos esos príncipes del capital.
– Vibe es el que… -hizo una pausa, asintió para sus adentros-, el que contrató a aquellos chicos para que asesinaran a mi padre.
Ella apoyó la mano sobre la de él y allí la dejó.
– Kit, ya lo imaginé desde que nos encontramos en el barco, pero gracias por contármelo. Y ahora tu hermano y tú planeáis ir a por Vibe, de eso se trata, supongo.
– Así que cuando te ofreciste a ayudarnos ya tenías cierta idea.
Ella no levantó la mirada.
– Bueno, puedes mantenerte aparte si quieres -añadió Kit en voz baja-. Es muy fácil.
Se quedaron así sentados un rato. Ella no se atrevía a mover la mano. Eran tiempos modernos, y las manos sin guantes no se tocaban deliberadamente a no ser que significara algo.
Y en cuanto a lo que podía significar, bueno…
Por su parte, Kit había podido fijarse al menos en sus ojos, que, incluso con la distorsión de la luz veneciana, parecían de un extraño color verde plateado. Ojos verdes en una pelirroja, nada excepcional, pero con los iris sobre un fondo que brillaba como plata sin pulir, al que se remitían todos los demás tonos de color, ¿cómo era posible? Fotografías de sí mismos. Y ¿por qué prestaba tanta atención a esos ojos?
– La cosa va a peor, me temo. Debe de haber sucedido algo en Es_tados Unidos, porque ahora me persigue la gente de Vibe. Por eso ya no estoy en Alemania.
– ¿No será que te has vuelto…?
– ¿Loco? Eso no me importaría.
– Y los dos estáis de verdad… -No pudo reunir el valor para decir_lo porque no sabía lo serio que era o dejaba de ser todo.
– «Decididos a llevar a cabo la acción» -sugirió Kit.
– Y a salir de la ciudad con los carabineros pegados a los talones. ¿Y adonde iréis?, si no es demasiado atrevido que lo pregunte una chica.
– Reef no sé, pregúntale a él. Yo, a día de hoy, al Asia Interior.
– Ya, claro, justo aquí al lado, nada más doblar la esquina desde el Asia Exterior. No es posible que te quedes en ningún sitio durante un tiempo, siempre has tenido esa otra vida entera, y ahora serás un fugitivo de la justicia y sabe Dios de qué más.
Se dio cuenta de lo desdichada que parecía y apartó la mano. Kit la tomó de nuevo.
– Escucha, no pienses que…
Ella le dio un golpe en la mano y sonrió lúgubremente.
– No te preocupes por eso. Tú y quien sea, a lo vuestro.
– Yo y… ¿qué significa eso?
Una mirada penetrante que él no supo interpretar. La luz del sol irrumpió en el pequeño espacio y el pelo de Dally se volvió incandes__quier cosa que se dijera sería equivocada.cente. Se demoraron entonces en una de esas parálisis en las que cual
– Mira -Kit exasperado-, ¿quieres que te dé mi palabra? Pues te la doy. Mi palabra solemne. Aquí mismo, en el mismo sido exactamente, ¿te vale? Déjame anotar el nombre y la dirección, claro que una cita con fecha en firme es otra cosa…
– Ahórratelo. -No es que le mirara con odio, pero su sonrisa no era precisamente luminosa-. Algún día acabarás prometiéndome algo. Y entonces ándate con cuidado, caballero.
No es que no hubieran tenido tiempo para perderse creativa_mente en este laberinto de calli, ¿verdad?, ni para salir a navegar a la Laguna en un pequeño topo con velas naranjas, ni para pasear de igle____________________ciano iba a suceder, no en esta maldita vida.deones coreaban su recién descubierto amor. Nada de ese rollo venesarse mientras los barcos con farolillos pasaban por debajo y los acorsia en iglesia, extasiándose con las grandes pinturas, ni menos aún para detenerse un momento en el Puente de Hierro al crepúsculo para be
¿Qué quería ella? ¿No se trataba de Merle otra vez? Aquella alqui_mia, los cristales mágicos, la obsesión por penetrar los Misterios del Tiempo, todo aquello de lo que ella había llegado a creer en el pasado que debía escapar para no volverse tan loca como su padre, y ahora, fíjate, ahí estaba, volviendo a lo mismo, ahí estaba otro lunático, al_guien que esta vez la abandonaba a ella, para ir en busca de una ciudad invisible más allá de los confines del mundo. Cazzo, cazzo…
– Olvídate de él -le aconsejó la Principessa-, mañana por la noche en el Palazzo Angulozor habrá un baile espléndido. Ven, por favor. Tengo un centenar de vestidos colgados aquí muriéndose de asco, y tú y yo somos de la misma talla.
– Estoy demasiado triste -objetó Dally.
– Porque se marcha -sollozó la Principessa, que había escuchado la historia a grandes rasgos, sin fijarse en ninguno de los detalles, aunque el cielo sabía que eso no le había impedido jamás dar consejo-. Puede que se vaya un año, puede que más, puede que para siempre, vero? Como un joven soldado que parte para cumplir su servicio. Y tú crees que lo esperarás.
– Lo haré. ¿Quién coño se cree que es -la miró con ferocidad- para burlarse de mis sentimientos? Si es usted la que siempre está lloriquean_do y dando la murga con eso de que «una no puede vivir sin amor».
Fueran cuales fuesen los términos actuales de su relación, ésta pa_recía permitir ese tipo de impertinencias.
– Ah, ¿es que se trata de eso?
– Puede que sea algo que no esté a la altura de sus creencias, Princesa.
– ¿Y el joven? ¿Cuáles son sus sentimientos?
– No lo sé y no voy a preguntarlo.
– ¡Eh! Appunto! No es más que un cuento romántico que te has inventado.
– Ya lo veremos.
– ¿Y cuándo? Mientras esperas, conozco a una docena de jóvenes, muy ricos, a quienes les encantaría conocerte.