– No sé.
– Venga. Dame el gusto. Miremos algunos de estos vestidos, estoy pensando en un viejo straccio en concreto, verde «meteoro», a juego con tus ojos, ribeteado con guipur veneciano, que puede ser ideal.
Todos habían salido a la azotea de la casa en Cannareggio. Ruperta se había marchado en el tren del mediodía, en dirección a Marienbad, mirando detenida e inconsolablemente a todos los pasajeros. Su egoísmo era tan descomunal que no veía más allá de su siguiente aven_tura romántica, había sido una acompañante perfecta para Hunter, que había decidido ir hasta Salzburgo. ¿Amor en el aire? ¿Y qué, es que Dally había intentado algo acaso?
– Y bien, ¿participo en ese hotentote vuestro o qué?
Reef se encogió de hombros.
– Buenas son tortas, supongo.
– ¿Qué es eso?
– Un dicho, empieza con «a falta de pan». Tendrá que haber al_guien que nos impida dar demasiados pasos en falso.
– Gracias. ¿Eso es todo, seré tan sólo una especie de cicerone? ¿No hay nada un poco más, cómo decirlo, más físico? Vacío bolsillos y robo bolsos a las señoras turistas. Lanzo cuchillos con gran precisión a vein_te metros de distancia. He disparado pistolas con nombres y calibres de los que nunca has oído hablar.
– A decir verdad, habíamos pensado encargarnos de esa parte no_sotros en persona.
– ¿Que no me veis en el papel de tiradora?, pues vale. Entonces, más bien en la línea de… ¿de qué? ¿Enfermera?, ¿cocinera? ¡Espera! Qué tenemos aquí, es una escopeta de cordita para cazar elefantes, si no me equivoco.
– No te equivocas. Rigby Nitro Express, calibre 450, dispara una bala niquelada de punta hueca.
– Que explota al impactar -asintió la chica-, y sin duda no es la bala que vas disparando por ahí todos los días. A lo mejor ese Vibe debería cambiarse el nombre por Jumbo. ¿Te importa si…?
– Por favor… -Reef se la alcanzó y ella la sopesó para comprobar el equilibrio, abrió y cerró la recámara, adoptó la posición de disparo, apuntó a varios campanarios por toda la ciudad.
Al cabo de un rato, ella murmuró:
– Bonita arma. -Y la devolvió.
– Es el concepto que tiene 'Pert de regalo de despedida -dijo Reef.
– ¿Ella sabe lo que planeáis?
– Es una chica de ciudad, se imagina que la usaré para cazar faisa_nes o algo así.
– Pues para intentar matar a alguien como Vibe -le pareció a Dally-, más vale que aprendas la lección del famoso atentado de hace unos quince años contra Henry Clay Frick, el Carnicero de Homestead, a saber: que nunca vayas a por un tiro en la cabeza. Apuntar a la cabeza de Frick fue el gran error del Hermano Berkmann, el clásico error anarquista de suponer que todas las cabezas tienen cerebro, mira tú, cuando no había nada dentro del cebollo del maldito Frick que mereciera malgastar una bala. Con gente como ésa, siempre hay que ir a por las entrañas. Por toda la grasa que se ha amontonado allí con los años vividos a costa de los más pobres. Puede que la muerte no sea muy rápida, y en el curso de la búsqueda de la bala entre esa mon__mas, sin duda producirá, por su mera incompetencia, una dolorosa y prolongada agonía.taña de sebo, un doctor, sobre todo uno que trate a las clases altas, más acostumbrado a las afecciones de hígado y a los malestares de las da
– Tiene razón -concedió Reef tras un breve momento de mudo estupor, mirándola como si fuera un gurú indio de la violencia-, y una emboscada por sorpresa también está descartada, habrá mucha gente alrededor, no vayamos a alcanzar a alguien por equivocación. Alguien tendrá que acercarse al bueno de Scarsdale, cara a cara. Ahí es donde, me parece, entras tú, Kit.
– Puede que no -dijo Kit.
– Ya, te dejó de mandar dinero; mierda, eso no es más que coti_lleo de páginas de sociedad, no plomo caliente.
– Me acerco como si nada y le suelto: hombre, señor Vibe, cómo le va y qué sorpresa verlo aquí, en Venecia, Italia… Ya, Reef, bien sabes qué pasará.
– ¿Qué pasará?
– El tipo me quiere eliminar, te lo digo yo.
Dally gruñó con cierta impaciencia ante tanta cháchara.
– Ahora escuchadme, no lo entendéis, ¿verdad que no?, hay mu__vía no es vuestro turno.chos otros haciendo cola para meterle un balazo a ese buitre y toda
Reef, como si acabara de enterarse:
– No me digas. Vaya, ¿quieres decir que de verdad hay otra gente que lo odia tanto como nosotros?
– Estás en territorio anarquista, vaquero. Aquí, tarde o temprano, se van a quedar sin realeza a la que disparar, y entonces empezarán a buscar más chusma por todas partes: políticos, magnates de la indus_tria y lo que salga. Y en esa lista lleva ya tiempo Scarsdale Vibe.
– ¿Conoces a algún anarquista?
– En esta ciudad, a muchos.
– Reef se cree que es uno de ellos -apuntó Kit.
– ¿De verdad crees que tienen algo planeado? -preguntó Reef.
– La mayor parte no son más que palabras. ¿Quieres ir a echar un vistazo?
Se bajaron en la parada de San Marcuola, cruzaron un par de puen_tes, pasaron bajo un sotopórtego y por callejuelas tan estrechas que te____________________dale Vibe, el enésimo millonario americano que había venido con malas intenciones contra el arte veneciano.nos amigos artistas, y resultó que el tema de conversación era Scarsnían que caminar en fila india, hasta que Dally dijo: «Aquí». Era un café llamado Laguna Morte. Dentro estaban Andrea Tancredi y algu
– A los periódicos les gusta llamarlo «botín de guerra» -declaró Tancredi-, como si sólo se tratara de una lucha metafórica, con gran_des sumas de dólares que sustituyen las cifras de bajas… Pero lejos de la vista y el oído de todos, la misma gente lleva a cabo una campaña de exterminio contra el arte en sí.
Aunque el italiano de Kit dejaba bastante que desear, reconoció la pasión en esas palabras, que nada tenían de la habitual charla de bar.
– ¿Y qué tiene de malo que los americanos se gasten el dinero en arte? -objetó un joven con barba de pirata llamado Mascaregna-, macché, Tancredi. Esta ciudad se erigió comprando y vendiendo. A to__do nada, paga un precio que han acordado ambas partes.das y cada una de esas Grandes Pinturas Italianas tarde o temprano les cuelgan una etiqueta con el precio. El gran señor Vibe no está roban
– ¡No se trata del precio! -gritó Tancredi-, sino de lo que viene después: inversión, reventa, matar algo que nació en el delirio vivo de la pintura en contacto con el lienzo, convertirlo en un objeto muerto para comerciar con él, una y otra vez, por lo que el mercado quiera. Un mercado cuyas fuerzas intervienen siempre contra la creación, en la dirección de la muerte.
– Cazzo, déjales que se lleven lo que quieran -se encogió de hom_bros su amigo Pugliese-. Así queda espacio libre para nosotros en estas viejas paredes que se desmoronan.
– Además, los crímenes del americano son mucho peores que el robo de arte -dijo Mascaregna-. No debemos olvidar la inmensa ciu_dad de incontables almas desamparadas que él ha llevado al borde del abismo. Demasiadas para que ni siquiera Dios pueda perdonarlo.
– Lo que necesita el señor Vibe -dijo Tancredi- es un problema del que no pueda librarse.
– La macchina infernale -aventuró Dally.
– Appunto! -Tancredi, cuya reticencia a tocar a nadie era bien co__vió para mirarla. Ella abrió los ojos todo lo que pudo e hizo girar una sombrilla invisible.nocida, le dio un apretón admirativo. Kit, que se dio cuenta, se vol
El chico estrechó con timidez las manos de Kit y Reef. Esa tarde en concreto no parecía alguien que estuviera a punto de dar un paso desesperado.
– Así que Vibe, ¿eh?