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– Dios, son un ejército -murmuró Reef-, ¿de dónde han salido?

Y allí, justo en medio, apareció un chico delgado con un traje pres_tado, el cuello de la camisa demasiado grande, llamativamente fuera de lugar y por tanto disfrazado y por tanto una amenaza.

– Es ese Tancredi, ¿qué coño pinta aquí?

– Oh, no -dijo Kit-, esto no augura nada bueno.

Ahora ya no había modo de llegar hasta él, pues estaba dentro del negro tren funerario, que se había puesto en marcha hacia su terrible destino.

– Via, via! -Fueron tan amables de advertirle, pero él seguía acer____________________jeto sostenía en la mano, con sumo cuidado, como si fuera a explotar a la más leve sacudida?rar, ni permitirá nunca que suceda: se negaba a obedecer. ¿Qué obcándose. Estaba haciendo lo único que la autoridad no puede tole

– No llevaba nada en las manos -contaría más tarde Pugliese-, na_die encontró ningún arma.

Mascaregna negó con la cabeza, desconsolado.

– Dijo que tenía una máquina infernal, que daría cuenta de Vibe y, un día lejano, del orden que Vibe encarnaba de la manera más aca____________________cerá el Infierno».cir: «Aquí está, aquí hay un limitado y finito volumen de la ausencia de Dios, aquí está cuanto necesita contemplar y ver de verdad, y conobada y aborrecible. Ese era su precioso instrumento de destrucción. Desprendía una luz y un calor que sólo Tancredi percibía, lo cegaba, quemaba ferozmente en sus manos, como el carbón resplandeciente en la parábola budista, no podía dejarla. Si Vibe era un comprador de arte, ahí estaba la creación de Tancredi, su ofrenda, la obra maestra que creía que cambiaría a quien la poseyera, incluso a ese corrupto millonario americano, ciego a la vida que había estado habitando, que lo llevaría a una nueva forma de visión. Nadie le dio la ocasión de de

De las bocas de Glisentis nuevecitas salieron llamas como puñala____________________lencio y le era arrebatada la ciudad que él a la vez amaba y detestaba, a la que ya no podría transfigurar.pia sangre y entró en el vacío, el día que las campanas estaban en sivaba el antiguo esplendor del Palazzo, él se resbaló y cayó en su prodades de Tancredi se habían abierto como si se dispusiera a abrazar cuanto podía de aquello a lo que el mundo había quedado reducido: las primeras ráfagas lo contrajeron en una piltrafa, inclinado como ante una perversa nobleza; mientras a su alrededor y a sus espaldas se elevantando ecos tremendos que desgarraron el silencio. Las extremidas, los disparos repercutieron en las aguas y las paredes de piedra, le

Al principio parecía que sólo estaban toqueteando los restos con las puntas de las botas, algo, al fin y al cabo, esperable de profesionales, que se cercioraban de que el sujeto no recobrara inesperadamente la vida. Pero la cosa fue perdiendo el tono de sondeo y al poco los assassini le daban patadas brutales con toda la fuerza que podían, profi_riendo insultos, hasta que la fondamenta resonó como el patio de una prisión, mientras Scarsdale Vibe poco menos que bailaba en gozosa aprobación, ofreciendo a gritos consejos técnicos.

– Aseguraos de que le desfiguráis la cara, amigos. Batti! Batti lafaccia, ¿sí? Destruídsela. Dadle motivos para llorar a la mamita de ese montón de mierda.

Cuando la voz se le enronqueció demasiado para seguir, se acer__ria sobre el terror anarquista. Foley, para el que situaciones como ésa habían sido en el pasado el pan nuestro de cada día en un regimiento de la có y miró un rato el cadáver destrozado en su baño de luz pública, sintiéndose feliz por haber presenciado de primera mano esta victoUnión, permaneció al lado sin decir nada.

La bruma que se levantaba empezó a mezclarse con la lenta disi____________________vitados que llegaban tarde, uno de los pistoleros utilizó el sombrero del chico para sacar agua del canal y limpiar la sangre de la acera.tante, habían salido del canal. Sin la menor consideración por los inpación del humo de pólvora. Un grupo de ratas, interesadas al ins

Vibe permanecía callado en el punto más alto del pequeño puen_te, de espaldas, una sólida silueta negra, cabeza y capa, esperando en medio de una inequívoca tensión que no parecía tanto hacerle crecer en tamaño como, extrañamente, hacerle cobrar masa, rectificarse en una invulnerabilidad de hierro. Por un instante, antes de reemprender su intencionado regreso al refugio del iluminado y melodioso Palazzo, se dio la vuelta y miró directamente a Kit, sin dejar la menor duda de que lo reconocía, e incluso a pesar de la noche que ya caía, la foschia y la luz de las antorchas que comenzaba a extinguirse, Kit vio con la suficiente claridad la sonrisa de satisfacción en el rostro del hombre. Patéticos miserables, podría haber estado diciendo entre risas, ¿a qué, a quién os creéis que os estáis enfrentando?

– Según la policía, los anarquistas se especializan, Foley, ¿lo sabías? Los italianos suelen ir a por la realeza. A por la Emperatriz Isabel, el Rey Humberto y demás.

– Supongo que eso le convierte en realeza americana -bromeó Foley.

– Rey Scarsdale. Sí, suena bien.

Estaban en el grandioso comedor del Bauer-Grünwald, comien__ban en voz baja y apenas conseguían ser amables; entre las palabras que empleaban, aparecía a menudodo rustidos de ternera y tragando Pommery. La sala estaba atestada de comensales cuya provisión de efectivo excedía sobradamente toda el hambre que pudieran recordar o imaginar. Los camareros conversa cazzo. Las arañas, cuyas disposiciones cristalinas se situaban en márgenes exquisitamente delicados, se estre__cante ajuste del edificio en el primitivo limo veneciano de abajo.mecían y repicaban como si fueran capaces de percibir cada insignifi

Más tarde, a Scarsdale Vibe le asombró ver a Foley de juerga por el dique, dando vueltas sin parar no con una sino con tres jovencitas, y acompañado de un maniaco de la zona con un acordeón. De vez en cuando también estallaban petardos.

– Foley, por Dios santo, ¿qué haces?

– Bailar la tarantela -replicó Foley, sin aliento.

– ¿Por qué?

– Celebrándolo. Estoy feliz porque ellos no le han alcanzado.

Si Scarsdale captó algún énfasis en el «ellos», no dio la menor señal.

– ¿De dónde coño han salido todos esos pistoleros? -había estado repitiendo Reef como una especie de oración en tiempos de derrota.

– Los contrataron para esta noche -dijo Dally-. Y no ha sido po_sible sobornarlos, no con lo que les paga vuestro señor Vibe.

– ¿Por qué nadie dijo nada? -preguntó Reef más irritado que quejumbroso.

– Yo lo hice…, pero no querías saber nada. En estas callis todos lo sabían.

– Pensábamos que contrataría más hombres -dijo Kit-, pero no tantos. Hemos tenido la suerte de los tontos librándonos, habrá que mirarlo así.

– Pues ese chico no tuvo ninguna suerte -dijo Reef observando con el ceño fruncido a su hermano-. Lo siento, Dahlia.

Ella estaba afectada, más de lo que quería dejar entrever. Parecía que hiciera años desde que había ido a ver a Tancredi y sus pinturas. Era consciente de un modo casi neuronal de todas las creaciones que ya no verían la luz, sentía remordimientos y horror ante algo de lo que casi había formado parte, y, peor aún, vergüenza, mucha vergüen__ran llegado a ser amantes jamás, pero ¿no deberían haberles concedido un tiempo para averiguarlo? Era un chico virtuoso, como todos esos jodidos artistas, demasiado virtuoso para el mundo, incluso para el mundo que intentaban redimir por fases: un pequeño rectángulo de lienzo cada vez.za por el alivio que sentía de estar viva todavía. Puede que no hubie

– Tendría que haberlo visto venir -dijo Dally-. Alguien lo delató. Esta mierda de ciudad, mil años chivándose a la ley.